ANÁLISIS

La errática conducta de Putin

El re­no­vado líder ruso es­conde las de­bi­li­dades in­ternas con un dis­curso ex­te­rior agre­sivo

Vladimir Putin
Vladimir Putin

El líder ruso, Vladimir Putin, pasa ya de los 65 años y se dis­pone a co­menzar un cuarto tér­mino pre­si­den­cial con el prin­cipal ob­je­tivo de que Rusia siga apa­re­ciendo en el mapa de las grandes po­ten­cias. Atrás han que­dado los días de la guerra fría en la que sólo había dos pro­ta­go­nis­tas: Estados Unidos y la Unión Soviética. Pero desde que el sis­tema co­mu­nista se ex­tin­guió en 1989, han apa­re­cido otras po­ten­cias que han su­pe­rado a Rusia como son China, la Unión Europea y Japón.

E incluso Corea del Norte, un país pequeño y en el umbral de la miseria, lleva algunos años saliendo en los titulares de primera página, ‘amenazando’ la seguridad del territorio estadounidense. Por eso Putin ha anunciado hace unos días que Rusia cuenta con un cohete nuclear hipersónico capaz de ‘atravesar’ el escudo norteamericano antimisiles de avanzadísima tecnología. Una baladronada del Kremlin, muy eficaz para consumo interior en campañas electorales.

No es sólo un asunto de orgullo nacional y poder personal de Putin, (por cierto, bastante herido desde que en 2014 el entonces presidente Barack Obama pusiera en el mismo nivel como amenazas globales a Rusia y al virus del ébola o también con los llamados ‘papeles de Panamá’, que revelaron su gran fortuna privada). Está en juego además la existencia del país en su actual configuración, la continuidad de su régimen y su propia supervivencia como se deduce de un repaso de las necesidades geopolíticas y puntos débiles de Rusia a lo largo de la historia.

Rusia es el país más extenso del mundo con algo más de 17 millones de kilómetros cuadrados, en donde viven nada menos que 145 millones de habitantes, población en la que la etnia y la cultura rusa son cada vez más minoritarias ante el mayor número de ciudadanos de otros pueblos de costumbres y religiones diversas.

Esta geografía imposible hace que el transporte de alimentos y artículos comerciales sean costosísimos; tampoco ayuda el que el territorio apenas cuente con puertos marítimos útiles, debido a que la mayor parte del año sus aguas marinas están congeladas. La fuente de ingresos más segura es el gas natural.

Estas características geopolíticas han provocado que para gobernar Rusia se han necesitado siempre unas numerosas fuerzas armadas, un aparato de seguridad implacable y una red de inteligencia poderosa para controlar todo lo que pasa. En este panorama, la corrupción -un complemento del control- ha aparecido como algo inherente a los sucesivos sistemas políticos. En los últimos tiempos -según afirma el experto en estos temas Noah Buckley- se ha diluido la distinción entre lo público y lo privado, entre los servicios de seguridad y los grupos criminales que actúan con impunidad.

Nada de esto favorece la existencia de un régimen auténticamente democrático. La supervivencia del gobernante de turno en Moscú pende de un débil hilo. Por la mente de Putin pasan las revoluciones democráticas recientes en Georgia, Ucrania y Kirguistán que derribaron por la fuerza a los gobernantes, y teme que el siguiente sea él. Por no decir lo ocurrido en Egipto y Libia. (El final trágico de Gaddafi le provocó un gran trauma).

Ante este panorama, algunos analistas opinan que el líder ruso ha optado por ocultar las debilidades y carencias de su país adoptando acciones osadas y desconcertantes. Por ejemplo, los ataques cibernéticos antes de las elecciones norteamericanas, las injerencias en la política interna de los países europeos, en las que el apoyo a los independentistas catalanes no ha sido la menor. La mejor defensa es el ataque.

Los votantes del presidente han ido a las urnas no con la esperanza de alcanzar un futuro mejor, sino por el miedo a lo que pueda ocurrir el día de mañana, ha comentado Abbas Gallyamov, que escribió discursos para Putin. Aunque por el momento le ha apoyado, la gente comienza a preguntarse: ¿Y después de Putin, qué?

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