OPINIÓN

Euskadi: el triunfo de la voluntad (2)

Las voces que pre­co­nizan una re­cen­tra­li­za­ción están lla­madas a per­derse en el vacío

Elecciones
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Mucho se ha es­crito sobre el oasis ca­ta­lán, aquel es­pe­jismo de una so­ciedad so­se­gada, sabia y tra­ba­ja­dora que se­ducía a los pre­si­dentes del Gobierno es­pañol por el con­traste que ofrecía con la otra “nacionalidad his­tó­ri­ca”, el País Vasco o Euskadi, fuente per­ma­nente de con­flictos po­lí­ticos sobre un fondo de vio­lencia te­rro­rista. Los giros de la po­lí­tica han in­ver­tido las imá­ge­nes.

La que ayer estaba arriba hoy está abajo y la que ayer estaba abajo hoy reclama para si la idea de un oasis pacífico, industrioso y cosmopolita.

En el imaginario de cierta clase política y mediática que consume un cierto marxismo de garrafón, la burguesía catalana se diferenciaba claramente de la burguesía vasca, atribuyéndole a la primera una inteligencia y saber hacer de la que carecía la segunda, supuestamente más tosca y primitiva.Tal vez en la niebla del terrorismo que cubrió durante más de dos décadas la sociedad vasca, en las que se confundían y desdibujaban protagonistas, responsables y beneficiarios, lo único que se tenía claro era quienes eran la víctimas.

El Partido Nacionalista Vasco (PNV) que pilotó desde 1980 los destinos de la sociedad vasca, salvo el irrelevante gobierno de Patxi López, ha emergido de esa niebla con el gran ganador que confirmará su hegemonía en las próximas elecciones de julio. A su izquierda, le escolta Bildu, el heredero legítimo de Herri Batasuna, que fuera el brazo político de Eta en los años de plomo. También espera consolidar sus posiciones en la sociedad vasca. Ambos forman la columna vertebral nacionalista de esa sociedad.

Todo podría parecer un cuento de hadas en esa trayectoria nacionalista que ha configurado la administración vasca y sus símbolos -himno y bandera- a su imagen. Pero las cosas no son lo que parecen en esta sociedad cuya memoria es sepultada a diario por una propaganda capaz de reconstruir un pasado a la medida del Gobierno.

Recientemente Jose Arregi, que fue consejero de Cultura el Gobierno vasco de la segunda legislatura cuando lo presidía Carlos Garaikoetexea, subrayaba, sarcástico, la imagen del nuevo oasis. “Lo que resulta increíble es que se encuentre tal oasis en un rincón que sigue sin querer saber nada de su pasado marcado por el terror de ETA, gobernado por un partido que firmó el año 1998 un pacto secreto con HB y ETA excluyendo a los partidos no nacionalistas de la gobernación futura de Euskadi. Que no ha renegado nunca expresamente de dicho pacto”. Y añadía más adelante en su artículo del Correo (24/06/2020). “Que ha vuelto a firmar un acuerdo con Bildu para un nuevo Estatus para Euskadi de exclusión de los no nacionalistas. Que aprobó los Presupuestos del PP en el Parlamento español para, a la semana siguiente, apoyar la moción de censura destructiva -sin programa pactado de gobierno ni Presupuestos pactados- en base a una frase en una sentencia que no tenía nada que ver con el asunto que se juzgaba”. Arregi abandonó el PNV en el verano de 2004 en desacuerdo con su línea estratégica.

Los hechos que enumera Arregi forman parte del pasado pero también de la nueva normalidad política de la sociedad vasca. La hegemonía nacionalista en el País Vasco y Cataluña, la consolidación de un regionalismo conservador en Galicia y las raíces que ha echado en la España autonómica una burocracia frondosa que responde a los intereses de su capital autonómica correspondiente, han convertido el actual modelo territorial en un rompecabezas complejo y financieramente ruinoso.

Sin embargo, las voces que preconizan una recentralización están llamadas a perderse en el vacío pese a ser escuchados por un número no despreciable de ciudadanos. Retirar competencias y centralizar decisiones da la sensación que sólo se podría hacer por la fuerza, lo que indudablemente agravaría el problema que ya existe y podría extenderse a comunidades donde no gobiernan los nacionalistas. España se adentra, tras la pandemia, en un territorio político desconocido producto de las crisis sanitaria, económica y social. La elecciones de julio en el País Vasco y Galicia, y las de otoño en Cataluña, nos dirán si la cohesión o la disgregación dominan en la sociedad española.

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