OPINIÓN

La forja de los ‘blasillos’

A muy pocos mor­tales se les con­cede el be­ne­ficio de marcar una época en el ima­gi­nario co­lec­tivo de un país de­jando una huella amable y po­si­tiva, y sin ori­ginar apenas opi­niones en con­tra. Este ha sido el caso du­rante más de 50 años de Antonio Fraguas, Forges, re­cien­te­mente fa­lle­cido (1942-2018), con sus ca­ri­ca­turas e his­to­rie­tas.

Había forjado sus sueños en el seno de una familia de la clase media que se había originado en la posguerra y cuyos retoños, andando el tiempo, llevarían a cabo la transición política hacia la democracia, ‘matando al padre’. Tenía un don de la comicidad innato que le hizo popular entre sus compañeros de estudios contando chistes de viva voz en los descansos entre clases o en el recorrido que hacía todos los días cuatro veces entre su casa y el colegio con los alumnos que se iban sumando a lo largo del trayecto. (Por aquella época lo normal era que comieran en casa).

Los libros de texto, junto con los tediosos y extensos apuntes de Ciencias Naturales que había que tomar por escrito a toda velocidad, se le atragantaron y pronto abandonó los estudios para trabajar como técnico en la naciente televisión española. Allí comenzó a ser Forges.

Su éxito universal se basó en tres pilares: la innovación y sencillez en los trazos de sus figuras, la creación de personajes arquetípicos con los que se sentía identificado todo el mundo y el aprovechamiento de las noticias de actualidad a las que aplicaba la filosofía de los buenos deseos y la simplicidad popular. Aspiración tan enraizada entre los españoles a lo largo de la historia, que incluso la Constitución de Cádiz la materializó en su artículo sexto al proclamar como obligación que todos los españoles serían “justos y benéficos”.

Si todo humorista gráfico procura dibujar unos monos con personalidad propia, los de Forges eran todavía más inconfundibles. Los primeros en calar entre la gente fueron los blasillos, dos hombres peripatéticos que filosofaban por una llanura, lamentándose de la situación mediante circunloquios, es decir, sin aludir a los problemas en términos concretos; no eran muy jóvenes tampoco maduros, calvos y calzados con los zapatos, entonces de moda, entre los progresistas con una suela dentada. (No se había acuñado aún el concepto despectivo de ‘progre’).

Para crear a estos singulares personajes, se basó en el físico de uno de sus familiares. Tenía un gran oído y una buena intuición para captar los dichos populares y expresar lo que la gente quería sentir. Eran los últimos años de la dictadura y la gente captaba al vuelo el mensaje democrático que transpiraban los dibujos. Luego el humorista fue adaptándose a los cambios de la sociedad con la creación de otros personajes que reflejaban las nuevas aspiraciones.

Nunca hizo gala en sus chistes e historietas de mal gusto ni tuvo problemas con nadie ni hirió las creencias sinceras o la honorabilidad de alguien de manera impune. Por todo ello, Forges había pasado a ser, hace tiempo, un símbolo común en el fragmentado panorama español.

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