ANÁLISIS

Cuba sin transición ‘chévere’

Cubanos haciendo cola
Cubanos haciendo cola

Aquella re­vo­lu­ción ché­vere que se inició en Cuba el 1 de enero de 1959 al mando del no menos ché­vere Fidel Castro, acom­pañado por su her­mano Raúl, y que en dos años ha­bría de desem­bocar en un ré­gimen so­vié­tico que no ten­dría nada que en­vi­diar al mo­delo de Moscú, abre estos días un nuevo ca­pí­tulo el nom­bra­miento a dedo de un su­ce­sor, Miguel Díaz-Canel, que no lleva el ape­llido fa­moso.

Apartado Fidel hace diez años de los cargos de responsabilidad -y ya fallecido hace uno y medio- y a punto de cumplir su hermano los 87, llega a la dirección política de la isla una generación encabezada por Díaz-Canel nacida en plena revolución. ¡Han estado seis décadas en el poder y todavía hay cándidos fuera de la isla que no quieren ver la naturaleza del régimen! (También hay otros menos ingenuos que viven a costa de la revolución).

Para formarse un juicio imparcial de lo que han sido esos 60 años basta con invertir hora y media en ver el documental, estrenado hace poco, Cuba y el cameraman. Está dirigido por el periodista, cineasta y escritor norteamericano Jon Alpert, que visitó la isla periódicamente desde el inicio de la revolución hasta el fallecimiento de Fidel.

En cada estancia rodaba las opiniones de unas cuantas familias -siempre las mismas- y reflejó cómo evolucionaron con el paso del tiempo. En el film no se habla de política -a veces con un simple gesto se dice todo-, sino de los problemas de la vida diaria. Alpert viajó en el mismo avión que Fidel y grabó su explosivo viaje a la Asamblea general de la ONU en septiembre de 1960. También consiguió que el ya viejo caudillo le recibiera poco antes de su muerte, cuando Alpert hacía mucho tiempo que había perdido la fe en Castro y en sus ideas progresistas e igualitarias.

Porque como queda reflejado en La autobiografía de Fidel Castro, en realidad una biografía escrita por el político y periodista Norberto Fuentes, que estuvo al lado del líder máximo hasta la crisis de los hermanos Ochoa en 1989, desde que era joven sólo tuvo como meta el hacerse con el poder absoluto y nunca suficiente y no soltarlo jamás. Hacer honor a su apellido convirtiendo a Cuba en un castro blindado como así ha sido. Para ello se saltó la lógica de la geopolítica, porque tal vez consideraba que respetar esos postulados no garantizaba la permanencia en la cumbre. En una isla de unos cien mil kilómetros cuadrados con doce millones de habitantes, a 90 millas marinas de Estados Unidos, es condición necesaria al menos no llevarse mal con Washington.

Pero hizo todo lo contrario, se rebeló contra el poderoso vecino y se entregó en cuerpo y alma a la Unión Soviética. Cuba era en 1959 uno de los países punteros de Iberoamérica en economía, educación (apenas había analfabetos) -situación conservada durante la revolución, solo que en las librerías no se podía comprar nada interesante- y con un excelente sistema sanitario. (Véase el documental de Alpert para comprobar en que paró aquella bonanza médica).

La propaganda castrista hizo hincapié en que la isla había sido el burdel de Estados Unidos; hasta que las jineteras hicieron su aparición en las calles cubanas, buscando los necesarios ingresos para sobrevivir.

El segundo postulado geopolítico de Cuba sí lo respetó Castro: mantener buenas relaciones con la exmetrópoli colonial, es decir, España. La Habana recibió ayuda del régimen de Franco, que nunca rompió relaciones, sino todo lo contrario. Incluso a la muerte del dictador español, decretó en la isla tres días de luto.

La longevidad del régimen se basó en la utilización de ese nacionalismo extremo por Castro, su innegable personalidad y simpatía, que ha fascinado a las masas, más un sistema de propaganda arrolladora, y también, claro está, el establecimiento de un régimen político totalitario, que con un importante aparato de seguridad e información controla la vida de los cubanos hasta en sus más mínimos detalles.

Se ha especulado con la posibilidad de que en la isla se produjera una transición política hacia un régimen más democrático y económicamente eficaz, poniéndose como ejemplo el caso de la España de hace 40 años. La realidad es que la nueva clase dirigente cubana no ha dado ningún indicio de un proceso parecido. Para empezar, Raúl aún conservará la jefatura del partido y (de una u otra forma) el control del ejército y las fuerzas de seguridad. Dos hijos suyos -Mariela y Alejandro- tienen altos cargos en el partido y el Estado.

En ese panorama no se aprecia una figura similar a la del rey Juan Carlos I, que fue el impulsor de la transición, ayudado por jóvenes ayudantes -civiles y militares- y el apoyo discreto de las potencias occidentales. Tampoco parece que Cuba pueda justificar su sistema de corte comunista por el desarrollo económico, como ha sido el caso de China.

El pueblo cubano anhela convertirse en un país democrático en el que funcione las leyes del mercado y el mercado de la compra, libertad para abrir empresas, que haya acceso libre a internet, que se pueda viajar libremente… Sin embargo, todo apunta a que el futuro no será muy chévere por muy buenos deseos que expongan los nuevos dirigentes de la revolución.

Artículos relacionados