Para los ac­cio­nistas su­pone poder di­ferir im­puestos en el 15 % del di­vi­dendo co­brado

Por qué al Banco Santander le viene bien mantener vivo el dividendo en acciones

La prin­cipal ven­taja es que fle­xi­bi­li­zará más de 400 mi­llones anuales de re­cursos pro­pios

Ana Botín, Banco Santander
Ana Botín, Banco Santander

La marcha atrás del Banco Santander, que lle­vará a su Junta del 11 de abril la rup­tura formal de la pro­mesa de re­partir todo el di­vi­dendo en me­tá­lico, no ha te­nido re­per­cu­sión ne­ga­tiva en su co­ti­za­ción. La fle­xi­bi­lidad de la que habla el banco que pre­side Ana Botín en su co­mu­ni­cado a la CNMV es real. Aunque el ahorro en caja es (y pa­rece que se­guirá siendo) muy pe­queño, le per­mi­tirá acom­pasar el uso de sus re­cursos pro­pios.

Por otra parte, la alta aceptación hasta ahora del dividendo en acciones tiene que ver con el efecto fiscal, ya que permite diferir una parte del pago de impuestos por el cobro anual. Puede que por una vez, y sin que sirva de precedente, la medida les venga bien a todos.

Ha pasado poco menos de un año entre los dos anuncios. El 23 de marzo de 2018, la presidenta del Santander, Ana Botín, anunciaba que el banco pagaría, a partir de 2019, todo el dividendo en metálico. Once meses y tres días después, la CNMV recibía un hecho relevante a las 22:04 horas del 26 de febrero pasado, en el que la entidad financiera convocaba Junta General de Accionistas con un punto en el orden del día destinado a autorizar al Consejo de Administración a volver a pagar una parte del dividendo en acciones.

Es verdad que el mercado no se lo esperaba, porque entre ambos anuncios no ha habido nada que alterase la vida normal del banco. El beneficio del banco creció en 2018 un 18% más hasta alcanzar los 7.810 millones de euros y el espinoso tema del Brexit está más o menos controlado, ya que el Santander tiene blindado en sus cuentas el tipo de cambio para 2019 ante cualquier contingencia. Aun así, el precio de las acciones del Santander comenzó el día 27 de marzo casi 6 céntimos por debajo del cierre anterior debido a las órdenes de venta acumuladas. El titubeo duró poco y la cotización se recuperó, e incluso subió en las horas y los días siguientes.

**¿A qué se debieron estos momentos de nerviosismo iniciales? ** Fuentes del mercado consultadas por Capitalmadrid señalan que “muy probablemente los analistas no se esperaban un cambio de rumbo tan repentino, pero que después, una vez vistas las cifras y analizado el texto del comunicado a la CNMV, las cosas empezaban a tener sentido”. El Santander argumenta su cambio de estrategia en dos argumentos fundamentales: “la gran aceptación del programa Santander Dividendo Elección (script dividend), especialmente entre nuestros accionistas minoristas” y “contar con la flexibilidad necesaria para poder aprovechar las oportunidades de crecimiento rentable en nuestros mercados”. Ambas son frases textuales del comunicado oficial.

De la aceptación del pago en acciones dan fe las cifras. En el último aplicado, el de noviembre de 2018, el 76,5% de los accionistas optaron por recibir el pago en títulos del banco. Teniendo en cuenta que, según los propios registros internos del Santander, el 59,11% del capital está en manos de inversores institucionales, y el resto (incluyendo el 1,13% que es propiedad de los consejeros) pertenece a minoristas, una parte de los grandes inversores también optaron por esta forma de cobro del dividendo.

El secreto de esta práctica, desde el punto de vista del accionista, está en la fiscalidad, porque si se reciben nuevas acciones en lugar de dinero contante y sonante, esa parte de la remuneración sólo tributará en el momento de la venta de las acciones que dieron lugar al dividendo, lo cual supone un diferimiento del pago fiscal. En el caso del dividendo con cargo a los resultados de 2018, el Santander pagará en total 23 céntimos.

Ya ha pagado 16,5 euros, de los cuales 13 céntimos (agosto de 2018 y febrero de 2019) han sido en metálico, y 3,5 céntimos (noviembre de 2018) han sido en script dividend. Ahora faltan otros 6,5 céntimos que serán pagados en efectivo en mayo. Con esta proporción, quienes hayan decidido cobrar el tercer pago en acciones habrán diferido el 15% de su carga fiscal total. Para muchos inversores esto es interesante.

Flexibilidad de capital

Capítulo aparte, por sus matices, merece la pena analizar en la “flexibilidad necesaria para poder aprovechar las oportunidades de crecimiento rentable” de la que habla el Santander. Si se escudriñan las cuentas del banco, puede observarse cómo en el patrimonio neto de la entidad hay descontados en 2018 un total de 3.118 millones de euros, procedentes del pago de dividendos en el ejercicio.

