OPINIÓN

Dentro de poco no se podrá ni decir la verdad

La ti­ranía de lo po­lí­ti­ca­mente co­rrecto ha lle­gado para que­darse y em­pieza a romper las cos­turas de la li­bertad

Woody Allen.
Woody Allen.

Cada vez es más fre­cuente que mu­chos es­pañoles no se atrevan a decir de verdad lo que piensan por temor a sal­tarse al­guno de los man­tras que llevan años ins­ta­lán­dose en la so­ciedad por parte de los po­deres po­lí­ti­cos, bien sea a ini­cia­tiva propia o por im­portar modas y usos del ex­te­rior, en su mayor parte pro­ve­nientes de Estados Unidos, sin tener en cuenta nuestra par­ti­cular idio­sin­cra­sia.

Es más que evidente que estamos instalados en lo políticamente correcto y que muchas de nuestras opiniones no pasarían el filtro de todos esos comandos de la moralidad, que a semejanza de los que hay en muchos países autoritarios, se han ido haciendo fuertes en España en los últimos años, e impiden que se diga la verdad y se cuenten las cosas como son.

Afortunadamente todavía no te pueden mandar a la cárcel por opinar de forma distinta, como pasa en todas esas terribles autocracias que desgraciadamente hay por todo el mundo, sin duda una gran parte de ellas en países islamistas, pero también en otros muchos.

La discrepancia es necesaria

Pero la verdad es que dictadura de lo políticamente correcto avanza a paso seguro cada día, con el apoyo de todos sus adláteres escondidos por todas partes, y sí que te pueden condenar a un castigo social y arruinarte la vida o tus posibilidades de progresar. Es como ya si nadie recordase que la discrepancia ha sido el germen de las más importantes revoluciones y de los mayores cambios sociales de la humanidad.

Decía la periodista Pilar Cernuda en un reciente artículo y creo que no se puede expresar mejor que: “Presume este Gobierno de progresismo e igualdad. Pero ya lo dice el refrán, dime de qué presumes y te diré de qué careces. Infinidad de ciudadanos hemos perdido espontaneidad, tenemos pavor a la broma, el doble sentido, el gesto de acercamiento a cualquier amigo o amiga. Pavor a que nos tachen de machistas, racistas, xenófobos, anti LGTBI, feminazis, o algo peor”.

Esta ola de moralidad mal entendida no está arrasando solo en España ni es culpa únicamente del actual Gobierno, viene de antes, de fuera de nuestras fronteras, pero las huestes de Pedro Sánchez lo están sabiendo aplicar muy inteligentemente porqué tienen muy buenas terminales mediáticas, perfectamente engrasadas, pero también por la estulticia generalizada que parece haberse adueñado de gran parte de la sociedad española.

El periodista Carlos Herrera, se ha referido a ello en tono muy sarcástico, hablando del “equipo nacional de opinión sincronizada”. Acusar a José María Aznar de golpista por decir que hay que protestar en la calle por la amnistía que podría estar negociándose con los nacionalistas catalanes es una buena prueba de ello y también de populismo. Lo mismo que el tono de las descalificaciones a Felipe González o Alfonso Guerra. Pero hay ejemplos para aburrir y desgraciadamente mucho más allá del ámbito político.

Muchos ejemplos

Hace poco tiempo el presidente de la Confederación Empresarial de Hostelería, José Luis Yzuel, casi ha tenido que exiliarse de España por decir públicamente que en su sector en temporada de verano y para aprovecharla dada su estacionalidad, a veces hay que trabajar de doce a doce, cobrando por supuesto. Le cayó la del pulpo y no solo de los sindicatos y en las redes sociales, también de responsables políticos. Por supuesto tuvo que retractarse tras ser acusado de negrero y esclavista.

El caso del beso del expresidente de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), Luis Rubiales a la futbolista Jenni Hermoso, es otro ejemplo. Al margen de la política que haya habido en este asunto, que ha sido mucha, y de que Rubiales probablemente se debería haber ido mucho antes si son ciertos varios episodios oscuros y reprochables que se le atribuyen (e incluso solo por el gesto que hizo desde el palco delante de todo el mundo siendo el máximo representante del fútbol español para celebrar la victoria de la Selección), lo cierto es todo se ha desmadrado como un culebrón del siglo XIX.

El cineasta Woody Allen, cuya carrera ha quedado hundida precisamente por las acusaciones del movimiento ‘Me too’, por lo que quizás no debería haber opinado sobre este asunto, pero lo hizo, aseguró: “Lo primero que pensé es que no se escondieron ni la besó en un callejón oscuro. No la estaba violando, era solo un beso y era una amiga.

¿Qué hay de malo en eso? Es difícil entender que una persona pueda perder su trabajo y ser penalizada de esa manera por dar un beso a alguien (...). Si fue inapropiado o muy agresivo, hay que decirle claramente que no lo haga y que pida perdón. No es que haya asesinado a alguien”. Además, aconsejó a Rubiales que debería “pedir disculpas y asegurar que no lo volvería a hacer. Y hecho eso, seguir los dos adelante”.

