OPINIÓN

El sanchismo, la aritmética y el Gobierno Frankenstein

La coa­li­ción Frankenstein está viva y es mucho más pe­li­grosa que en 2018 porque ahora tendrá precio

Pedro Sanchez y Pablo Iglesias
Pedro Sanchez y Pablo Iglesias

El pró­ximo do­mingo Pedro Sánchez ne­ce­sita su­mar. Esa ha sido su fór­mula y su se­creto, no se busque pro­grama ni ideo­lo­gía. Si ellos no su­man, no hay más re­medio que le elijan a él. Y por fin tiene la opor­tu­nidad de co­rregir su dos fra­casos con­se­cu­tivos en las ur­nas. Lo que pase des­pués ya se verá. España lo re­siste todo.

En las elecciones de 2015 y 2016, Sánchez fue un candidato menguante, retrocediendo seis escaños, que dejó al grupo socialista en 84, un suelo impensable en una sociedad que se reconoce como de centro izquierda. Pero en el Partido Socialista Obrero Español han pasado muchas cosas desde que mayo de 2017 recuperara la secretaría general del partido tras ser defenestrado de la dirección del partido en octubre de 2016 por su política del No es No a Rajoy, que abocaba a unas terceras elecciones en tres años.

Los malos resultados nunca han arredrado a Sánchez. Tanto en 2015 como en 2016, pese a sus pésimos resultados, se ofreció a presidir el Gobierno. Porque Sánchez tal vez no sea un intelectual, ni siquiera un hombre cultivado, pero sabe sumar. Y en ambas elecciones el partido ganador, el PP, sólo podía formar Gobierno si el Psoe se abstenía. Visto de otra forma, él podría gobernar si le votaba una extravagante coalición que Alfredo Rubalcaba bautizó como Frankenstein.

Su regreso a la secretaria general en las primarias de 2017 con el apoyo del 50% de los afiliados, aunque no se supiera, traía en su bodega el fantasma de Frankestein Y en doce meses, de mayo de 2017 a junio de 2018, el fantasma cobró vida y la coalición arrojó a Rajoy al desván de los juguetes rotos, en la primera moción de censura aprobada con la Constititución de 1978. Sánchez se anotaba así una doble victoria –sobre el viejo PSOE y sobre el centro derecha- pero quedaba marcado por una alianza que ahora determina su futuro inmediato.

En la conjura para conseguir la moción de censura –en la que participó activamente Pablo Iglesias, según ha confesado reiteradamente-- formaban compañeros incómodos como son los independentistas que acaban de protagonizar una fracasada declaración de independencia de Cataluña, (y ahora en prisión provisional), las diversas familias de Podemos y un oportuno PNV que abandonó en el último momento a Rajoy, después de haber pactado con él, y le dió el empujón definitivo a la fosa política.

A Sánchez no parece que le importen mucho las hipotecas que haya podido adquirir con los rebeldes independentistas, ni siquiera aparecer en los dos debates de esta semana, atado a Podemos/Iglesias como único socio fiable, si eso fuera posible. Sánchez sabe que sus socios de aventura tienen más necesidades que él. Los independentistas catalanes y vascos y toda la variada familia nacionalista ve en él un esperanza apara avanzar posiciones, otros para salir de la cárcel, y lo proclaman a diario.

Iglesias que ha visto como se desmoronaba, partido en varias taifas, su movimiento necesita a Sánchez como padrino para entrar en el su soñado Gobierno. La coalición Frankenstein está viva y es mucho más peligrosa que en junio de 2018, porque ahora sus votos tendrán un precio.

Esa es la cruz de la fórmula aritmética de Sánchez. Lo que funcionó para echar a Rajoy no funcionará para llevar a Frankenstein al Gobierno. El precio a pagar, si se da el caso de que PP, Ciudadanos y Vox no sumen más escaños, puede ser delirante.

Los independentistas catalanes y vascos ya han hecho saber condiciones que no son compatibles con la legalidad. A la espera quedan los nacionalistas gallegos, valencianos y baleares, Las pretensiones socio económicas de Podemos convertirían los presupuestos del Estado en un festival de todo gratis. Sánchez lo sabe pero no se arredra. El tiene la fórmula. Si no suman, sumo yo. Y yo es yo.

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