OPINIÓN

Las muchas enseñanzas actuales de Garci y su Asignatura pendiente

José Luis Garci, Asignatura pendiente.
José Luis Garci.

No cabe la menor duda que el abo­gado pro­gre­sista que en­carna José Sacristán en el film Asignatura pen­diente, cuya ac­ción se desa­rrolla en 1975 y 1976, hu­biera es­tado muy a favor de la ma­ni­fes­ta­ción del pa­sado día 8. Pero lo que hu­biera en­ten­dido en­tonces por igualdad de sexos el le­trado Jose -así se lla­maba el per­so­naje- o el propio actor y aún el di­rector de la pe­lí­cula, José Luis Garci, es­taría a años luz de las de­mandas que ahora se piden en la ca­lle.

Esta reflexión viene a colación a que cada vez que se produce una gran catarsis social se crea un ambiente emocional como si hasta ese día nadie se hubiera ocupado como ellos de la igualdad de sexos. Nada más lejos de la realidad y en los 40 años que han pasado desde la transición los logros alcanzados han sido evidentes, aunque no se haya llegado a la equiparación total.

Cabe recordar cómo el abogado José y su ayudante Paco, que trabajaban con denuedo en pro de la llegada de la democracia, tenían comportamientos normales en la época, pero que ahora hubieran horrorizado a los manifestantes del jueves.

En sus tratos personales no tienen empacho en comentar sobre qué forma deben tener las tetas que más les gustan; ven como cosa normal el que las mujeres les sirvan siempre el desayuno o el café en la oficina, se dirigen por dos veces a la camarera en un club de alterne llamándola “chata”, menosprecian a los ‘maricas’... En el ámbito del sexo la liberación ha sido enorme. Como muestra queda la escena en que Jóse y su primera novia, ambos casados con terceras personas, dudan en meterse en la cama tras su reencuentro y se confiesan que no tienen mucha experiencia extramatrimonial.

Es obvio que también el paso del tiempo hacia un mundo mejor queda patente en la película por lo desfasados que se han quedado aquellos trajes de los años setenta, los peinados, los coches, el paisaje urbano, lo mucho que se fuma en los bares y las casas, la absoluta ausencia de tecnología o conducir ebrio. Y ese mirarse reflejado en el espejo distante también sirve para reafirmarse en el régimen democrático que comenzó a andar hace cuatro décadas y sigue y seguirá sirviendo para resolver los conflictos que se dan en una sociedad moderna.

Merece respeto el homenaje que Garci rinde en el film a la figura del sindicalista, preso durante muchos años, Marcelino Camacho, que fue uno de los pocos líderes comunistas que realmente lucharon en la clandestinidad para poner fin a la dictadura. La mayor parte estaba en el exilio dorado de París o en las confortables dachas de Moscú.

Porque antes de que la democracia fuera una realidad, todavía había presos políticos por las ideas que defendían, cosa que ahora no sucede por mucho que los independentistas hablen de presos políticos cuando evidentemente son políticos en prisión por haber conculcado la Constitución de forma palmaria, aunque legalmente se deba decir de manera “presunta”.

¿Cómo hubiera evolucionado una persona como Jose en estos 40 años, un hombre que ya entonces se preguntaba en una escena si las creencias que mantenía eran ciertas de verdad o se lo habían “hecho creer?”. Muy probablemente hubiera seguido el camino de Garci -y de otros muchos más- hacia posiciones más razonables y comprensivas con la naturaleza humana. Y estos es otra prueba de que la sociedad va madurando. Lentamente, pero madurando.

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