Salvo la par­ti­ci­pada por es­paño­las, la banca lusa sigue acu­mu­lando pér­didas

La banca española asume más retos y visibilidad en Portugal

Banco Santander re­nuncia a la marca Totta al tiempo que entra Abanca

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De Totta a Santander.

Del an­tiguo im­perio ban­cario y ase­gu­rador por­tu­gués cons­truido por Antonio Champalimaud no que­dará pronto nin­guna re­fe­ren­cia. La úl­tima que aún tenía al­guna vi­si­bi­li­dad, aunque solo sa­liera en un se­gundo plano, tiene los días con­ta­dos: el an­tiguo Banco Totta & Açores (BTA), cuyos orí­genes re­montan al siglo XIX, de­jará en los pró­ximos meses de uti­lizar la marca lo­cal: aunque no afecte su au­to­nomía y solo sea une cues­tión de ima­gen, Santander Totta será Santander Portugal. Es el sino del grupo cán­tabro en los mer­cados donde opera.

La explicación del Santander es que con este cambio la operación lusa tendrá una imagen más moderna y más adaptada a los mercados y a la era digital, donde la estrategia del grupo pasa por tener una visibilidad global. En la práctica. Santander Portugal seguirá operando como filial, del mismo modo, por ejemplo, que el Santander UK. Pero en el país vecino el cambio suena raro, como una prueba más de la creciente pérdida de la identidad nacional de la gran banca privada, que en mayor o menor grado ya está toda ella controlada por el capital extranjero.

Lo cierto es que nadie esperaba la decisión del Santander, que se desmarca así de la política seguida por otros inversores extranjeros que del mismo modo que el banco español se hicieron con otras “perolas” nacionalizadas durante la “revolución de los claveles” (1974-1975) y que tras su reprivatización, a partir de 1986 (adhesión simultánea de Portugal y de España a la antigua CEE), pasaron a control extranjero, pero sin abdicar de su identidad nacional, aunque solo fuera para salvar las apariencias de cara a la opinión pública.

Privatizaciones varias

Es el caso de TAP Air Portugal, cuya propiedad fue adquirida por el consorcio Atlantic Gateway, con accionistas mayoritarios brasileños y chinos;. También de la red nacional de aeropuertos ANA, que fue adquirida por el grupo francés Vinci. De la eléctrica EdP y de las redes energéticas nacionales (REN), que a través de China Three Gorges y State Grid pasaron a manos del capital público chino, el cual, con la misma política se hizo a través de Fosum con otras empresas lusas, como la mayor aseguradora nacional Fidelidade, y con un 27% del BCP, el mayor banco comercial del país.

Cabe recordar, además, que cuando se abrió la ola de las privatizaciones, lo que hicieron los empresarios portugueses fue invocar la defensa de los sacro-santos “interes nacional” para frenar la entrada del capital extranjero en general, y más aún la perspectiva de una “invasión española”- por el atavismo histórico de que de España solo pueden venir “malos vientos y malos matrimonios”.

Banesto y Conde

En el caso del BTA, la iniciativa partió de Mario Conde, que, en un intento desesperado para consolidar Banesto, entre 1989 y 1993 creó con complicidades lusas un complejo entramado de sociedades pantalla para hacerse con 50% del histórico banco luso.

De hecho, poco antes de ser intervenido por el Banco de España, y ante la hostilidad de las autoridades portuguesas, Banesto ya había tenido que deshacerse del BTA, lo cual volvió a manos de su antiguo propietario, Antonio Champalimaud. Pero solo seis años después, el histórico empresario, dio la campanada negociando con Emilio Botín la venta de 40% de su imperio, a cambio de unos 600 millones de euros y de una participación del 2,4% en el BSCH.

Que malos los vecinos

La reacción oficial fue brutal: “Portugal no es una república bananera”, dijo el primer ministro socialista Antonio Guterres, que anuló o negoció. Pero en un par de meses todo volvió a su sitio: cuando accedió a desprenderse del “imperio Champalimaud”, a favor de la Caixa Geral de Depósitos (CGD), la familia Botín ya tenía garantizado que el banco público portugués solo se quedaría con la seguradora Mundial Confiança y el Banco Pinto Sotto Mayor, abriendo así mano del BTA y del Crédito Predial Portugués (CPP), que volvieron al BSCH.

