OPINIÓN

El camarada Ceaucescu y una primavera de Praga soñada

Hace 50 años del ex­pe­ri­mento checo, re­pri­mido pese a apoyos reales in­sos­pe­chados

El 21 de agosto de 1968, hace 50 años, vivía con mi fa­milia en Bucarest, en la Rumanía de Ceaucescu. Una dic­ta­dura im­pla­cable que, ca­pri­chos del eu­ro­co­mu­nismo rei­nante en la Europa de Santiago Carrillo, es­taba abriendo un es­trecho por­tillo a la libre ini­cia­tiva.

Las ventanas de mi oficina, un piso bajo, daban sobre la Gran Plaza del Ateneo, flanqueada por el Palacio Real y el nuevo edificio del Comité Central. Un gran murmullo, el gentío en aumento. ¿Qué está pasando? ¿Algo relacionado con la República Comunista de Checoeslovaquia?

Me uno a la multitud. Se ha abierto el balcón del Comité Central, ocupado por el camarada Ceaucescu acompañado de miembros de su gobierno y del partido. (Ceaucescu, como Stalin, se había desembarazado ya, aunque de forma menos cruenta, del que fuera presidente de la República, Ion Stoica, y del jefe del gobierno, George Maurer). Ceaucescu y su comitiva se presentan ante el pueblo que, de alguna manera, habría sido más conducido que convocado a escuchar al Conducator.

Ceaucescu en tono dramático anuncia que “el ejército de un país hermano está pisoteando la tierra de otro país comunista... una gran vergüenza para el comunismo”. Las palabras, “marea rusinea ”, gran vergüenza, quedaron grabadas en mis oídos y nunca las he olvidado.

A unos pocos kilómetros del balcón del Comité Central, en el Club Diplomático, varios embajadores, el soviético entre ellos, están viendo la televisión rumana. La grave acusación de Ceaucescu es una bomba y el embajador soviético sale de estampida.

En el telediario de la noche la acusación de Ceaucescu ha desaparecido. La autocensura ha sido fulminante. Es verano, hace calor en Bucarest, cenamos con unos amigos en uno de los nuevos restaurantes que se acaban de inaugurar gracias a la concesión hecha a la iniciativa privada.

Los empleados tienen que ser familia y nunca más de tres. Nos sirven verduras del campo y pescado del mar. Quien conoce la Cuba actual habrá degustado la comida criolla en los nuevos paladares abiertos en la Isla aunque la palabra paladar en aquél Bucarest habría resultado exagerada.

La noche del 21 de agosto es calurosa, amenaza tormenta. Circulan rumores en el mundo diplomático que Tito y Ceaucescu están reunidos en algún lugar próximo a la frontera común- Finalmente suenan los truenos, que para algunos resuenan como cañonazos. La frontera búlgara está sólo a unos 60 km de Bucarest.

Sospechas y temores y también bromas. Un diplomático latinoamericano que dice regresar del puente sobre el Danubio, propaga el rumor de movimientos de tropas del Pacto de Varsovia al otro lado del gran río.

La tormenta se ha desvanecido, nada extraordinario el día 22. Por la tarde asisto en la Embajada del Reino Unido a una película de los Beatles, Yelow Submarine. En la penumbra de la sala alguien me busca para que le acompañe y transmita un mensaje cifrado a Exteriores sobre esos rumores de invasión. Advierto y así se confirmaría después que eran rumores falsos y una broma muy latina.

Han pasado los días. Yugoslavia mantiene su experimento de autogestión sin mover ni una coma. Rumanía se cierra sobre sí misma. No más paladares ni más inventos eurocomunistas.

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