ANÁLISIS

Nuevo Gobierno: y tras el inmenso error de Pedro Sánchez ¿qué?

Gorka Maneiro con Sebastián Abascal.
Sebastián Abascal, VOX.

La con­se­cuencia más im­por­tante de la re­pe­ti­ción de elec­ciones es que pro­sigue el blo­queo. Y aún puede de­cirse que las grandes di­fi­cul­tades para formar go­bierno son aún ma­yores toda vez que Sánchez ha ba­jado en tres es­caños, se ha dis­pa­rado la frag­men­ta­ción de la Cámara con la pre­sencia de nuevas for­ma­ciones que di­fi­cultan la com­po­si­ción de una ma­yoría par­la­men­taria clara y la es­pec­ta­cular subida de la ul­tra­de­recha no fa­vo­rece el en­ten­di­miento de los dos grandes par­ti­dos.

Todo esto hace que crezcan las dudas sobre la viabilidad del edificio político que se creó para la transición de la dictadura a la democracia y que consistía en el entendimiento de dos grandes fuerzas -una conservadora moderada, la otra de centroizquierda- y la presencia en el Congreso de los representantes de las fuerzas a las que la Constitución bautizó como “nacionalidades”.

Desde el punto de vista político, el gran responsable de todo este desaguisado es el presidente en funciones Pedro Sánchez, que buscó de manera torpe y sin grandes disimulos la repetición de las elecciones cuando podía haber explorado otras salidas (no fáciles de negociar, pero sí posibles).

Al perder tres escaños y bajar a 120 diputados, lo normal en cualquier otro país sería que renunciase a continuar en activo, pero tanto la encrucijada del momento político como la propia situación interna del PSOE y los propios deseos de Sánchez hacen prácticamente imposible buscar un recambio.

El fracaso de la nueva convocatoria electoral tiene en Albert Rivera a otro de sus causantes al conseguir la exigua cifra de diez representantes. Si hubiera accedido a entenderse con los socialistas, se habría formado un gobierno con una mayoría sólida y ciudadanos no se vería como ahora al borde de la desaparición. Lo más dramático de este partido es que ha defraudado en las grandes expectativas que había originado en lo que se refiere a que actuase en Cataluña una formación política que diera la réplica a los secesionistas.

Tampoco el PP puede echar las campanas al vuelo. Si bien ha aumentado su presencia hasta 88 diputados, queda lejos de que se haya convertido en un partido preparado para asumir las tareas de gobierno. Tampoco Pablo Casado ofrece claras muestras de un liderazgo firme e indiscutible. La preocupante desaparición del partido en el País Vasco y el estancamiento en Cataluña así lo confirman.

Abascal, vencedor

El gran vencedor de la jornada ha sido Abascal al alcanzar los 52 escaños, más del doble de los que tenía. Como ya dijo Errejón hace casi un año al analizar en Andalucía los resultados electorales autonómicos no hay en España tantos ciudadanos de extrema derecha. Vox ha recibido el apoyo de muchísimos ciudadanos enfadados y desalentados con lo que está ocurriendo en Cataluña, los caprichos de Sánchez, los fallos del sistema político y las tormentas económicas que se anuncian en el horizonte.

Los líderes políticos deben de dejar a un lado los melindres de que han hecho gala hasta ahora para componer un ejecutivo. Lo razonable es que PSOE y PP se entendieran en un gobierno de coalición o mediante un apoyo parlamentario de los populares.

Esto dejaría como principal partido de la oposición a VOX, lo que no agradaría a Casado que siente en la nuca el aliento de Abascal. Resucitar el gobierno Frankestein con Podemos, el PNV y los separatistas es una locura política, aparte de que en la nueva situación habría que contar con un rosario de minúsculos partidos regionales cada uno con sus peticiones egoístas. Unas terceras elecciones no tienen cabida.

La arquitectura política del sistema tiene que se reformada. Principalmente una ley electoral más justa que no permita que formaciones microscópicas puedan conseguir representación con un puñado de votos. Los nacionalistas pondrán el grito en el cielo. Y que haya procedimientos que dificulten el bloqueo y acorten los plazos tras la votación. Un laberinto difícil de salir de él.

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