ANÁLISIS

Treinta años de nacionalismos: Trump, Brexit y los muchos más

Torra, Aragonés y Artadi
Torra, Aragonés y Artadi

Por lo pronto Trump y el Brexit son dos epi­so­dios de un mismo fe­nó­meno: el na­cio­na­lismo ex­clu­yente. ¿Cuánto du­rará? ¿Poco o mu­cho? ¿Tres o treinta años? La larga etapa es el pro­nós­tico ba­sado en el pa­sado his­tó­rico que ha tra­zado Gideon Rachman. Treinta años, de 1945 a1975, treinta años glo­riosos de Europa Occidental, una época de re­cu­pe­ra­ción y cre­ci­miento eco­nó­mico bajo la ba­tuta de una po­lí­tica key­ne­siana de ges­tión de la de­manda. Años tam­bién de crea­ción de un Estado de bien­es­tar: se­guro de des­em­pleo, sa­nidad uni­versal y pen­siones para los ju­bi­la­dos.

Europa Occidental creció y se igualaron las diferencias entre los ciudadanos. La Democracia Cristiana y la Socialdemocracia fueron los partidos políticos que gestionaron la conjunción entre una economía de mercado y una mayor presencia del Estado para atender a los más desfavorecidos.

En la escena internacional la supervisión del FMI y un sistema de pagos con tipos de cambios fijos permitió extender los beneficios de la recuperación posterior a la Segunda Guerra Mundial a un enorme número de países. Sin embargo, la competencia internacional provocaría que EEUU viesen como su balanza de pagos con el exterior pasaba de positiva a negativa. el presidente Nixon rompería la paridad del dólar con el oro e inauguraba un sistema de pagos internacionales con tipos de cambios variables.

Prosperidad en el Occidente democrático capitalista y un retroceso en el campo comunista de economía centralizada. La pujante Checoslovaquia de los años treinta veía retroceder sus niveles de vida y sus gigantescos tractores que habían planificado las autoridades de Praga, eran incapaces de subir las colinas. Un gigantesco telón de acero ocultaría lo que sucedía al este de Viena.

El fin del patrón oro

El arrebato tocado por Nixon y después la llegada de Margaret Thatcher, en1979 y de Ronald Reagan, un año antes, en1978, abría una nueva era de absoluta libertad de los mercados y retroceso de la presencia del Estado y de los mecanismos de protección social.

En 1978, Deng Xiaoping había dicho adiós a la autarquía y a la rigurosa planificación y abierto de par en par las puertas a la economía de mercado. Entre tanto, el bloque comunista europeo comprobaba que el fracaso económico le llevaba por el camino de la descomposición política. La caída del muro de Berlín y la proclama del profesor norteamericano Fukuyama, “El Fin de la Historia”.

Un solo sistema económico y político inauguraba la era neoliberal. Otros treinta años gloriosos de crecimiento económico hasta que la propia soberbia de los autoproclamados mercados eficientes y de la inhibición del Estado, desembocaría en el estallido de la burbuja financiera y la gran depresión.

Un liberalismo fanático cosmopolita dejaría muchas heridas en el tejido social. Los ciudadanos buscaban otras formas de organización política; los trabajadores de las industrias tradicionales desde la siderurgia hasta el pequeño comercio resistían mal la competencia de productores extranjeros o de las propias multinacionales. Había que buscar un culpable. El nacionalismo fanático y la ignorancia en EEUU por un lado y en Inglaterra por otro, reclaman el control de sus propios asuntos: “los EEUU primero” y “recuperemos la iniciativa”.

Dos historiadores irlandeses, Kevin O'Rourke y Fintan O'Toole, comentan que cuando el Imperio Británico estaba desmantelándose y las economías europeas avanzaban a buen ritmo, Gran Bretaña elegiría el “Brentry” aceptando los términos del contrato de adhesión que imponía la UE. Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea, afirmaba que “ningún país puede decidir ni elegir. No hay un menú a la carta, todos tienen que aceptar el sistema con sus beneficios y limitaciones”.

En 200, los británicos postularon la entrada de los ochos países comunistas europeos en la UE. Aquello quedó olvidado y ahora reclaman frenar el acuerdo Schengen que garantiza libres fronteras y la llegada de inmigrantes a su isla.

La seductora fantasía de una nación subyugada no se compadece con la realidad del éxito económico del Reino Unido en la UE. Tampoco se compadece con esa Cataluña subyugada y su brillante desarrollo económico dentro del Estado español y de la UE.

Artículos relacionados