ANÁLISIS

Un gobierno Sanchezstein perfecto e irremediable

Hacia una re­pú­blica con­fe­deral de 'estaditos' y 'partiditos', como de­finió Azaña a la II República

Pedro Sanchez y Pablo Iglesias
Pedro Sanchez y Pablo Iglesias

Si todo trans­curre tal como han pre­visto el pre­si­dente en fun­ciones y Pablo Iglesias, aunque no de­ta­llado pú­bli­ca­mente, para Navidades habrá un go­bierno Sanchezstein. Y con­tará con la in­apre­ciable ayuda de los in­de­pen­den­tistas ca­ta­lanes y vas­cos, los crip­to­se­pa­ra­tistas del PNV, con el deseo de todos ellos de crear es­ta­di­tos, más un ro­sario de ‘partiditos’ re­gio­nales cada uno con su hu­chita de as­pi­ra­ciones mez­qui­nas. Estaditos y par­ti­di­tos.

Así los bautizó Manuel Azaña en La velada en Benicarló, ese lamento escrito en plena guerra civil para condenar los males que aquejaron a la II República y que, a la postre, la llevarían directa a la fosa de la Historia.

Los acontecimientos vuelven a repetirse, menos dramáticos en apariencia -camuflados por el progreso económico y la tecnología- pero igual de potencialmente explosivos en su contenido. Y sin ningún Azaña que pueda denunciarlos en un libro.

No ha habido ningún político en España que haya dado un giro tan grande desde lo que anunció en la campaña electoral y lo que pretende hacer tras el paso por las urnas. El presidente en funciones, entre otras promesas, manifestó que nunca pactaría con Podemos porque solo de pensarlo ya no podría dormir.

Anunció también que volvería a penalizar los referendums ilegales. Es decir, con el independentismo nada. Ahora se ha desdecido y se ha abrazado con Iglesias cuyos objetivos, entre otros, son el estado federal (mejor la república confederal), aumento de los impuestos, las pensiones y el salario mínimo, intervenir el mercado de alquiler de casas y otros. Las consecuencias económicas de estas políticas son bien conocidas.

Y hasta alguna mala lengua ha puesto en circulación el rumor de que se ha dejado escapar al ex jefe del servicio de inteligencia chavista, reclamado por la justicia de Estados Unidos, por una discreta petición de Iglesias a Sánchez a cambio de facilitar el acuerdo con los separatistas.

En cuando a los independentistas, necesarios para la investidura, basta decir que Torra ya desafía al Estado en los tribunales de justicia y dirige e incita a los llamados CDR a cortar la circulación en las principales carreteras. ERC prosigue su propia línea en esta dirección, aunque discrepe de Torra. La CUP ya ha formulado un llamamiento a proseguir las manifestaciones violentas si Torra es deshabilitado. Difícil parar esta ola.

En el PSOE y Podemos han organizado sendas consultas entre los militantes, pero cuando llegue la fecha ya estará el programa político atado y bien atado; a ver quién se atreve entonces a decir que no. Así se preparan los referendums que no dan problemas. Puigdemont y Junqueras saben mucho de esto.

En la oposición ha habido algún revuelo, pero sin desmelenarse. Ciudadanos está destrozado y no ha salido aún del estupor de los diez escuálidos diputados. Fuera de alguna queja verbal, Vox no ha propuesto nada para no oír el siempre desagradable y reiterado calificativo de franquista. Y en el PP, sólo Aznar y Núñez Feijoo han sugerido un entendimiento PSOE-PP, pero con otro presidente que no sea Sánchez. Pero no han apuntado nada de cómo cambiar el cascabel al gato de Ferraz.

Esta es la situación de lo que se puede definir como el gobierno Sanchezstein que nos viene. Porque después de todo, Frankestein no tiene la culpa de nada.

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