OPINIÓN

Nuevo Gobierno: las apuestas están hechas, no va más

El ob­je­tivo de los in­de­pen­den­tista es cons­ti­tuirse en re­pú­blicas pro­pias con ins­ti­tu­ciones se­gre­gadas

Conciertos por la independencia de Cataluña
Conciertos por la independencia de Cataluña

La si­tua­ción po­lí­tica en España ha en­trado en un pe­li­groso des­fi­la­dero. Un es­trecho te­rri­torio entre dos blo­ques en­fren­tados sobre un con­cepto bá­sico para la con­vi­ven­cia: la so­be­ranía na­cio­nal. Descartada la in­de­pen­dencia uni­la­teral de Cataluña o el País Vasco por los pro­pios in­de­pen­den­tis­tas, el juego po­lí­tico dis­curre por es­tra­te­gias un poco más su­ti­les: la ne­go­cia­ción, ori­llando o re­in­ter­pre­tando la Constitución, de zonas de poder esen­ciales para el Estado.

El objetivo confeso de los independentistas es constituirse en virtualmente independientes dentro de las fronteras; hacienda y jueces propios, además del control de la seguridad interior y presencia propia en el Exterior. Y un Parlamento cuyas decisiones sólo puedan recurrirse ante el Tribunal Supremo de sus territorios, elegido por su Poder Judicial. Autónomo, por supuesto.

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) ha elegido ese camino guiado por su partido hermano el Partido de los Socialistas Catalanes (PSC) en las esperanza de encontrar la tierra de promisión, el terreno de encuentro con las fuerzas independentistas que se han convertido en mayorías muy sólidas en dos de los territorios más desarrollados, y por tanto, con mayor renta, del territorio nacional.

Y cuyo ejemplo sirve de ejemplo los población de otros territorios, Islas Baleares, Comunidad Valenciana, Navarra, en busca todos de mayores ventajas, mayores rentas en el reparto estatal.

Su alianza con Podemos, tan próximo a las tesis independentistas y el supuesto derecho de autodeterminación, hay que entenderla como una forma de maniobra envolvente del separatismo, una aproximación indirecta, en la que Podemos, se supone, dará apoyo a las propuestas posibilistas del Psoe/Psc, reforzando, desde la autoridad que tenga la izquierda poscomunista en el electorado secesionista, las tesis del actual Gobierno.

Obviamente, todo parece estar prendido con alfileres. La intervención de Montserrat Bassa, portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) en la definitiva sesión de investidura fue reveladora. Además de expresar que la gobernabilidad de España le importaba un comino, confesó que lo único que buscaban apoyando a Pedro Sánchez eran facilidades para alcanzar “la República catalana independiente desde la cordialidad con España”. Otro portavoz de ERC ya había advertido en la primera sesión de investidura que el provenir de la legislatura estaba en sus manos.

Pedro Sánchez, de la mano del PSC, ha apostado su carrera política, y probablemente el futuro a medio plazo del PSOE, a una negociación con los independentistas en el borde mismo de la legalidad constitucional. El documento de pacto con el Partido Nacionalista Vasco (PNV) habla por si solo. Su compromiso de impulsar la reformas necesarias para “adecuar la estructura del Estado al reconocimiento de las identidades territoriales acordando, es su caso, las modificaciones legales necesarias”, como se dice en el punto cuarto de los doce firmados, “a fin de encontrar una solución tanto al contencioso de Cataluña como en la negociación y acuerdo del nuevo estatuto de la Comunidad Autónoma Vasca (CAV) atendiendo a los sentimientos nacionales de pertenencia” son todo un programa de Gobierno.

El problema de Sánchez, y ahora de la sociedad española en su conjunto, es saber si sus compromisos son realizables sin vulnerar las Constitución. Obviamente desde el Gobierno, pese a contar con una frágil y borrosa mayoría parlamentaria, se pueden movilizar múltiples recursos para intentar convencer a la opinión pública española que no hay otro camino posible que la la negociación y pacto con los secesionistas. La batalla de la propaganda ya ha comenzado. La oposición ha trazado sus líneas de resistencia en las sesiones de investitudura. Y el margen es verdaderamente estrecho, si es que existe. Sánchez no tiene capacidad de retirada. Deberá avanza hasta imponer sus argumentos, los que sean y son por el momento desconocidos, a los secesionistas y nacionalistas posibilistas. Intentará separar a los radicales de los considerados pragmáticos, pero creer que estos últimos se conformarán con poco es irreal. La marcha de Sánchez por el desfiladero para “adecuar las estructuras del Estado” para su aceptación por los independentistas sin contar con, al menos, media España y una Constitución perfectamente transparente en sus límites y métodos de reforma parece una misión imposible. Pero Sánchez, y el PSOE tras él, han hecho sus apuestas. No va más.

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