ANÁLISIS

De Bandung a Davos: la escarpada ruta de la globalización

World Economic Forum Davos
World Economic Forum Davos

En 1955, al­bores y alar­mantes años de la Guerra Fría, el primer mi­nistro de la India ya in­de­pen­diente (Gandhi había sido ase­si­na­do), Nehru, to­maría la ini­cia­tiva en la cons­truc­ción de un am­plio mo­vi­miento de Países No-Alineados. Ni co­mu­nismo chi­no-­so­vié­tico, ni im­pe­ria­lismo ca­pi­ta­lista. Un es­fuerzo pa­ci­fi­cador ante el riesgo de una con­fron­ta­ción ató­mica y la realidad de un mundo par­tido en dos.

Todo cambiaría con la desaparición de los dos bloques a raíz de la caída del muro de Berlín. Integración de los países europeos satélites de la Unión Soviética en las estructuras políticas y económicas occidentales. La República Popular China había dicho adiós a la Revolución Cultural y a la ultra autarquía del Salto hacia Adelante e iniciaba una decidida apuesta por la globalización.

En 1971 se crea el Foro Económico Mundial. Una organización sin ánimo de lucro cuya finalidad era la mejora de las relaciones internacionales a través de la colaboración de las grandes empresas con el mundo político y académico. El capitalismo tomaba la bandera de una iniciativa de un profesor suizo, Klaus Schwab. Entre tanto el Movimiento de Países No-Alineados se descomponía hasta culminar en septiembre de 2016 una sesión, Isla Margarita (Venezuela), en la que asumiría su presidencia Nicolás Maduro.

Los días 22-25 de este mes de enero ha vuelto a reunirse el WEF con el reclamo: “Globalización 4.0: moldeando una arquitectura global en la era de la cuarta revolución industrial”. Ni los EEUU han enviado a su presidente ni ha habido delegación oficial. Sólo el Secretario de Estado Mike Pompeo tendría una participación mediante videoconferencia mientras China, con una delegación de 100 miembros presidida por su Vice-presidente Wang Qishan, se erigiría en defensor de la globalización.

Incluso el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro vendría con gestos globalizadores afirmando la voluntad de su país en proteger las selvas húmedas amazónicas aunque sin renunciar a la utilización de sus recursos para la producción y exportación de alimentos.

En 2017 el presidente Xi Jinping había pronunciado un desafiante discurso en favor de la globalización: “Se quiera o no, dijo, la economía global es un gran océano del que no se puede escapar”. Apertura económica, comercial y tecnológica que ha sido un acicate formidable para la prosperidad de la población de la República Popular China. También una magnífica cortina para esconder la ambición de Xi para convertirse en un presidente vitalicio y ocultar su implacable campaña contra la corrupción que condenaría a sus opositores.

China ha endurecido el control sobre los mercados desde el partido y la administración. Es el caso de compañías como Qualcomm y Apple, así como Visa y Mastercard.

Un informe reciente de Freedom House, citado por el Financial Times, afirmaba que la exportación de tecnología China a 18 países en vías de desarrollo estaba permitiendo a los gobiernos de Zambia o Vietnam ejercer una presión contundente contra sus ciudadanos.

Rusia, viejo aliado y a su vez enemigo de China y enemigo y socio comercial de Europa, hacía presencia en Davos para presentar unas credenciales de aliado fiable con una economía en funcionamiento que confirma su condición de país en marcha lejos de los pronósticos de un Estado fallido. Sin embargo las anexiones territoriales en Ucrania mantienen viva la preocupación de sus vecinos Bálticos hoy día miembros de la UE.

Europa está presente en Davos, un tanto acobardada por los brotes nacionalistas entremezclados con movimientos reivindicadores y opuestos a la globalización y al cosmopolitismo de las élites dirigentes. Los londinenses rechazan el Brexit mientras todos aquellos ingleses amantes del cucurucho “fish and chips” reclaman la vuelta a un período que parece haberse olvidado: las tragedias y penurias, consecuencia de las dos grandes guerras del siglo XX.

El presidente Sánchez ha estado presente y reclamado una mayor solidaridad entre los más beneficiados y los grandes perjudicados de la última recesión mundial. Un modesto aviso antes el alborozo de ese gran capitalismo que aterriza en Davos con más de 1.200 aeroplanos privados.

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