Pero Allen hizo estas declaraciones antes de que Rubiales fuese acusado por la Fiscalía por los delitos de agresión sexual y coacciones tras besar sin consentimiento a Hermoso, por lo que el español se enfrenta a una multa o una condena de prisión de uno a cuatro años.

Ya que hablamos de Allen, el mundo de la cultura es uno de los que más está sufriendo por lo políticamente correcto, al punto de que es más que probable que dentro de poco empiecen a prohibirse auténticas obras de arte de la literatura, el cine, el teatro la pintura o la música, por no cumplir determinados estándares o si aspiran a obtener ayudas y subvenciones para su producción.

El actor ganador del Oscar, Richard Dreyfuss, se mostró hace unos meses absolutamente contrario a los nuevos estándares de diversidad e inclusión de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, diciendo que “me hacen vomitar”.

Nuevas exigencias en Hollywood

Por centrar el asunto, a partir de la edición del año que viene de estos galardones, las producciones que aspiren a formar parte de la categoría a mejor película deberán cumplir con, al menos, dos de estos cuatro estándares: Representación en pantalla, representación en equipo creativo, oportunidades de acceso a la industria audiovisual y promoción de audiencias.

Se trata de que, al menos, uno de los actores protagonistas o actores secundarios principales forme parte de una minoría racial o grupo étnico. Para la Academia de Hollywood, estos son: asiático, latino/hispano, también negro/afroamericano/indígena/nativo americano/nativo de Alaska, persona de Oriente Medio/Norte de África, Nativo de Hawái o del Pacífico y otras etnias o razas poco representadas.

También se requerirá, que, al menos, el 30% de los actores secundarios formen parte de uno de uno de los grupos menos representados: mujeres, grupo étnico o racial, LGTBQ+, personas con discapacidades cognitivas o físicas, sordas o con problemas de audición. Finalmente, se prevé que la trama principal, el tema o la narrativa de la película esté centrado en uno de estos grupos.

En su entrevista Dreyfuss dijo: “El cine es un arte. Nadie debería decirme como artista que tengo que ceder a la última y más actual idea de lo que es la moralidad. ¿Qué estamos arriesgando? ¿Realmente corremos el riesgo de herir los sentimientos de las personas? No se puede legislar eso. Hay que dejar que la vida sea vida. Lo siento, no creo que haya una minoría o una mayoría en el país que tenga que ser atendida así”.

Mejor ponerse de perfil

En España, puede que las cosas no estén tan claras como pretende Hollywood con este nuevo reglamento, pero el mundo de la cultura cada vez está más amenazado por esta ola de lo políticamente correcto. Decía hace no mucho el novelista Daniel Múgica: “El mayor bien de las gentes de la cultura es la libertad de expresión. El socialismo persigue a las gentes de la cultura a través del discurso de la cancelación, igual de peligroso, aunque cambie el método, que el discurso del odio de VOX. Pero el Gobierno ha ido más allá, se dedica a fomentar la autocensura.

Muchos artistas se parapetan en la frase: prefiero ponerme de perfil. Conocen que una incorrección les puede costar un contrato de las administraciones publicas socialistas. Esos mismos artistas saben que haciendo gala de la defensa del yo a través de la identidad, llámese falso feminismo o catalanismo desproporcionado, lograrán el aplauso de los socialistas y sus prebendas”.

La cosa ha llegado a tales extremos que hace un par de años un grupo de intelectuales y académicos estadounidenses y británicos anunciaron la creación de una nueva universidad contra “la tiranía de lo políticamente correcto”, después de llegar a la conclusión de que el actual sistema académico estadounidense era un fracaso. ¿Universidad contra esta censura?

Esta futura Universidad de Austin, Texas (UATX), tenía previsto comenzar su andadura con un programa de verano llamado ‘Cursos prohibidos’, donde se querían debatir cuestiones provocativas que a menudo conducen a la censura o a la autocensura.

Según Niall Ferguson, historiador y catedrático de Harvard y uno de los fundadores del proyecto, el clima en las universidades más prestigiosas de Estados Unidos se ha vuelto inaceptable, ya que no se acepta la discrepancia y la libertad académica corre peligro. Sin embargo, parece que el proyecto, que se anunció a bombo y platillo, está sufriendo todo tipo de contratiempos y no termina de arrancar o incluso está cerca de naufragar ¿Verdad que no hace falta ser una lumbrera para adivinar los motivos?

El verdadero problema de fondo es que lo que empieza a estar en tela de juicio con toda esta autocensura que nos imponen, es la libertad de expresión, algo que nunca debería cuestionarse en una verdadera democracia, sin excepciones.

La tiranía de lo políticamente correcto ha llegado para quedarse y hacer nuestra vida mucho menos verdadera de lo que era, ya que toda esa falta de sinceridad y de autenticidad que se nos exige, sin duda, puede convertir una gran parte de nuestra existencia en una falsedad o llevarnos directamente al Gran Hermano de George Orwell de ‘1984’. Así que dentro de nada todos estaremos más locos de lo que estábamos, que ya era mucho.

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