OPINIÓN

El apaleamiento del monigote quizá tenga antecedentes pero no deja de ser grotesco

Protestas en otros tiempos.
Protestas en otros tiempos.

Guilio Andreotti, primer mi­nistro ita­liano ya des­apa­re­cido, al ser pre­gun­tado sobre la po­lí­tica es­pañola a raíz de un viaje a la España de la transición, con mo­tivo del Mundial de 1982, con­tes­taba: ”Manca fi­nez­za”, o sea un com­por­ta­miento po­lí­tico ca­rente de ele­gan­cia, dis­cre­ción y edu­ca­ción. Una con­dena que pa­ra­dó­ji­ca­mente lle­garía a la propia Italia, con el Bunga-Bunga del ca­va­liere Berlusconi.

El apaleamiento de un grotesco monigote frente a la sede del PSOE, provocado en la noche de Fin de Años por grupos ultraderechistas que rememoraban a los franquistas melancólicos de un pasado para ellos feliz, se convierte en un nuevo episodio (antes existieron muchos también y no inducidos todos por la derecha) de esa falta de finura de la política española.

El gran escritor portugués de finales del siglo XIX, Eça de Queiroz, en sus Cartas de Inglaterra cuenta a sus lectores la jugada que le hicieron al sobrio y solemne al The Times. Sir William Harcourt, el más austero de todos los miembros del gobierno Gladston, representaba la tradición, la fórmula Whig, el contrapeso para impedir que los ministros discípulos de Stuart Mill se adelantasen por el camino de la Revolución

El mensaje que contenía el solemne discurso del estadista debía aparecer íntegramente en las páginas del Times. Ocurrió que alguien sustituyó pérfidamente 10 o 12 líneas del texto. Líneas eróticas en boca de Sir Wiliam: “Un grito convulsivo, escribe Queiroz, de desordenada lubricidad; el rugido de una bestia agitada por todas las furias de Venus”.

Y cuando Sir William acusaba a los conservadores de los supuestos peligros del régimen liberal, un perverso corrector de sus palabras las tergiversaba, “Yo, Sir William, me encuentro capaz de una bella locura: porqué no nos hemos de entregar a una juerga con vinos y jovencitas, ¿Oh, señoras que me escucháis, tirad sombreros y vestidos, a juerguear y correr un rico galanteo. ¡Viva el libertinaje! ”

Este obsceno y divertido atentado sólo sería descubierto a las 11 de la mañana del día siguiente cuando el periódico estaba distribuido, no sólo en Londres sino en toda Europa. Los administradores del Times se apresuraron a recomprar a un alto precio toda la tirada. Y llegaron tarde. El mal ya estaba hecho.

Queiroz insiste en la facecia. El engolado puritanismo que rechazaba la sola mención de los libros de Zola se tropezó con la Providencia que tiene armas oblicuas y terribles en manos de un linotipista. Nunca fue descubierto.

El apaleamiento del monigote ante los muros de la sede del Partido Socialista dista mucho, muchísimo, del atrevimiento de aquella mano sutil que alteró el texto del discurso de Sir William.

La compuesta Inglaterra victoriana reaccionaba comprando los ejemplares indecentes del también victoriano Times de Londres. Lo que no pudo fue detener las funestas ideas liberales, así como la llegada de los laboristas al gobierno después de que Lord Keynes a la vuelta de un viaje a la URRS advirtiese a los miembros del Parlamento sobre las consecuencias de mantener una sociedad de clases y la consiguiente división de la ciudadanía.

El apaleamiento del monigote, además de burdo, no es ni más ni menos que el rechazo a la confraternización de los ciudadanos catalanes y de estos con el resto de los ciudadanos españoles. Frente al mensaje orteguiano, ”conllevanza con Cataluña,” leña al mono. Sigue faltando 'finezza'.

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