El CPP perdió inmediatamente su identidad lusa, al contrario del BTA, que mantuvo su marca centenaria, la cual solo pasaría a un segundo plano a partir del 2014, cuando el banco pasó a funcionar como Santander Totta.

Críticas

En todo o caso, aunque la desaparición de la marca centenaria Totta suscite críticas en el sector y pueda caer mal en la opinión pública, Santander no verá ciertamente afectada la buena imagen que tiene en Portugal. De hecho, Santander Totta sigue sin saber lo que es registrar perdidas. Año tras año siempre cosecha los mejores resultados del sector, y, sobre todo, al contrario de la competencia, tanto privada como pública, es el único que no tuvo nunca que acudir a las ayudas públicas para hacer frente a la crisis.

Lo que si hará Santander Portugal, ante la opinión publica, será reforzar la idea de que la banca española opera en el país con la misma libertad que en España, no viendo ya necesidad de mantener más o menos camuflado el hecho que controla en torno a una tercera parte del sector. Y no sería ninguna sorpresa si CaixaBank decidiera adoptar la misma política, poniendo al Banco Portugués de Investimento (BPI), donde se hizo con el control absoluto tras una dura pugna con la empresaria angoleña Isabel dos Santos, la marca eventual de CaixaBank Portugal.

Antes de quitarse de encima la referencia histórica del Totta, el Santander se hizo más fuerte con la adquisición del Banif, y está procediendo a la integración de la red que el Banco Popular tenía en el país. La consolidación de la banca española en el Portugal, pasa igualmente por Bankinter, que se hizo con las oficinas y el negocio de Barclays.

Los gallegos de Abanca

Y hace una semana saltó la noticia de que la corporación bancaria gallega Abanca, que solo operaba con cuatro oficinas en Oporto y en Lisboa, se hará durante el primer semestre de 2019 con el negocio minorista de Deutsch Bank –unas 40 oficinas, con 2.400 y 3.100 millones de créditos y de depósitos, respectivamente.

De hecho, es casi toda la banca privada lusa que ya está en manos del capital extranjero, aunque prácticamente solo el Santander Portugal y el BPI tienen la estabilidad garantizada y el futuro despejado. Todo lo contrario, del Novo Banco (NB), que pese a haber sido criado solo con presuntos activos sanos del fallido Banco Espirito Santo (BES) y que está ahora en manos del fondo americano Lone Star (pagó 1.000 millones por 75% del capital) sigue acumulando pérdidas, a cargo del Fondo de Resolución (FR) que con un 25% no participa en la gestión, pero podrá tener que inyectar en el banco, en los próximos ocho años, hasta 3.900 millones de euros.

En solo dos años, NB acumuló 2.183 millones de pérdidas (788 millones en 2016 y otros 1.395 millones en 2017), atribuidas tanto a la pérdida de beneficios fiscales como al saneamiento de “activos improductivos” heredados del BES y de los cuales Lone Star no se hizo responsable. Y aunque sea sobre la banca que recae la responsabilidad del saneamiento de NB, al final será el Estado el que tenga que pagar la factura, que, según algunas estimaciones, podrá alcanzar los 10.0000 millones de euros, incluyendo los 3.900 millones prestados al FR tras la quiebra del BES, sobre un total de 4.900 millones, y para cuyo pago el sector tendrá un plazo de 30 años.

La estrategia de Lone Star, que solo podrá salir del NB tras una estancia mínima de tres años, es clara: consiste en acelerar al máximo la limpieza del banco, para poder venderlo lo más rápido posible al mejor postor. Y los analistas dan por descontado que los únicos interesados serán entidades españolas, empezando por Santander, que llegó a estudiar una oferta por NB.

El que tampoco tiene garantizada su estabilidad es el BCP, que disputa con el Santander el liderazgo de la banca privada: aun no recuperó completamente todo lo perdido durante la crisis, su acción sigue en mínimos históricos, y sobre todo tiene ahora dos grupos públicos extranjeros como mayores accionistas, el chino Fosum y la petrolera angoleña Sonanagol, respectivamente con un 27% y un 15%, y cuyas ambiciones y estrategias son un enigma.

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