OPINIÓN

Ya no se ponen picas en Flandes

Campaña electoral en Holanda
Campaña electoral en Holanda

Ahora que Flandes está tan de ac­tua­lidad gra­cias al fu­gado ex­pre­si­dente de la Generalitat, cabe pre­gun­tarse por qué allí han con­ser­vado tantos pre­jui­cios his­tó­ricos contra los es­paño­les. ¿Qué fue an­tes, la in­so­lencia y agre­si­vidad de los ha­bi­tantes de esa parte norte de Bélgica lo que se llama ‘ponerse fla­men­cos’ o la le­gen­daria furia es­pañola de los ter­cios del siglo XVII?

Los ciudadanos de Flandes eran desde siempre particularmente celosos de su libertad y no dudaron nunca en ponerse flamencos contra los que les ponían trabas y atentaban contra su libertad. Los tercios querían defender esos territorios católicos, que pertenecían a los Austria españoles, de los ataques protestantes holandeses. Lo que era una protección se convirtió en un estorbo para los flamencos por lo que los tercios respondieron a su vez con la furia española, aunque una parte importante de las tropas procedían de allí.

Parece que los soldados hispanos apodaron de flamencos -vocablo derivado de llama o flama- a los naturales de Flandes porque tenían los carrillos colorados como manzanas y les recordaban a las aves zancudas del mismo nombre.

Actualmente, en Bélgica el sentimiento antiespañol mora sobre todo entre los nacionalistas flamencos, no mayoritarios, pero sí muy influyentes, gracias a sus escaños que son el fiel de la sensible balanza de la política de ese país. Y en la identificación con ese magma de prejuicios seculares, agrandado por la leyenda negra, consiste el medio en el que el prófugo expresident se mueve como pez en el agua para justificar su posición. Esa extrema derecha parece extraída de los protagonistas del filme de 1935 La kermesse heroica. (Kermés en español o fiesta popular). La acción tiene lugar en 1616 y cuenta en tono de farsa cómo a los hombres de una ficticia ciudad de Flandes les entra el pánico al saber de la llegada inminente de los tercios que van a pernoctar en la población.

Por la cabeza de los varones pasan todos los prejuicios que mantienen sobre los visitantes; el valor del que hacían gala desaparece, acudiendo a las ocurrencias más disparatadas para capear el temporal que temen. Son las esposas las que resuelven la situación y, a la postre, los soldados resultan ser unos caballeros educados y complacientes, en tanto que los peor parados son los flamencos. El director Jacques Feyder utiliza con inteligencia la ironía para burlarse de las dos partes.

De esa pasta poco heroica y rutinaria parecen provenir los nacionalistas que amparan en Bruselas al ex presidente de la Generalitat. Y actúan en el asunto de la orden europea de detención y entrega de Puigdemont como el posadero de la película que se congratula con su mujer de lo rentable que ha resultado la estancia de los soldados. Ella le comenta: “Creo que somos injustos con los españoles”. A lo que él responde: “¿Qué quieres? Es la política.

Por lo demás, la palabra flamenco pasó de Flandes a Andalucía en el siglo XIX para bautizar el cante que se ha convertido en una de nuestras señas de identidad; mientras que la furia caracteriza a la Selección de fútbol desde los Juegos Olímpicos de 1920 en Amberes. Fue en esa ciudad en donde se puso la pica más duradera: el ayuntamiento ha lucido en su fachada el escudo de Castilla y León durante más de cuatro siglos.

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