Un de­porte en­vuelto en el mis­te­rio, la ad­mi­ra­ción y el di­nero

Duelo de cerebros por un puñado de millones de dólares

El no­ruego Carlsen y el es­ta­dou­ni­dense Caruana disputan el cetro del aje­drez mun­dial en Londres

Tablas (Ajedrez)
Tablas (Ajedrez)

El aje­drez. Juego mí­tico por ex­ce­len­cia. Deporte en­vuelto en un halo de mis­terio hip­nó­tico. Nadie se ha atre­vido jamás a des­ca­li­ficar un de­porte sólo apto para mentes pri­vi­le­gia­das. Desde este 9 de no­viembre y hasta el 28, el no­ruego Magnus Carlsen de­fen­derá su tí­tulo de cam­peón del mundo frente al es­ta­dou­ni­dense Fabiano Caruana. Durante tres se­ma­nas, el aje­drez vol­verá a pro­ta­go­nizar de­bates en ca­fe­te­rías du­rante el desa­yuno, dis­cu­siones en res­tau­rantes de co­pete y, por qué no, pe­leas en tu­gu­rios de mala muerte.

El ajedrez ejerce un magnetismo indescriptible. Una actividad para la que no existen clases sociales. Un deporte influido por la política y la erótica del dinero. Carlsen y Caruana disputan el título mundial con una bolsa de premios de nada menos que un millón de euros. En los últimos cien años, este deporte se ha convertido en contienda política en la que disidentes de la Unión Soviética han decidido adoptar otra nacionalidad, como fue el caso de Viktor Korchnoi, que se hizo suizo, o el del único campeón que falleció en posesión de esta corona, Alexander Alekhine, que decidió hacerse francés.

En otras ocasiones, el deporte de las 64 casillas ha servido de terreno abonado el traslado al tablero de la mismísima Guerra Fría. Cuando Robert Fischer rompió una racha de decenios de campeones soviéticos. O la particular rivalidad entre Gary Kasparov con Anatoly Karpov, que se sustanció con un cisma en la cumbre del ajedrez, con el mundial oficial de la Federación Internacional y el campeonato paralelo que organizó Kasparov.

Un espectáculo de millones

Le llamaron “el orgullo y la tristeza del ajedrez”. Fue considerado el primer campeón del mundo de este deporte (aunque el título no existía aún), pero muy joven todavía se retiró de los tableros. Paul Morphy, el primer gran campeón estadounidense de mediados del siglo XIX viajó a Europa para medirse con los mejores jugadores del viejo continente, a los que ganó con facilidad. Fue reconocido como el mejor jugador de todos los tiempos, aunque Howard Staunton no quiso disputar un encuentro con él.

Como entonces no existía el campeonato del mundo, no hay cifras relacionadas con Paul Morphy, pero se sabe que cuando venció en el campeonato de Estados Unidos su premio fueron 300 dólares, que equivaldrían ahora a sólo 9.000 dólares. En su paseo por Europa dejó admirada a la comunidad ajedrecista al conceder ocho simultáneas a ciegas contra maestros en el Café de la Régence de París.

El cubano José Raúl Capablanca se convirtió en campeón del mundo en 1921 al derrotar al alemán Emmanuel Lasker en un encuentro disputado en Buenos Aíres. El match tuvo que sortear muchas dificultades en la difícil época de la recién finalizada Primera Gran Guerra. La bolsa de este encuentro ascendió nada menos que a 20.000 dólares, unos 300.000 dólares de hoy. La alegría no le duró mucho a Capablanca, porque en 1927 se enfrentó a Alexander Alekhine y perdió el encuentro. Alekhine jamás le concedió la oportunidad de disputar una revancha al cubano Capablanca. En numerosas ocasiones aludió a la insuficiencia en los premios acordados. Entonces existía una norma por la que el campeón del mundo no tenía la obligación de defender el título en un match por menos de 10.000 dólares.

La guerra fría en el tablero

La candidatura del estadounidense Bobby Fischer al título mundial constituyó el traslado de la Guerra Fría al tablero de juego. El soviético Boris Spassky se convirtió en la víctima de un encuentro que supuso una gran derrota del bloque soviético, que perdió el cetro mundial del ajedrez después de cincuenta años de dominio absoluto.

Es muy probable que Fischer haya sido el mayor genio del ajedrez de todos los tiempos. Pero también el más excéntrico de los campeones del mundo. No toleraba el ruido de las cámaras de televisión, ni el reflejo de la luz sobre el tablero, ni lo cerca que estaba el público. Llegó a perder la segunda partida del match porque pidió una serie de cambios a la organización, no se le concedieron y como protesta, no se presentó a jugar. El genio falleció en Reikiavik en la más absoluta de las miserias.

Una indigencia que no se entiende dada la dotación de este evento. Ambos contendientes se iban a repartir 125.000 dólares, pero Fischer dijo que sólo jugaría por el doble esa cifra. Un mecenas llamado Slatter puso 50.000 libras esterlinas y el match pudo disputarse para gloria del ajedrez. La bolsa de este encuentro fue de 250.000 dólares, que supondrían aproximadamente un millón y medio de dólares actuales.

¿Creen que este grandísimo duelo constituye el final de la historia de los grandes enfrentamientos y del dineral puesto sobre la mesa para que los cerebros aceptaran enfrentarse días y días sin descanso? No. Aún queda un duelo a muerte. El de Karpov y Kaspárov.

Fischer no quiso defender el título en 1975 y un joven soviético, Anatoly Karpov, se hizo con el cetro de campeón del mundo sin mover una pieza. A partir de ahí, vinieron los enfrentamientos con Viktor Korchnoi, apodado “el campeón sin corona”. El primero de estos fue de todo, menos un enfrentamiento ajedrecístico. Karpov contaba hasta con un parasicólogo que Korchnoi estaba convencido de que influía en su mente.

Tras Korchnoi, llegaría el récord de dinero que se ha manejado jamás en un duelo por el campeonato del mundo. Apareció en escena Kasparov y durante cinco años jugó cuatro veces con Karpov por el título mundial. El azerbayano ganó tres por los pelos y un cuarto en Sevilla, porque el empate a puntos permitía al campeón conservar la corona. Ambos entraron en una dinámica salvaje de odio a todo lo que significaba el otro.

El quinto encuentro, que volvió a ganar Kasparov, se disputó en 1990 en dos ciudades. En Nueva York se jugaron las 12 primeras partidas y en Lyon las 12 siguientes. El match contó nada menos que con tres millones de euros en premios, que en dólares constantes supondrían la friolera de seis millones de dólares de hoy. El vencedor, Kasparov, se llevó cinco octavas partes, es decir 1,87 millones de dólares (3,74 millones de dólares de los de ahora).

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