OPINIÓN

La trampa saducea de Iglesias al Rey no tiene una vuelta

Involucrar a la Monarquía en la go­ber­nanza es ca­recer de neu­ronas y co­no­ci­miento

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias

La ocu­rrencia de Pablo Iglesias de que el Rey ejerza su poder ar­bi­tral pre­sio­nando al Presidente del Gobierno para que acepte un go­bierno de coa­li­ción entre el PSOE y Podemos en­cierra una fi­na­lidad hi­pó­crita y per­versa, que no puede por menos de ca­li­fi­carse como “trampa sa­du­cea”.

Un concepto éste que ya había salido a relucir en los tiempos previos a la Transición a la democracia, y que tenía su origen en un paraje de los Evangelios.

No es misión del Rey el ejercer su poder arbitral en este caso porque la Constitución en los artículos 62 y 63, en los que se establecen sus prerrogativas, no le otorgan margen para ello. Correría el riesgo de adoptar una actitud parcial, que le podrían reprochar los partidos de la oposición.

El propio Podemos se pronunció de forma contraria al poder arbitral en varias ocasiones en otras circunstancias. Si ahora el Rey siguiera su ocurrencia, Iglesias y sus seguidores estarían pidiéndole su intervención en todos aquellos casos que tal actuación pudiera favorecerles.

Y si el monarca se negara, las acusaciones contra la figura del Rey se multiplicarían, lo que tendría el efecto perverso de que la institución monárquica se desgastara. Que es, precisamente, uno de los objetivos clave en la estrategia de Podemos y de los partidos independentistas de manera explícita o larvada, como es el caso del PNV.

La intervención del Rey en un asunto político sólo se puede producir, como establece el artículo 61.1, para “guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes y respetar los derechos de los ciudadanos y de las Comunidades Autónomas”. Precisamente lo que con su discurso llevó a cabo Felipe VI tras la proclamación unilateral de independencia del Parlamento autonómico catalán para defender y consolidar el orden constitucional.

Ese discurso no sólo fue criticado por los independentistas, sino también por Iglesias y otros representantes de Podemos. Esta es la línea política seguida por la extrema izquierda neocomunista de Iglesias y sus compañeros de viaje, porque precisamente es uno de los pocos puntos que comparten el Podemos de Madrid y los líderes de las denominadas confluencias de la periferia. Esta es la nueva trampa saducea del actual escenario político español.

En la pretransición, los periodistas le preguntaron en 1972 a Torcuato Fernández-Miranda, el político elegido por el entonces Príncipe Juan Carlos para iniciar la transición tras la muerte del dictador, si estaba a favor o en contra de las asociaciones políticas, germen de los futuros partidos políticos hasta entonces prohibidos.

Fernández-Miranda, que luego apadrinó a Adolfo Suárez, les contestó con una media sonrisa que no contestaba porque le habían tendido una trampa saducea. Es decir, cualquier respuesta se hubiera usado en su contra. Si estaba a favor las asociaciones era un enemigo del régimen franquista, y si se mostraba en contra, entonces rechazaba la democratización del país.

La misma artimaña que, según relatan los Evangelios, los incrédulos y acomodados miembros de esa secta israelita le tendieron a Jesús cuando le planteaban si era lícito pagar impuestos a los romanos invasores (con lo que se hubiera granjeado la enemistad popular o la de los gobernantes romanos).

También pretendieron ponerle en un aprieto al plantearle la cuestión de quién sería el verdadero esposo en la vida celestial de una mujer que se hubiera casado más de una vez. Jesús no cayó en las trampas saduceas con sus contestaciones, al igual que Fernández-Miranda 20 siglos más tarde. Y todo hace indicar que las urnas serán la respuesta a la provocación podemita.

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