ANÁLISIS

La crisis financiera del coronavirus no figura en ningún manual

No hay ningún re­medio para afrontar los pe­li­gros de esta in­fla­ción o de­fla­ción

Coronavirus.
Coronavirus.

Uno de mis hijos salió de Colombia a uña de ca­ba­llo. El ta­xista que le lle­vaba al ae­ro­puerto le co­men­taba: “Y todo ello por una china que se comió un mur­cié­la­go”. Desde los ser­vi­cios de la Embajada de España en Bogotá les ad­vir­tie­ron: “Iros antes de que cie­rren los ae­ro­puer­tos”. En África tam­bién ha lle­gado el co­ro­na­vi­rus. Un des­en­ca­de­nante entre otros ha po­dido ser el re­torno de esos cientos de ex­pertos y tra­ba­ja­dores chinos que re­gre­saron des­pués de agotar sus va­ca­ciones de año nuevo.

¿Cómo ha llegado el virus a Italia, España, EEUU..? ¿Ha contribuido la globalización? El virus se ha instalado en el Occidente desarrollado y custodiado por unos buenos servicios hospitalarios. ¿Serán suficientes y capaces de ganar la batalla?

Por lo pronto se trata de evitar al máximo los contagios, pero también de contrarrestar los efectos de la epidemia sobre la vida cotidiana: el consumo, la distribución, la producción. El virus ha llegado sin que nadie lo hubiese previsto. Un cisne negrísimo cuya existencia se ignoraba o se daba por imposible.

Harari en su libro “21 Lecciones para el Siglo XXI” se pregunta, "Cuando nos encaminamos a la desilusión y la indignación ¿qué hay que hacer?.. el primer paso es bajar el tono de las profecías del desastre y a la vez pasar de la cólera del pánico a la perplejidad. El pánico es una forma de arrogancia; la perplejidad es más humilde y por tanto más perspicaz”. No se nos viene encima el apocalipsis (China está saliendo) pero tampoco esa eterna felicidad que prometían el capitalismo o el comunismo de mercado.

La felicidad suprema anunciada por Aldous Huxley en aquel libro “Un mundo feliz”, una sociedad futura sin guerras, hambrunas, ni plagas, que gozaría de una prosperidad y salud ininterrumpida. Una ciudadanía satisfecha y controlada por el amor y el placer y no por el miedo a la violencia. Una ciudadanía controlada que no tendría la más mínima curiosidad por leer a Cervantes o Shakespeare.

Huxley escribió su profecía en 1931, antes que la ciencia ficción la aireara por el cinematógrafo y la convirtiese en la estrella del género. Un género en el que no hay apenas o ninguna mención a epidemias víricas. Las amenazas son extraterrestres, terroristas desalmados o artefactos que se rebelan contra los humanos. Como contrapunto, “El Show de Truman”. Una prolongación de la profecía de Huxley. Una sociedad domesticada y obediente como un rebaño de ovejas. De virus nada, ninguna advertencia, ninguna alarma sobre las consecuencias de que un humano se zampase un murciélago.

La crisis financiera, 2007-2008, había enseñado más de una patita. Pero ésta, la del coronavirus, no figuraba en ningún manual. No hay ningún remedio para afrontar los peligros de ésta inflación o deflación. Ninguna recomendación sobre ajustes presupuestarios o políticas monetarias. De virus ni una palabra. Aunque alguien tan importante como Bill Gate sí lanzase alguna advertencia sobre las pandemias. ¿Quién le iba a escuchar cuando las cotizaciones bursátiles seguían subiendo y seguía alargándose la esperanza de vida?

El virus está aquí, y los ciudadanos se encomiendan a sus dioses, el Estado y sus diferentes organismos protectores. En China el confinamiento de una población obediente y disciplinada ha obedecido a su dios, el partido comunista. Es cierto que tardó en dispararse la alarma y se condenó al oftalmólogo, muerto en combate, que tuvo la osadía de dispararla.

Occidente, confinamiento de la ciudadanía en Italia, España…En Madrid se ha cerrado el Retiro, tampoco se deja pasear por las orillas del Manzanares y no hay visitantes en la Casa de Campo ¿Ninguna manera de que los niños acompañados por los padres puedan disfrutar mínimamente del aire libre?.

En cuanto a la economía, incluida la distribución de recursos escasos (guantes, mascarillas o respiradores) la experiencia machaconamente ha demostrado que ciertos grados de descentralización e iniciativas individuales suelen ser más eficaces que la producción y distribución centralizada.

Finalmente, en cuanto al empleo y los ingresos de los despedidos también hay que procurarles mascarillas en forma de prestaciones en euros; prestaciones disponibles en la misma puerta de salida del puesto de trabajo que abandonan. La informática y la tecnología deben permitir, y ya lo están haciendo, que esos 100 mil millones de euros de fondos públicos se pongan en la cañería.

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