OPINIÓN

Si es memoria no es historia

Una ley que tiene poco que ver con la acep­ción que la fi­lo­sofía hace de esa ciencia

Franco
Franco

El pro­blema del tras­lado de los restos de Francisco Franco es el epi­centro de la tor­menta desatada hace unos años por la lla­mada Ley de la Memoria Histórica, apro­bada bajo el go­bierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Todo epicentro tiene debajo un hipocentro, que en esta particular tormenta es el inmenso espacio donde han estallado en estos años polémicas cargadas de electricidad ideológica, sacudiendo las conciencias de partidos, grupos sociales e individuos, y haciendo correr el riesgo de que lo recordado despertara la necesidad de que todos volviesen a tomar postura sobre algo que creían depositado ya en su propia memoria íntima.

Era de temer, como respuesta a la ominosa ley, que se formasen bloques de opinión y sentimiento, según la afección de cada uno en particular con acontecimientos ocurridos entre 1936 y 1978, años que van desde la guerra civil hasta la Constitución democrática. La idea de Amnistía, elevada a rango de ley, y que precedió a la Constitución, había dejado de significar lo que su etimología indica: olvido.

Al abrigo de la ley de Memoria Histórica se ha practicado mucho la memoria y poco la historia en su significado científico. El relato dominante, casi oficialmente adoptado por la actual administración, es que el estallido de la guerra fue un acto injustificado, inmotivado y súbito, de unas fuerzas sociales burguesas y unos mandos militares con aspiraciones dictatoriales, inspiradas por los movimientos y gobiernos fascistas de Italia y Alemania, unidos para derribar un gobierno legítimo, formado por procedimientos democráticos. Así, sin más trasfondo, sin necesidad de otras concurrencias causales.

La alarma y conmoción creada por la Revolución de Asturias de 1934 no figura como causa del recelo y temor de los partidos de derechas ante las agitaciones sociales que precedieron a las elecciones de 1936 y que abrieron paso al Frente Popular. El asesinato de José Calvo Sotelo por la guardia de corps de un líder socialista no aparece como la chispa que cae en un polvorín, en medio de una situación social altamente inflamable en lo político y violenta en lo social. Por no remontarnos a los inicios de la República, con una serie de ataques a las iglesias, símbolos de una sociedad en su gran mayoría creyente y conservadora, y muchos cientos de asesinatos de una parte y de otra antes de la guerra.

Con ese enfoque selectivo, discriminatorio en la presentación de los hechos, se incumplen muchos de los principios especulativos con los que historiadores y filósofos fijan los requisitos necesarios para una historiografía solvente. El primero que se incumple es el dispuesto por la etimología de la propia palabra ‘historia’, como “conocimiento adquirido mediante investigación”; exigencia esta última, necesaria para dotar a esa ciencia del prestigio y la autoridad que tienen todas las otras, que tratan de llegar al conocimiento mediante la investigación probatoria.

Esa investigación requiere un tipo de pensamiento ‘idiográfico’ (y desde luego no ‘ideográfico’), que tiene por objeto el hecho singular y su relación con otro hecho singular, unidos de alguna forma por espacio y tiempo. El talento del historiador consiste en encontrar, relacionar y explicar los rasgos comunes o diferenciadores de los hechos. Explicar la guerra civil y el régimen de Franco como algo espontáneo, meramente conspiratorio, inconexo con las circunstancias de tiempo y lugar, es renunciar a hacer historia y confiarlo todo a una desmemoria interesada.

Tratando de aproximar el estudio de la historia al de las ciencias naturales, Francis Bacon la definía como el conocimiento de los hechos, y no el de las esencias; algo que no podía ser determinado más que por sus circunstancias de espacio y tiempo. Robin R. Collingwood era más restrictivo aún: “El objeto de la historia es el hecho en cuanto tal…; el objeto absoluto”.

La escuela de la memoria histórica, tengo para mí que se acerca más a la visión de Benedetto Croce, para quien entender algo históricamente equivale a revivirlo, es decir, a hacerlo presente. Es lo que ha pretendido la dichosa ley, invocar mediante conjuro las circunstancias históricas de hace ochenta años y, además, innecesariamente porque la historiografía española y extranjera ya habían desmenuzado el tema en millares de publicaciones.

Aunque entre los objetivos de la ley estaba la restitución de la honra de todos aquellos que fueron injustamente tratados o ejecutados por los vencedores, así como la entrega de los restos de desaparecidos a sus familiares (lo que debió haberse hecho de forma metódica y rápida en su momento, por los gobiernos socialistas y populares), sin embargo, la actual aplicación de la ley ha derivado en una abrumadora campaña de deslegitimación de los motivos que tuvieron aquellos cuya posición entre los vencedores vino determinada por las injusticias y crímenes cometidos con ellos o sus familiares, antes de, o durante la guerra civil.

La acepción de memoria histórica que más me convence la he encontrado en un historiador solvente, José María Jover Zamora, en su libro “La era isabelina”, que la describe como la forma ‘peculiar’ que la sociedad tiene de percibir la realidad presente, vinculándola con fenómenos sociales y políticos que caracterizan una determinada coyuntura histórica. Lo que hoy podríamos interpretar como algo que se difumina en los recovecos emocionales de cada uno, y que, mediante evocaciones públicas programadas, el poder trata de despertar para sus fines. Eso o poco más.

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