OPINIÓN

Mejor no quitar los lazos amarillos, pero poner también rojos

Los in­de­pen­den­tistas se que­darán pas­mados con la ban­dera ca­ta­lana y la es­pañola

Banderas de Andalucía-
Bandera constitucional catalana.

Con la ex­hi­bi­ción de lazos ama­ri­llos en casi todas las ca­lles y plazas de Cataluña mu­chos ca­ta­lanes se con­ducen con gran fre­nesí en su pro­pó­sito de dar tes­ti­monio de que no están de acuerdo con una de­ci­sión de las au­to­ri­dades ju­di­ciales de España, al en­causar por trai­ción y otros de­litos a un cierto nú­mero de ex-­go­ber­nantes de Cataluña y dos o tres de sus más en­fer­vo­ri­zados ‘agentes so­cia­les’.

Como el frenesí se convirtió en militancia tan pronto como topó con la resistencia de fuerzas políticas opuestas, hoy corremos el riesgo de que se produzcan incidentes que alteren la paz pública en lugares urbanos o en las infraestructuras que, en principio, se construyeron para el servicio equitativo de todos, y no de una sola facción.

Por tanto, yo propongo que los que quieran neutralizar la invasión amarilla recurran a un expediente que a un tiempo asegure la paz pública y envíe el mensaje de que son muchos más los que se oponen a que se rompa España. No retiren los lazos amarillos, sino lleven dos de color rojo y los cuelguen, lo más juntos y pulcramente desplegados que puedan, a cada lado del lazo amarillo. Así los colores en contraste afirmarán otra cosa más acorde con sus lealtades hispanas, sin necesidad de que los independentistas se sientan ofendidos.

Este otro expediente tiene la ventaja de que los independentistas, a su vez, no se verán forzados a dar muestras de descortesía retirando los lazos rojos que sus convecinos han puesto, ya que por el simple expediente de poner otra vez, a ambos lados de los rojos, otros amarillos, reenviarán su mensaje de patriotismo catalán, pero esta vez codificado de manera menos polémica al componer una representación (muy al estilo de los latigazos cromáticos de Tapies) de la ‘cuatribarrada’ que tanto enardece su patriotismo pero que también es tomada como cosa propia por los no ‘indepes’. Y así, de modo continuado, se sucederán impresiones visuales de las banderas de Cataluña y de España, con las que unos y otros podrán quedarse a gusto, según su libre elección. ¿No es eso también democracia?

Hora bien los ‘indepes’ se pueden quedar en eso, satisfechos de que sus vecinos del color rojo se aplaquen y dejen de dar la lata, o bien pueden preferir mantenerlos todo el tiempo enfurruñados, para lo que no tendrían más que pegar a sus lacitos amarillos una estrellita en campo azul…. y esperar a ver si los del lazo rojo son capaces de inventar una argucia que neutralice el ingenio de un catalán ‘indepe’. Ya se sabe que en materia de marketing, las empresas más competitivas están en Barcelona, y muy poca gente tiene interés en seguir hasta el infinito un juego tan tonto y aburrido.

Sí, ya sé que todo lo anterior no es más que una argucia para tapar bajo la apariencia de lid patriótica un problema político de fondo: de si hubo o no hubo en octubre de 2017 un intento de golpe de estado de las fuerzas independentistas de Cataluña. Mientras los tribunales no dicten sus sentencias, el pueblo sólo tiene las calles y plazas para dirimir la cuestión, pero ya que ha de ser una lid, que sea sin sangre, sin ojos hinchados y sin huesos rotos.

Este tipo de enfoque sobre un problema de patriotismos que unos consideran incompatibles (Catalunya república) y otros armónicos (Cataluña española), remite a una dinámica de la historia que en su día fue conducente a la unidad de los reinos de España. Ya es sabido que el modo que tuvieron los condes de Barcelona de debilitar su subordinación feudal a los reyes de Francia fue el matrimonio de Ramón Berenguer IV con ¬Petronila, reina de Aragón.

En aquellos tiempos (mediados del siglo XII), los reyes francos poseían la titularidad soberana de los condados y señoríos catalanes, una dependencia que duraría hasta la renuncia, un siglo después, a esos títulos por parte de Luis IX. Así que a través de la dignidad de los reyes de Aragón, los condes de Barcelona y otros señores de Cataluña entraron como agentes legítimos y pares en el sistema de reinos españoles.

La primera representación conocida de la cuatribarrada se da en siete sellos del conde de Barcelona, cuya leyenda dice: “Ramón Berenguer conde de Barcelona, príncipe del Reino de Aragón”. En ellos se ve al conde montado a caballo, con lanza y escudo, y al fondo cuatro ‘palos’ o barras. Su sucesor Jaime I elevará el emblema al rango de “nostra senyal reial”, atribución basada en su soberanía sobre la corona de Aragón*.

La confluencia de los distintos reinos de España, a finales del siglo XV, es cosa bien conocida por todos los españoles, y por tanto también por todos los catalanes independentistas, aunque no lo quieran reconocer. Su símbolo es la bicolor, creada por Carlos III para la marina real, y elevada a emblema nacional a raíz de la guerra de la Independencia, con el apoyo en masa de los catalanes.

• Véase Francisco Ortiz Lozano, “España vieja patria”. Editorial Arguval, 2013. Es un compendio de millares de documentos atinentes a la formación de España, desde tiempos de los tartesios y fenicios hasta la consolidación del reino como estado español y entidad del sistema de estados europeos. Contiene millares de citas textuales de documentos y minuciosas descripciones de los árboles genealógicos de los reyes hispanos.

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