Monitor de Consumo Bancario

Hipotecado para ayudar a los hi­jos, desahu­ciado por avalar pisos de la fa­milia

Solo ante el peligro y jubilado

Víctima de todo tipo de trampas in­ver­so­ras, ya no dis­pone ni de le­tras del Tesoro para pre­sumir

Tesoro Público
Tesoro Público

“Hace veinte años, mi padre me pedía que fuera al Banco de España a com­prar le­tras del Tesoro o a re­novar las que tenía y que ha­bían amor­ti­zado. Iba allí, porque apenas te­nían co­mi­sión de com­pra, sólo mil pe­setas sobre un im­porte al ven­ci­miento que era de un mi­llón”. Jaime Rodríguez re­cuerda esta época con nos­tal­gia. Durante el año 1992, las le­tras a un año lle­garon a ofrecer el es­pec­ta­cular ren­di­miento del 15%. De aquella época ya no les queda a los ju­bi­lados ni las le­tras.

“Ahora yo, bastante hago con acudir a las manifestaciones para defender lo que he cotizado durante cuarenta años”, comenta Rodríguez con decepción. La lucha de este colectivo no supone un combate sobre el frente único de la pérdida de poder adquisitivo de su remuneración mensual. Los jubilados constituyen el grupo social más castigado por los efectos de la última crisis. Su apoyo a los hijos que habían caído en desgracia les ha costado, en buena parte de los casos, la vivienda propia, que habían hipotecado como aval de la de sus descendientes. En el mejor de los casos, tienen que atender a un préstamo formalizado para contar con un colchón con el que proteger a su familia.

Por si esto no fuera poco, los jubilados se han situado en el ojo del huracán de alguno de los escándalos más sonoros de los últimos años. Desde la venta de sellos que no contaba con la debida protección de las autoridades administrativas, hasta la comercialización de un producto como las participaciones preferentes que, según las demandas interpuestas, se realizó sin las debidas garantías de información.

Compuestos y sin letras

El jubilado de los años noventa era un hombre cuya pensión sería mayor o menor, pero era una persona feliz. No conocía el riesgo de la pirámide de población, el riesgo de la falta de cotizantes, el riesgo del envejecimiento, el riesgo de la entrada masiva de jubiladas que llegaron al mercado laboral en los años ochenta, cuando ya no tenían que pedir el consentimiento del marido para trabajar.

Ese jubilado llevaba sus letras del Tesoro bajo el brazo. Ahora, ya no le queda ni eso. Según los últimos datos oficiales, los particulares apenas tienen 1.800 millones de títulos del Estado en sus carteras, la cuarta parte que hace diez años, cuando el inversor de a pie disponía de letras por importe de 6.500 millones de euros.

Ha sido hace tres años cuando la bajada de los tipos de interés asestaba el golpe definitivo a este colectivo de inversores, ya que las letras empezaron a pagar rendimientos negativos. Algo impensable cuando Carlos Rodríguez acudía al chaflán entre las calles de Alcalá y Paseo del Prado para comprar letras para su padre.

Ahora, el jubilado puede darse por contento de no haber perdido los ahorros de toda su vida en la tormenta de los 30.000 millones de preferentes emitidas. “Una pareja de jubilados se suicida tras recibir la orden de desahucio”, leyó Carlos Rodríguez en el periódico. Se sentó ante su ordenador y marcó jubilado y desahucio. Apareció un verdadero rosario de noticias sobre suicidios.

“Al menos, yo no he sido víctima de estos casos” pensó, al tiempo que se convenció de que lo de las letras no era para tanto. Llamó a su mujer y le dijo: “cariño, he pensado que con el dinero que habría invertido hace veinte años en letras del Tesoro vamos a poner esas puertas nuevas que querías”.

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