Monitor Político

Cataluña: un réquien alemán

El pro­ceso in­de­pen­den­tista ca­talán ha en­trado en vía muerta en la RFA

Cataluña y Europa
Cataluña y Europa

La de­ten­ción en Alemania del fu­gado ex pre­si­dente de la Generalitat, Carles Puigdemont, tan an­he­lada por las fuerzas cons­ti­tu­cio­na­lis­tas, ha desatado entre los in­de­pen­den­tistas una serie de de­cla­ra­ciones que ponen de ma­ni­fiesto que el pro­ceso de se­pa­ra­ción ha en­trado en vía muerta. Las ma­ni­fes­ta­cio­nes, que con­llevan un punto de his­teria y mucho de de­rrota, van desde la re­vi­ta­li­za­ción de la can­di­da­tura del ahora preso Puigdemont -que sos­tiene Artadi- hasta la opi­nión del pre­si­dente del Parlamento au­to­nó­mico -el siempre ma­len­ca­rado Torrent- de que un juez no tiene po­testad sobre el ex pre­si­dente. No puede haber un pen­sa­miento más an­ti­de­mo­crá­tico que éste.

Antes de la detención, Inés Arrimadas había tenido el acierto de afirmar que los rebeldes independentistas catalanes creían que sólo tenían como enemigo al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, al que iban a doblegar fácilmente, pero se han topado con la solidez de un Estado al que no creían capaz de reaccionar. Es cierto, pero el político gallego ha sabido imponer su hoja de ruta para responder al órdago de los rebeldes, que ahora afrontan graves penas de cárcel.

Van a continuar las maniobras arteras de los independentistas que han recogido el testigo, incapaces de reconocer su derrumbamiento. Parece increíble que un grupo de personas no excesivamente numeroso hayan puesto en riesgo la convivencia en Cataluña y España. La ley electoral les ha dado sobre representación en el parlamento autonómico, que no se corresponde con las aspiraciones de la mayoría de los ciudadanos.

¿Cómo podían vivir tan alejados de la realidad al pensar que el Estado español iba a fracturarse y caer en pedazos con una sibilina declaración de independencia a la que -pensaban- iba a sumarse una gran parte de la población? Aunque no tanto como para que Jordi Turull no hubiera efectuado un alzamiento de bienes en favor de su mujer por lo que pudiera suceder…

El anuncio de los procesamientos ha coincidido con la mejora en la nota de de España por parte de la agencia de calificación de riesgo S&P. Un certificado internacional que no cabe pasar por alto y que continúa desmintiendo los argumentos de los que quieren finiquitar el régimen político de la transición porque -según dicen- éste ya se ha agotado.

Si bien muy pocos se lo van a reconocer, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se ha salido con la suya al optar por una réplica calmada, sin aspavientos, aguardando a tomar decisiones en el momento oportuno y preciso para desactivar los acontecimientos protagonizados por los rebeldes. El ejemplo por excelencia es el del artículo 155 de la Constitución. El pasado verano, la mayor parte de los partidos constitucionalistas se hacían cruces ante la posibilidad de ponerlo en vigor. Cuando el Presidente recurrió a esa medida no ocurrió nada y la situación se fue enderezando desde entonces.

La oposición se ha equivocado al menospreciar la figura de Rajoy y no ha querido valorar en su justa medida sus activos, que han hecho honor a las cualidades que la tradición ha conferido a las personas procedentes de esa región. Incluso le han creado un perfil falso de vago y flojo, de no hacer nada mientras se fuma un puro y lee un diario deportivo.

Cada cual se engaña como quiere para no ver la realidad, pero esta descripción no se compadece con un historial de más de 30 años en la política, llenos de aciertos y errores, sobresaltos y dificultades ante los que un perezoso habría salido corriendo frente al primer obstáculo.

En las elecciones autonómicas gallegas de 1985 creo recordar que Rajoy figuraba en el último lugar de la candidatura de Alianza Popular por Pontevedra, partido que lideraba Manuel Fraga. Se rumoreaba que ambos habían tenido en ese momento un encontronazo político.

En un mitin en esa ciudad, ni corto ni perezoso y con toda seriedad, Rajoy manifestó a los presentes: “Tengo el gran honor de presentarme a las elecciones en el último lugar de la candidatura, cosa que agradezco a mi partido y a su líder”. Ni un rastro de ironía ni burla en sus palabras. Y continuó a lo suyo con su discurso. Todos pensamos que estábamos ante un joven excéntrico y un poco ido, que tendría poco recorrido en la política. Pero la realidad le confirió el “gran honor” de tener una extensa carrera como el que no quiere la cosa.

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