ANÁLISIS

Conte reclama para Italia el liderazgo europeo ante el vecino del Sur

Con el apoyo de Trump debe contar con Macron sobre el país nor­te­afri­cano

Tripoli, Libia
Tripoli, Libia

Ahora que las au­to­ri­dades ita­lianas se han ase­gu­rado de que la ruta de mi­gra­ciones afri­canas hacia Europa a través de Libia esté a punto de ce­rrarse, llega tam­bién la opor­tu­nidad de que un grupo de na­ciones oc­ci­den­tales adopten una po­lí­tica común res­pecto de ese país, que le ayu­daría a salir de su crisis ins­ti­tu­cional y eco­nó­mica.

Han pasado siete años desde la caída de Muammar el-Gadafi, durante los cuales han salido del territorio libio hacia Europa centenares de miles de emigrantes irregulares y refugiados, en su mayoría procedentes del África subasahariana, creando una crisis que ha abierto brechas de desacuerdo sobre cómo repartirse la carga de su acogida.

El pasado lunes el primer ministro italiano, Giuseppe Conte, anunció en Washington que, con el acuerdo del presidente Trump, Italia está preparando una conferencia sobre Libia “para tratar y discutir todas las cuestiones concernientes al pueblo libio, en la que participarán todos los estados con interés en la cuestión y los protagonistas de toda el área mediterránea”. Conte prevé que esta conferencia se celebre el próximo otoño.

Queda por ver cómo casa esta iniciativa con la que en la misma dirección trata de impulsar el presidente francés, vía su ministro de exteriores, Yves-Le Drian, quien pocos días antes visitó Trípoli para un encuentro con su colega libio, Mohamed Siala, pero con la vista centrada en la participación de Francia en la consolidación de las fuerzas armadas libias.

Sin embargo, en la cuestión militar hay un problema: la principal fuerza con alguna operatividad está bajo el control de un líder fuerte, el general Jalifa Haftar, asentado en la parte oriental del país (Cirenaica), la cual escapa al control del gobierno ‘del Acuerdo Nacional’, como se llama el ejecutivo que bajo los auspicios de las Naciones Unidas trata de gobernar todo el país desde Trípoli. Haftar ha visitado París por lo menos en dos ocasiones en los últimos dos años, una de ellas para tratarse de una enfermedad grave, de la que parece haberse recuperado.

Conte aspira a que sea Italia el país clave para una toma de posición europea común ante los problemas de Libia, y ello tanto por razones históricas como geopolíticas, dado que los dos países están llamados a controlar las riberas principales del Mediterráneo central.

La agenda de ese encuentro internacional girará en torno a la economía libia, las cuestiones sociales, la protección de los derechos humanos, la solución al impasse constitucional, la legislación y las elecciones democráticas. Italia, además, está interesada en que las Naciones Unidas levanten el embargo de armas al gobierno por ellas reconocido. Lo que, como es obvio, abre la cuestión de qué fuerzas armadas libias tienen alguna capacidad operativa en estos momentos, lo que a su vez remite a la posición final que tendría en ese nuevo ordenamiento el ejército comandado por Haftar. Por el momento, Italia presta su colaboración militar al gobierno de Trípoli para la formación profesional del servicio de guardacostas, al que ha cedido algunas unidades navales. Dos de ellas se encuentran atracadas en puertos italianos debido al embargo de las NN.UU.

Respecto de la posible competencia entre Francia e Italia por ser el principal agente europeo con respecto a Libia, Conte se mostró resuelto en Washington, cuando dijo que Italia “será el punto de referencia de Europa y el principal interlocutor en las principales cuestiones que es necesario abordar en Libia”.

La solución del problema político libio y el restablecimiento de una fuerza capaz de imponer el poder coercitivo de un estado reconstruido, con sede en la capital histórica del país, Tripoli, es el primer requisito para que la crisis de la emigración hacia Europa sea abordado de una forma metódica y eficaz. Este problema a su vez depende para su solución de la existencia o no de un gobierno capaz de ejercer su autoridad sobre todo el país, cosa que no es posible mientras subsistan las divisiones entre los gobiernos del este y el oeste (Cirenaica y Tripolitania, o Tobruk y Trípoli), aquél bajo los dictados de la Cámara de Representantes (CR), y éste bajo el gobierno del Acuerdo Nacional, patrocinado por las NN.UU. Detrás (o antes, como se prefiera) viene el problema del ejército nacional libio.

La CR acaba de dar frenazo a un serio intento de reconciliar posturas entre Tobruk y Trípoli, para la adopción de un texto constitucional consensuado. El pasado viernes la CR decidió no someter a votación el borrador del proyecto ya acordado con el gobierno asentado en Trípoli, alegando desacuerdos sobre la configuración de las mayorías que darían validez al resultado del referéndum. Los señores diputados de Tobruk se han dado dos semanas de reflexión para ‘rumiar’ esta cuestión. Al parecer no tienen prisa. Al revés que Europa.

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