ANÁLISIS

La amenaza militar rusa y su estudiada intervención en la política de EEUU

Los ser­vi­cios de in­for­ma­ción rusos están ha­ciendo un gran ser­vicio a Putin

Vladimir Putin.
Vladimir Putin.

La re­vista Foreign Policy pu­bli­caba, el pa­saso oc­tu­bre, un ar­tículo bajo un ti­tulo desafiante: “What a new US civil war might look li­ke”. El es­ce­nario es tre­pi­dante. Naturalmente no habrá ejér­citos ni ma­te­rial bé­lico que dis­puten la ocu­pa­ción del te­rri­to­rio. Sencillamente co­lec­tivos per­tre­chados de mó­viles o otros ins­tru­mentos tec­no­ló­gicos do­tados de una gran ca­pa­cidad de con­vo­ca­to­ria; per­sonas po­lí­ti­ca­mente de­sen­can­tadas o des­fa­vo­re­cidos y, por su­puesto, ma­chos blancos con la in­ten­ción de con­ver­tirse en ver­da­deros ma­chos al­fas.

Conseguida la ruptura territorial, o la separación campo ciudad, los nuevos núcleos de poder no tendrían ningún escrúpulo en adoptar formas autoritarias para mantener la nueva identidad surgida y, naturalmente, para conservar la jerarquía.

No faltarán en esos enfrentamientos aliados externos que fabriquen eficaces mensajes que estimulen al bando insurrecto o a los agentes provocadores. En definitiva, de lo que se trata es de debilitar al Estado, preferentemente un Estado democrático y de economía de mercado. Los servicios de información rusos están haciendo un gran servicio a Putin en su cruzada por debilitar entidades nacionales que pueden ser un atractivo para sus súbditos.

Las sanciones impuestas a Rusia por la intervención en Ucrania han contribuido, junto con la bajada del precio del petróleo, a cuartear su solidez política. Descalificar a Hillary Clinton significaba rebajar las sanciones y si Trump conseguía la presidencia encontrar un arreglo mucho más llevadero. Todo una manera de debilitar a los Estados Unidos y azuzar esa “guerra civil” que señala Foreign Policy.

Afortunadamente, las democracias de economía de mercado disponen de un sistema institucional complejo y resistente como también sucede con el tejido económico. En vísperas de las elecciones italianas, un importante industrial turinense, satisfecho de la marcha de su empresa y de la economía en general, confirmaba “su esperanza en que las políticas sigan sin perjudicar demasiado la marcha de los negocios".

Y, no obstante, sigue el ruido de tambores lejanos. Una gran parte de la ciudadanía estadounidense no ha conseguido un aumento en su salario real desde 1990 e incluso en algunos sectores desde 1970. Se ha evitado la crisis pero los bancos centrales no han conseguido contrarrestar la Gran Recesión con políticas de estímulo y de distribución de la riqueza. No era esta su misión si no que correspondía a los políticos adoptar decisiones comprometidas que podían poner en peligro su hegemonía.

No se han producido reformas inteligentes en el sistema educativo de cara al presente y futuro tecnológico; ni en EEUU ni en Alemania, por ejemplo se ha hecho un esfuerzo por mejorar y modernizar las infraestructuras ni tampoco se ha replanteado una discusión trasparente y de calado sobre los sistemas fiscales.

Cuando en Corea del Sur, a pesar de sus avances productivos, el gobierno ha elevado el salario mínimo, las grandes comparaciones y las Pymes han puesto el grito en el cielo con la amenaza de que el paro está a la vuelta de la esquina.

Entre las maquinaciones de las agencias rusas, la estrambótica reforma fiscal del presidente Trump y su retirada del panorama internacional no tiene nada de extraño que el ruido de los tambores este anticipando guerras de secesión entre colectivos de ciudadanos de un mismo estado. Aquí, sin ir más lejos, lo estamos viendo en Cataluña.

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