OPINIÓN

Cataluña, antes que sea demasiado tarde

Manifestaciones en  Cataluña
Manifestaciones en Cataluña

Cataluña co­quetea con el caos. La es­tra­tegia de la ten­sión por la que ha op­tado el pre­si­dente Torra con una es­ca­lada verbal -la vía es­lo­vena- y su de­fensa de la ac­tua­ción de los CDR -versión ca­ta­lana de la Kale bo­rroka con esa de­no­mi­na­ción de origen cu­bana- con­duce inevi­ta­ble­mente a una crisis de con­se­cuen­cias im­pre­vi­si­bles. Si nadie lo im­pide, el con­flicto po­lí­tico se con­ver­tirá, antes que des­pués, en un pro­blema de orden pú­blico y la vio­lencia la­tente -ese odio entre ciu­da­danos con dis­tintas ideas po­lí­ti­cas- en algo mucho más grave.

La de idea de que, cuanto peor mejor, ha sido esgrimida tradicionalmente por fuerzas políticas marginales y por todos los grupúsculos terroristas que han existido en España. El plan es que la represión, a poder ser indiscriminada, incrementa las filas de los rebeldes. Una táctica muy antigua que desprecia el coste brutal que suele tener para la sociedad en la que se practica.

Pedro Sánchez se enfrenta a un desafío triple. El primero, hacer cumplir la ley, la Constitución, que prometió al asumir el cargo; segundo, enfrentarse a sus socios de Gobierno, aquellos que le votaron para que negociara "un referendum y una amnistía", en palabras de uno de sus aliados parlamentarios de la coalición Frankenstein.

Y tercero, su propio partido, que no es ajeno a la irritación que los desplantes del nacionalismo catalán genera en su electorado. Tras las vacaciones de Navidad, comienza una larga campaña electoral -europeas, autonómicas y municipales-, en las que el PSOE se juega su futuro. Sánchez ha pedido lealtad al Partido Popular y Ciudadanos con su Gobierno ante la crisis catalana con la autoridad que le da haber llegado al Gobierno de la mano de las fuerzas secesionistas que ahora pretende frenar.

Pero la situación en Cataluña va más allá de las maniobras político/electorales. Lo que está en juego es la estabilidad del sistema político que nació hace 40 años y, más en concreto, la realidad cotidiana de la sociedad catalana, que corre el riesgo de convertirse en un campo de operaciones cuyas principales víctimas suelen ser los ciudadanos.

Cuesta creer que no existan sectores nacionalistas en la sociedad catalana, con autoridad ante las fuerzas radicales, capaces de poner freno a una deriva que no conduce más que a enconar el conflicto. Lo peor que puede pasar es que aquellos que creen que perdiendo triunfan, mantengan la hegemonía del movimiento. Los que sueñan, precisamente, que una represión indiscriminada incremente las filas de la rebelión juegan con fuego.

El precio lo pagarán los ciudadanos, no sólo los que viven y trabajan en Cataluña, sino los viven en el resto de España. Si el catalanismo ha muerto y la autonomía no es viable, iremos al caos.

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