Los ex­pertos prevén enormes ban­dazos en los pre­cios en los pró­ximos meses

La ofensiva regulatoria condena a las criptomonedas a una oleada de volatilidad

Basilea quiere atar en corto la ope­ra­tiva de los bancos en estos ac­tivos de alto riesgo

Criptomonedas.
Criptomonedas.

La vo­la­ti­lidad ame­naza con con­ver­tirse en una cons­tante en el día a día de las crip­to­mo­nedas como ac­tivos co­ti­za­dos. El pro­ducto que hace furor en los cinco con­ti­nentes ve como se es­trecha cada vez más el cerco re­gu­la­to­rio. Un día des­pués de que El Salvador se con­vir­tiera en el primer país que acepta el Bitcoin como mo­neda de curso legal (lo que no deja de ser poco más que un ex­pe­ri­mento, quizá una simple anéc­do­ta), Basilea ha dado un golpe en la mesa.

El Comité de Supervisión Bancaria quiere atar muy en corto la operativa de los bancos en estos productos. Todavía escuece la gran crisis financiera de 2008 que dejó cientos de cadáveres por el camino, de la mano de un riesgo crediticio desbordado en el que tanto tuvo que ver el sector inmobiliario. Las autoridades no quieren que el sector caiga en la tentación de repetir viejos errores con la negociación de las controvertidas criptodivisas.

Basilea no puede poner puertas al mar -los grandes bancos mundiales y las mayores gestoras, tan reticentes al principio, se han ido rindiendo ante los encantos en forma de subidas del 1.000% de estos activos-, pero sí quiere imponer unas líneas rojas muy visibles. Para eso propone imponer un recargo al peso de los activos ponderados por riesgo del 1.250% por las posiciones de criptodivisas que las entidades financieras acumulen en su balance.

Por lo tanto, Basilea eleva al máximo el listón de las penalizaciones. La cobertura exigida es la más alta posible, la que debe cubrir posiciones que el regulador considera que pueden perder todo su valor. Para la banca, el problema es que su papel en un mercado que nueve ya alrededor 1,5 billones de dólares puede reducirse a la mínima expresión. ¿Estarán dispuestas a inmovilizar tanto capital en un escenario aún tan complejo como el actual?

Los expertos creen que Basilea se está anticipando a las movimientos que podrían producirse en 2020. "Previsiblemente, el año que viene se dará luz verde a la normativa MiCA, el primer reglamento europeo que regulará las criptomonedas. Hasta que los bancos tradicionales no tengan en sus manos estas reglas de juego, su actividad en este tipo de activos será muy limitada. Pero previsiblemente cambiarían de velocidad con MiCA en funcionamento", señalan fuentes del sector.

Criptomonedas condenadas

Lo cierto es que la presión regulatoria creciente condena a las criptomonedas a muchos meses de extrema volatilidad. La que hasta ahora es la gran seña de identidad de estos activos puede agrandarse mucho por el cerco legal en marcha. La iniciativa de Basilea se une a la actitud muy beligerante de China, cuyo banco central dejó bien claro a mediados del pasado mes de mayo que no aceptará los tokens digitales como método de pago.

Japón y Estados Unidos también se han unido al coro de países que enarbola la bandera del control sobre las criptomonedas con el argumento de que falta supervisión y sobra riesgo. Hay, sobre todo, miedo al reconocimiento aún mayor de un activo que crece imparable 'urbi et orbe' y que cada vez es más demandado por los pequeños inversores. Muchos de ellos han quedado pillados por el último desplome del Bitcoin, que se ha derrumbado un 50% desde sus máximos históricos.

"Da que pensar el hecho de que parte de esta enorme caída tiene que ver con las continuas llamadas de los reguladores para atajar el imparable crecimiento de las criptomonedas. Creo que la caída de estos últimos días va a provocar una tremenda oleada especulativa en los activos más grandes como Bitcoin o Ethereum. Muchos inversores creen que hay una oportunidad enorme de entrada y otros salen corriendo escaldados" señalan en una gran gestora internacional.

Por lo tanto, las criptomonedas afrontan un momento clave, en el que deberán demostrar hasta qué punto son capaces de retener a los miles de inversores que han atraído con sus extraordinarias ganancias de los últimos meses. Los reguladores no están dispuestos a allanar el camino, pero la gran pregunta es si serán capaces de limitar el enorme protagonismo ganado a ley por estos activos. La batalla está servida.

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