OPINIÓN

España, en el tablero

España y Portugal
Bandera española.

Este do­mingo, 10 de fe­brero, en la plaza de Colón me acordé del pre­si­dente Azaña y su dis­curso del 18 de julio de 1937 en Valencia. En plena gue­rra, ante las ma­nio­bras de di­versas po­ten­cias ex­tran­jeras sobre el te­rri­torio na­cio­nal, in­vocó el nombre de España “cuyas seis le­tras so­noras res­ta­llan hoy en nuestra alma como un grito de guerra y mañana con una ex­cla­ma­ción de jú­bilo y pa­z”...

Azaña sabía que pasara lo que pasase en la guerra, mas allá de la matanza, “siempre quedarán bastantes, y los que queden tienen la necesidad y obligación de seguir viviendo juntos para que la nación no perezca”. España era ayer un grito en Colón.

Ayer y hoy era la nación de ciudadanos, que generación tras generación, ha construido una sociedad que se levanta sobre múltiples estratos, con el sacrificio, el éxito y el fracaso, el esfuerzo de muchas generaciones, una nación que hoy es destino y esperanza para miles de migrantes y ayer dio al mundo generaciones de hombres y mujeres que buscaron lejos de nuestras fronteras el futuro que aquí se les negaba.

En el flamear de las banderas, en las voces que oía a mi alrededor, había adhesión, amor iba a escribir, a España como territorio común, de costa a costa, en ese mestizaje tradicional de los españoles con padres y abuelos de cualquier parte del territorio. No había crispación, ni voces contra los enemigos supuestos o reales de la idea nacional.

Tal vez sí había una necesidad de amparo, una voz de alerta dirigida a aquellos que tienen la obligación de defender el orden constitucional. La segmentación de la ciudadanía en capas ideológicas extrema, derecha, centro, izquierda, extrema, quedaba algo extraña ante aquella muchedumbre menestral, que vive en la amplia franja de la clase media, problamente ofendida ante tanta injuria sobre su identidad como supuestos vampiros de tribus periféricas.

Tal vez el grupo con el que compartí aquellos vagones de metro, en el que se apretujaban varias generaciones, no fuera consciente que en el tablero español, otra vez, se juegan varias partidas simultáneas. Lo que se dilucida en España, su integridad territorial, no es ajena a la que disputan los grandes y medios protagonistas del gran juego del poder, lo que están en la pelea por la hegemonía en ese territorio común que es Europa.

España es una nación sobre un territorio de un valor estratégico indiscutible. Nada de los que ocurra en España, en el sentido de desmembrar su territorio, deja indiferente a los protagonistas del gran juego. Los españoles deben saber, tengan 25 o 75 años, que España está en el tablero. Son tiempos en los que se hace realidad la vieja maldición: ojalá que vivas tiempos interesantes. España está en el tablero. Como diría Churruca en Trafalgar que cada uno cumpla con su deber.

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