De esa cifra, 1.181 millones corresponden a pagos físicos por el dividendo a cuenta con cargo a los beneficios de 2018. El resto (1.937 millones) provienen del pago del último dividendo a cuenta y el complementario de 2017, satisfechos a los accionistas en febrero y mayo de 2018, también en efectivo.

La aceptación por parte del 76,5% de los accionistas a recibir dividendo en acciones en el plazo pagadero en noviembre de 2018 le ahorró al Santander 432,3 millones de euros en caja y la misma cantidad en recursos propios. Las normas de contabilidad descuentan del patrimonio neto el dividendo pagado en metálico, porque es una parte del beneficio que no se incorpora a dicha partida.

Sin embargo, en el dividendo en acciones, el incremento de acciones que se genera para pagar a los accionistas se apunta en el capital social y se descuenta de las reservas. Al final, no tiene repercusión alguna sobre el patrimonio neto del banco, que por otra parte es la base para calcular, de acuerdo con las normas internacionales, la solvencia de la entidad.

Esos 432,3 millones de euros no repartidos en metálico suman para el Santander un exceso de recursos propios que puede ser utilizado para comprar otros negocios sin tener que emitir instrumentos de deuda que cuenten como patrimonio neto, lo cual siempre ahorra costes y da menos dolores de cabeza a quienes tengan que tomar la decisión de poner unos cuantos cientos de millones en esta o aquella oportunidad de ampliar mercado.

Efectivamente, pues, otorga a los dirigentes del banco una mayor flexibilidad en la toma de decisiones, aunque el ahorro de caja sea muy pequeño (en 2018 esta partida de pago en acciones supuso apenas el 12% del total nominal del dividendo satisfecho a los accionistas).

El banco señala también en su convocatoria que el mantenimiento del dividendo flexible “se podría combinar con la posibilidad de recomprar acciones para lograr satisfacer al mayor. número de accionistas, institucionales y minoristas, siempre con el objetivo de maximizar el beneficio por acción”.

Se deja abierta, pues, la puerta a comprar acciones propias y, llegado el momento, amortizarlas, para anular la dilución que producen las ampliaciones a ese 23,5 de accionistas que prefieren cobrar siempre en metálico. Este tipo de operación reduce los recursos propios, pero lo bueno es que la entidad la realiza cuando le conviene, lo cual incrementa la flexibilidad en la toma de decisiones.

El problema del pay-out

Pero el comunicado del Santander convocando la Junta tiene otro párrafo que merece la pena un análisis. Textualmente dice lo siguiente: “El consejo anunciará el dividendo a cuenta de 2019 tras su sesión de septiembre. Par alinearnos con las prácticas actuales de los comparables europeos, la intención del consejo es mantener en el medio plazo un pay-out ratio del 40-50%, elevándolo así desde el 30-40% actual, que la proporción de dividendo en efectivo por acción sea al menos la del año pasado, y como se anunció en la junta general de 2018, efectuar dos pagos con cargo a los resultados de 2019”.

Efectivamente, en marzo de 2018 el banco aprobó que a partir del reparto de beneficios de 2019 (el siguiente), el dividendo se repartiría sólo en dos pagos. Y eso se va a seguir haciendo. El comunicado nos aclara que la cantidad será aprobada por el consejo en septiembre, primera fecha, pues, a apuntarse en el calendario. Pero dice más cosas.

Probablemente la más importante es la intención del banco de subir el pay-out (parte del beneficio que se dedica a dividendo) hasta el de sus comparables internacionales y subirlo del 30-40% hasta el rango del 40-50%. Y aquí vuelve a entrar lo de la marcha atrás y la vuelta al script dividend.

Contablemente, el único pay-out que se descuenta del beneficio es el que se paga en metálico. Sobre los beneficios logrados en 2018 (7.810 millones), el conjunto de dividendos en efectivo que van a percibir los accionistas supondrá el 38,6%, dentro del rango que en banco fija como “el actual”, que se sitúa entre el 30% y el 40%. Pero si todo el dividendo se hubiera pagado en metálico, dicho porcentaje se habría colocado en el 47,8%, muy cerca del límite superior del rango 40-50% que el Santander se pone como meta “en el medio plazo”.

No parece, entonces, que convenga correr mucho, porque un pago exclusivamente en efectivo obligaría seguramente al banco a recortar el crecimiento del dividendo por debajo del incremento del beneficio para no traspasar la línea roja del 50% de los resultados, un punto a partir del cual las autoridades bancarias internacionales extreman la vigilancia e incluso pueden hacer recomendaciones desagradables.

Sobre todo, si surge alguna oportunidad de compra y hay que evitar el paso engorroso de tener que dar explicaciones exhaustivas sobre cómo se va a financiar la operación sin que ello afecte al grado de solvencia o al endeudamiento.

El mercado, de momento, se lo ha tomado bien y queda mucho plazo para que el banco anuncie, en septiembre próximo, la cantidad que pagará a los accionistas con cargo al beneficio de 2019. Tiempo habrá después para volver sobre el tema.

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