OPINIÓN

Donald Trump lega una herencia bomba supremacista en los países europeos

Time des­vela cómo los se­gui­dores de Banon siem­bran Europa con la nueva se­milla

Marine Le pen
Marine Le pen

El su­pre­ma­cismo ra­cial la­tente en Europa desde los con­fines sep­ten­trio­nales de Escandinavia hasta los Finisterres ibé­ri­cos, no sólo está sa­cando la ca­beza sino brazos y pier­nas. Macron ve mer­mada su po­pu­la­ri­dad. Merkel se en­cuentra en re­ti­rada, mien­tras los go­biernos hún­garos y po­lacos ejercen un fuerte atrac­tivo sobre mu­chos elec­tores oc­ci­den­ta­les.

Un reportaje de la revista Time describe lo que ha ocurrido y sigue vivo en la democracia americana. El éxito que está teniendo la vacunación y la recuperación económica quizás no sea un eficaz cortafuegos de más democracia liberal en EEUU. Supermacismo y terrorismo doméstico: Trump y sus 70 millones de votantes.

Christian Picciolini consiguió en 1990 escapar de los “jackbooted skinhead” poco antes de que se unieran a las “Women for Trump”, esas profesionales acomodadas y jubilados de las clases medias, vecinos de las urbanizaciones periféricas (suburbs). Picciolini advierte ahora, ante las imágenes de sus antiguos camaradas asaltando el Capitolio: “They´re wining”. Los cantos y símbolos de aquella multitud confirmaban la fortaleza del movimiento supremacista de 70 millones de votantes.

Desde el atentado de las Torres Gemelas, los terroristas de extrema derecha han cometido tres veces más atentados que los terroristas islamistas. El 19 de abril de 1995 Timothy Mc Weigh detonó un poderosísimo explosivo que destruyó el Alfred P. Murrah Federal Building en Oklahoma City. Murieron 168 ciudadanos americanos, incluidos 19 niños. Mc Weigh era un veterano de la guerra del Golfo que, según confesó, quería vengarse del gobierno de Estados Unidos.

El pasado 4 de enero, según una encuesta de la American Enterprise Institute, 4 de cada 10 votantes republicanos afirmaban que “la violencia es necesaria si los líderes elegidos no protegen América”.

A las pocas horas de que Biden prometiera en su Discurso Inaugural “afrontar el extremismo político, la supremacía blanca y el terrorismo doméstico”, Fox News advertía a su audiencia: ”Estamos ante una guerra de terror, pero es una guerra doméstica contra las gentes de este país”. Un portavoz del Departamento de Seguridad alertaba sobre el auge de la extrema derecha, esos fanáticos violentos mezclados con quienes sortean las leyes bajo el disfraz de la primera enmienda (libertad de expresión ,pero no de decir cualquier cosa).

Trump retuiteó y retuiteó calificando a los nacionalistas blancos que se manifestaron en Charlottesville de” very fine people”. En 2020 Trump pediría a los Proud Boys mantenerse firmes durante los debates presidenciales y si fuese necesario atacar. Milicias antigubernamentales y miembros del QAnon sostienen la teoría conspiratoria de que “Los EEUU, incluidas sus élites liberales, están controlados por pedófilos satánicos”.

Las cruces gamadas pintadas en una Sinagoga fueron clasificadas por la policía local como un acto de vandalismo. Sólo el 15% de las denuncias por este tipo de racismo y xenofobia han dado lugar a un enjuiciamiento, mientras en Canadá los Proud Boys eran clasificados como una organización criminal.

Los cien primeros días de Biden dirán si su Administración ha conseguido controlar o reducir la influencia del supremacismo y el terrorismo doméstico. El reportaje de la revista Time concluye: “No está claro que consiga las dos cosas”. En Europa y en España la recuperación económica y la vacunación va más lenta. El mensaje de Steve Banon, ex banquero de negocios y ex estratega en la Casa Blanca de Donald Trump, y sus orgullosos seguidores se ha sembrado en Europa. ¿Florecerá en las futuras elecciones?

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