ANÁLISIS

Renault y Nissan, resignados a entenderse tras el escándalo Ghosn

Pocas dudas sobre la con­ti­nuidad del acuerdo entre París y Tokio y ma­lestar entre em­pre­sa­rios eu­ro­peos en Japón

Renault F1
Renault F1

El ar­tí­fice que salvó hace dos dé­cadas a Nissan de la quie­bra, Carlos Ghosn, el di­rec­tivo de origen bra­si­leño y pre­si­dente de Renault, con­tinúa de­te­nido en pri­sión pre­ven­tiva en Japón a la es­pera de un even­tual juicio en el que po­dría ser con­de­nado a diez años de cárcel por su­puesta co­rrup­ción. Es el mayor es­cán­dalo em­pre­sa­rial que im­plica una join­t-­ven­ture entre eu­ro­peos y ja­po­ne­ses.

Pone en peligro la continuidad del acuerdo entre los fabricantes de automóviles Renault-Nissan-Mitsubishi. Y, sobre todo, crea desconfianza entre el mundo empresarial europeo y norteamericano con presencia en Japón. Se preguntan si habría sucedido lo mismo de tratarse de un alto directivo japonés al compararlo con casos parecidos que sucedieron en grandes empresas locales.

Cuando Carlos Ghosn, presidente de Renault, decidió salvar a Nissan, en 1999, la opinión del sector automovilístico internacional era que estaba tirando el dinero. Pero lo hechos demostraron lo contrario. Hoy el grupo Renault-Nissan-Mitsubishi figura entre los líderes mundiales del sector con pingües beneficios. ¿Por qué llega ahora el escándalo?

Las autoridades japonesas acusan a Ghosn – bien conocido por su mano de hierro a la hora de dirigir el conglomerado franco-nipón – de abusar de su cargo para enriquecerse. Va desde supuestas malversaciones en la compra de inmuebles bajo el escudo Renault-Nissan, como un edificio en Beirut, hasta iniciativas para incrementar su multimillonario salario.

Todo se fraguó en la sede central de Nissan, en Yokohoma en el área de la bahía de Tokio, donde viven más de 30 millones de personas, con unos informes de reestructuración del que no tenían conocimiento los socios franceses de Renault. Se realizó una investigación interna, de la mano Hiroto Saikawa primer responsable de Nissan sin ponerlo en conocimiento de Renault. Fue en base a tal documento cuando actuaron las autoridades japonesas.

Desde hace una semana, el “affaire” Renault-Nissan, de que la firma gala es el accionista principal, abre los informativos en televisión y primeras páginas en los diarios –cuyas tiradas siguen siendo de millones de ejemplares, a pesar de la crisis en todo el mundo de la prensa escrita– creando aquí una opinión popular contra la figura de Ghosn y, de rebote, contra Renault. Aunque a nivel oficial tanto Tokio como París intentan quitar hierro al asunto con sendos comunicados de los respectivos gobiernos.

El problema de fondo radica en la frialdad de la cifra: Renault produce 3,8 millones de automóviles y factura 59.000 millones de euros; Nissan 5,8 millones de automóviles y factura 92.000 millones de euros, sin olvidar Mitsubishi con 1,1 millones de vehículos y casi 17.000 millones de euros.

En resumen, aunque Renault manda en el accionariado, Nissan-Mitsubishi casi dobla al socio francés tanto en número de vehículos como en cifra de negocios. Y es ahí donde reside el meollo de una crisis que podría acabar en divorcio.

Aun conscientes tanto en Yokohoma como en Paris que el futuro de los retos del sector automovilístico pasa por la integración de grandes grupos que, de momento, tiene ya su primera víctima: Carlos Ghosn porque, en el fondo, a los japoneses nunca les gustó que un “gaijin” (extranjero) mande en los asuntos de unas firmas tan históricas como Nissan y Mitsubishi.

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