ANÁLISIS

CATALUÑA

Torra gobernará con permiso y supervisión de la CUP

Puigdemont se re­serva el tí­tulo de President le­gí­timo

Sin título
Sin título

La du­ra­ción y el pro­grama del nuevo eje­cu­tivo ca­talán acor­dado entre Junts per Catalunya (JxC) y Esquerra Republicana (ERC) queda desde ahora a merced de cuánta cuerda esté dis­puesta la CUP a darle, si aquél lleva a cabo un pro­grama que los cu­paires no con­si­deren ge­nui­na­mente in­de­pen­den­tista. Ello a pesar de las pro­mesas del can­di­dato a ‘president’, Quim Torra, en el de­bate de su in­ves­ti­dura, de abrir un pro­ceso cons­ti­tu­yente, una pro­mesa de la que la CUP des­confía como quedó pa­tente en la asam­blea que los an­ti­sis­tema ce­le­braron el pa­sado do­mingo.

Esa desconfianza surge, en parte, de la oferta de Torra de reunirse cuanto antes con el presidente Mariano Rajoy, para abrir una vía de diálogo, pretensión sobre la que no dio más precisiones. Sí detalló algunos puntos decididamente conflictivos de su programa, como retrotraer cuantas medidas tomó el gobierno central en el periodo de vigencia del art. 155 de la Constitución, y abrir un proceso constituyente “reiterando nuestra inalterada voluntad de continuar el mandato republicano”.

Este lunes 14, en la segunda ronda de la sesión de investidura, los cuatro diputados de la CUP, y por decisión del consejo político tomada este domingo, se abstendrán de votar en contra del programa de Torra, como habían venido amenazando por considerarlo ‘autonomista’. Ello permitirá la elección de Torra como nuevo ‘president’, quien quedará desde ahora sujeto a estrecha supervisión cupaire de sus actos, ya que en su discurso de investidura, el pasado sábado, prometió “no hacer autonomismo”.

La estrategia de la CUP consiste en forzar al ‘govern’ a trabajar activamente por la ruptura con el estado lo más pronto posible. Para ello sus dirigentes adoptarán un papel de ‘oposición activa’, en palabras de la diputada María Sirvent. La CUP exigirá la formación de una asamblea de cargos electos, la recuperación de las ‘leyes sociales’ suspendidas por el Tribunal Constitucional, y tomar el control de los servicios públicos y estratégicos. Con sus cuatro diputados apuntando al corazón institucional de Torra, los cupaires esperan alzarse con el control de la nueva dinámica hacia la república, una vez formado el ‘govern’ y quedar suspendida la aplicación del art. 155 CE.

Por otro lado, el discurso de investidura de Torra está lejos de haber sido recibido con comprensión por los sectores que dentro del independentismo se han mostrado más moderados a raíz del art. 155. Ven una contradicción explícita entre el deseo de Torra, de dialogar con el gobierno, y trabajar en favor de la República Catalana. Por ejemplo, los veintitantos dirigentes encausados en virtud del 155 temen que empeore su futuro judicial si sus acciones pasadas son analizadas como primeros pasos de un plan que, otra vez y gracias a Torra, se propone relanzar la sedición.

La pretensión de Puigdemont, de que el nuevo ‘govern’ sea poco más que un mero testaferro suyo, limita táctica y estratégicamente el movimiento separatista, Tácticamente porque su legitimismo personalista merma y embaraza la libertad de iniciativa de los diferentes movimientos separatistas, con lo que se simplifica la política de contención por parte del estado. Estratégicamente, porque el movimiento que él comanda está obligado en principio a mantener sus acciones dentro de unos parámetros que no puedan ser calificados de violentos, por temor a una condena por la opinión europea, mientras que la CUP, sin veleidad europeísta alguna, cuenta con la cooperación o el directo control de una serie de instrumentos revolucionarios, dispuestos a la acción directa: los llamados comités de defensa de la república, Arran, etc, y que además consideran que para hacer caer el régimen constitucional es esencial tomar el control de las infraestructuras catalanas. El pasado jueves, directivos de la CUP prometieron “construir la república en las calles”.

Por otro lado, las bases sociales de la CUP son distintas de las de los dos partidos históricos del nacionalismo catalán. Mientras las bases de estos últimos luchan por recuperar un poder político que les ayudó a mantener desde la restauración de la Generalidad su hegemonía social y económica en Cataluña, la CUP agrupa a sectores más jóvenes y más radicalizados, que aspiran a crecer en influencia y oportunidades económicas. Uno de sus directivos ha prometido que “la broma” del gobierno recién elegido no durará un año.

Usando una terminología filosófica, tomada de prestado de Schopenhauer, (‘El mundo como voluntad y representación’) resumiríamos el cuadro de la actual escena política de Cataluña diciendo que JxC y sus encarnaciones anteriores, más ERC, realizaron durante largos años la ‘representación’ del mundo catalán, mediante su particular narración de la historia, los desfiles masivos de sus 14-S anuales, la idealización de un pasado supuestamente independiente, todo ello tan sentimental, tan sensitivo…, para añadir que la materialización de esa representación sólo se logrará por la ‘voluntad’ de la CUP, tan enérgicamente manifestada por sus cuatro diputados en los últimos tres días.

Artículos relacionados