ANÁLISIS

Sin presupuestos no hay paraíso

El Gobierno Sanchestein no puede sos­te­nerse con los pre­su­puestos de Montoro

Oriol Junqueras de ERC
Oriol Junqueras de ERC

Que la ac­ti­vidad po­lí­tica des­pliega un cierto nivel de tea­tro, una es­ce­no­grafía más o menos pom­posa o me­lo­dra­má­tica, según la oca­sión y las in­ten­cio­nes, es cosa sa­bida. Que a veces la fun­ción toma aires de farsa, tam­bién. Es el caso de la re­ciente vi­sita del pre­si­dente del Gobierno de España a la co­mu­nidad au­tó­noma de Cataluña.

Sin llegar al nivel del carnaval de Cádiz, las autoridades catalanas desplegaron una coreografía de visita de Estado para consumo interno y humillación de la autoridad visitante, tan reticente y vacilante a la hora de acudir a la cita. La pregunta que algunos se hacen es porqué Pedro Sánchez se somete a los caprichos de un presidente autonómico al que le han retirado su condición de diputado, y su cargo está pendiente de una sentencia del Tribunal Supremo.

La primera impresión es que Sánchez quiere ganarse la benevolencia del electorado independentista; la segunda, y posiblemente la más importante, es que tiene que hacer cualquier cosa con tal que le aprueben sus presupuestos. Sin presupuestos no hay paraíso, y el paraíso, ya se sabe, es el Palacio de la Moncloa.

El Gobierno Sanchestein no puede sostenerse con los presupuestos de Montoro, que impiden que el cuerno de la abundancia con el que ha acudido a Barcelona resulte creíble. La aritmética parlamentaria le permitió conseguir la investidura con la abstención de los independentistas, pero ahora necesita su voto si quiere tener presupuestos propios. Se comprueba una vez más el arrojo de Sánchez para sobrevivir políticamente.

Al margen de aceptar la parafernalia de la visita de Estado a Cataluña y la mesa paritaria inmediata, el presidente del Gobierno ha llevado una lista de regalos en la que destaca esa joya de la corona de la que ya disfrutan vascos y navarros: el pacto fiscal. Un concierto, el catalán, que si llega a buen puerto puede generar una oleada de agravios comparativos en las autonomías del régimen general. Y un previsible desconcierto en en los territorios donde el PSOE tiene su granero de votos.

Los presupuestos son la gran batalla pendiente de esta legislatura. Si se aprueban, como es previsible, salvo que los nacionalistas tengan un brote psicótico, Sánchez tiene garantizados dos o tres años en la Moncloa.

Y podría gobernar, si se ponen las cosas feas con los independentistas y podemitas, en minoría y en solitario, acudiendo, en caso de necesidad y por razones de Estado, a pedir el apoyo de los partidos de oposición. Si se prolongaron los presupuestos de Montoro, también podrían prolongarse los de Sánchez.

Las elecciones autonómicas en Cataluña y el País Vasco, previstas para los próximos meses, pueden complicar la tramitación de los presupuestos ya que es previsible, sobre todo en Cataluña, que el discurso de los más radicales se endurezca. Peo parece difícil de creer que los independentistas dejen caer al Gobierno español más dúctil a sus pretensiones que se pueda imaginar.

A expensas de lo que diga Bruselas, sobre la el déficit y deuda públicas españolas, Sánchez parece dispuesto a cumplir también sus promesas con el nacionalismo vasco que, como saben, tiene varios rostros.

Parece que, al fin, se van llevar la masa monetaria que corresponde a los pensionistas residentes en la comunidad autónoma para que los gestione/distribuya el Gobierno de Vitoria. Tal vez a algún pensionista se le ocurra mudarse al País Vasco por si cae algún aguinaldo autónomo con la pensión.

Y por último, pero no menos importante, el traspaso de la gestión de las cárceles en territorio vasco. Ya sólo queda el traslados de los presos de ETA para cerrar los compromisos adquiridos en Loyola en la época de Zapatero. Pero esa es otra historia. Responder Reenviar

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