ANÁLISIS

El reformismo de Belisario Betancur echaba raíces cuando el Cura Torres marchaba a la revolución

Colombia
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Entre 1965 y 1966 pasé nueve meses en Colombia, ejer­ciendo como “freelance” para el se­ma­nario SP, fun­dado en Madrid por Rodrigo Royo, un pe­rio­dista con mu­chos con­tactos en aquel país. Entrevisté a un gran nú­mero de per­so­na­li­dades po­lí­ticas y cul­tu­ra­les. Una de esas fi­gu­ras, Belisario Betancur, la re­me­moro en este ar­tículo para poner de re­lieve el in­menso salto ade­lante que desde en­tonces ese país her­mano ha dado en tér­minos so­ciales y po­lí­ti­cos. Y deseo además con­tras­tarla con otra ex­pe­riencia que tuve un mes antes (junio de 1965), en la en­tre­vista a una per­so­na­lidad si­tuada en un polo po­lí­ti­co-­so­cial com­ple­ta­mente opuesto.

Cuando le entrevisté, Belisario Betancur ya había sido ministro de Trabajo de un gobierno conservador. Betancur era de origen social modesto y tuvo una brillante carrera universitaria y profesional, adquiriendo entretanto una cultura humanista con fuertes raíces cristianas.

Al sacerdote Camilo Torres lo entrevisté cuando estaba a punto de pasar desde la Teología de la Liberación al activismo armado, uniéndose al recién creado Ejército de Liberación Nacional. La notoriedad mundial de su figura fue efímera. En enero de 1966 perdió la vida en un choque armado. Camilo Torres provenía de una de las familias acomodadas que durante decenios eran beneficiarias de un status quo social resistente a las reformas.

Pero Betancur era tan crítico como Torres de la clase dirigente tradicional: “la raíz fundamental de la violencia es el irracionalismo de esos dirigentes, que en las épocas preelectorales y postelectorales alentaban a las clases populares a expresiones igualmente irracionales”, me dijo Betancur.

Mientras Torres abandonaba la Iglesia para tomar las armas, Betancur atribuía las decisiones que tomaba en su ministerio del Trabajo a su formación académica en la universidad católica. Ante un ilegal ‘lock out’ empresarial en una fábrica bogotana, tomó partido por su reapertura legal, en base a un derecho primario de los trabajadores (al de su propia supervivencia), que debía prevalecer sobre un derecho secundario de la propiedad. Reabrió la empresa, y la administró personalmente hasta que ambas partes negociaron.

En contra de lo ocurrido en otros casos, esta vez el ministro contó con el respaldo del ejército, al que los patronos trataban de llamar contra los trabajadores. “Convencí al presidente. Pero sobre todo, hice entender a los trabajadores que no necesitaban el comunismo ni el marxismo”. Betancur dio una batalla política y de opinión contra las patronales, y se armó de un argumentario político legal que fue apoyado por la universidad Javeriana y el episcopado.

El Concilio Vaticano Segundo hacía poco tiempo que había concluido, y sus mensajes fueron inmediatamente reinterpretados por toda clase de movimientos políticos y sociales, desde la cristianodemocracia al castrismo cubano y el comunismo español. Un mismo mensaje redentor había tenido dos respuestas: la expeditiva, pensando que las armas acelerarían los procesos sociales; y la paciente, de reformar las mentalidades.

Betancur estaba seguro de haber contribuido al cambio de mentalidades y actitudes. Lo hizo invitando a los partidos a hacer transacciones entre ellos, con el fin de desarmar su irracional antagonismo histórico (guerras civiles entre conservadores y liberales), lo que trasladó la confrontación social a motivaciones objetivas, como las económicas: la tenencia de la tierra, la distribución desigual de la riqueza nacional, empleos y salarios, etc. Esta mentalidad hizo que aparecieran tendencias políticas nuevas. Y hasta pacificó el antagonismo entre el catolicismo y el protestantismo, que se habían infligido violencias sectarias.

Camilo Torres no creía en el pacto, en la mediación, en el acuerdo ‘burgués’. Preguntado por mí si el camino revolucionario no le llevaría a tomar la misma senda que el comunismo, contestó:

“Yo creo que sí, al menos en planes de acción concreta. Porque no podremos hacer la revolución si tratamos de excluir a algunas de esas fuerzas. La única forma de hacerla es la unión de las clases populares”.

Preguntado si no se corría el riesgo de que el movimiento de liberación fuera copado por los comunistas, contestó: “Vale la pena correr el riesgo porque lo esencial del cristianismo está en la eficacia del amor al prójimo”.

La pujanza económica de la Colombia de hoy día, su vibrante vida política y cultural, surgen del espíritu abrazado y alentado por Betancur. La muerte de Torres por sus ideas fue sólo el heraldo de nuevas sangrías inútiles.

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