ANÁLISIS

Brexit y el candidato Johnson: “El RU no pagará el divorcio”

El Brexit im­pli­cará un gi­gan­tesco ga­li­ma­tías en el orden fi­nan­ciero in­ter­na­cional

Brexit
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“En 1859, Cobden y su ayu­dante Bright pro­pu­sieron a los Comunes dejar de de­rro­char en ar­ma­mento y for­ti­fi­ca­ciones te­miendo una in­va­sión fran­cesa cuando era más eco­nó­mico y sa­tis­fac­torio para ambos países firmar un tra­tado de libre co­mer­cio” (“Los Enemigos del Comercio” R.Escohotado). Al año si­guiente, Gladstone y Napoleón III fir­maron el co­no­cido acuerdo Cobden -Chalier. Los dos países vi­vieron fe­lices du­rante lar­guí­simos años.

A mitad del siglo pasado y ante las dudas británicas por solicitar su ingreso en el Mercado Común Europeo, Arthur Koestler, (“El cero y el Infinito”) escribió en The Observer algo así: “si el RU no se integra en Europa lo mejor que puede hacer es enganchar esta isla a un portaaviones que la depositen en las costas de los EEUU”. En la edición del 17 de junio de la revista Time, el escritor Jonathan Coe titula su artículo, “How Brexit Broke Britain.

Rememora aquella tarde noche de un viernes de julio de 2012 cuando se transmitía la ceremonia de inauguración desde el Estadio Olímpico de East London. Unos 27 millones de británicos se encontraron reconfortados con su pasado de logros y cooperación. Cuatro años más tarde, David Cameron proponía un debate nacional sobre la permanencia del RU en la UE con el propósito de arrinconar a los miembros de su partido contrarios a seguir en Europa.

Nigel Farage exhibía un cartel gigantesco en el que se veía a una multitud de gente de color a las puertas de la UE. La primera ministra Theresa May, después de unas elecciones generales en la que los conservadores perdían la mayoría, voceaba y repetía “Brexit means Brexit”. La realidad, obstinada e impertinente, obligaría a recoger velas. Un acuerdo de despedida de la Unión aceptando muchos vínculos de cooperación.

Dimisión de May y una clase política, la inglesa, paralizada. El hasta ahora cabeza de carrera, Boris Johnson, para el cargo del primer ministro, entre sus muchísimas proclamas, ha afirmado que el RU no pagaría “la factura de 39.000 millones de libras por el divorcio con la UE”.

“Un peligroso riesgo - explica M. Kraemer, economista jefe de una reputada consultora- para los países pobres”. En efecto, aunque RU no sufriría el castigo de los mercados por no atender los pagos de su deuda soberana si afectaría su negativa a cumplir sus compromisos a instituciones internacionales como el Banco Mundial que facilitan préstamos a los países pobres en condiciones muy favorables.

En efecto, los saldos prestados se alimentan del dinero obtenido por el Banco Mundial en los mercados financieros a bajos tipos de interés no solo por la solvencia de sus recursos propios si no sobre todo por el compromiso de sus accionistas, los países desarrollados, de cubrir cualquier contingencia; el fallido debido a un impago por parte de los países pobres.

El llamado “Callable Capital” no es otra cosa que el compromiso de los accionistas para apuntalar cualquier desfallecimiento de una institución multilateral. “Capital Call” y el Brexit tienen, sostiene M.Kraemer, tres cosas en común: legalmente no son exigibles, no existe ningún precedente de incumplimiento y solo se ejecutarán de acuerdo con la decisión soberana del respectivo Estado comprometido.

Si el RU se niega a pagar su deuda con la UE y los accionistas del Banco Mundial siguen su ejemplo no se refinanciarán los fallidos y se agotarán o se encarecerán los préstamos para los países pobres. El campesino de Bangladesh se quedará sin recursos financieros como también le sucedería a los escolares de Burkina Faso. Un gigantesco galimatías en el orden financiero internacional.

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