OPINIÓN

Pedro Sánchez: César o nada

No pre­sume de ser un in­te­lec­tual pero es capaz de de­fender una cosa y la con­traria

Pedro Sánchez, de vuelta.
Pedro Sánchez, de vuelta.

La de­riva del Partido Socialista Obrero Español hacia una ca­ta­la­ni­za­ción de su es­tra­tegia po­lí­tica tiene en su timón de mando a Pedro Sánchez, un po­lí­tico que ha sido capaz de de­rrotar al apa­rato del par­tido que re­nació en Suresnes en 1974 y que lleva ca­mino con­ver­tirse en dueño ab­so­luto de los des­tinos de esa or­ga­ni­za­ción cen­te­na­ria.

La rebelión del nacionalismo catalán, embarcado en una aventura secesionista de la que espera sacar algún rédito aunque no alcance a corto plazo el objetivo máximo, ha permitido a Sánchez desplegar su estrategia de suma de fuerzas, sea cual sea su origen, para llegar al Gobierno. Esa maniobra, impensable con la anterior dirección socialista, es hija de la audacia con que derrotó al anterior aparato partidario.

En cuatro años -fue elegido secretario general del PSOE en el verano de 2014- ha sido candidato a la presidencia con poca fortuna en dos ocasiones -elecciones de 2015 y 2016- fue derribado como secretario general del PSOE en una violenta sesión del Comité Federal el 1 de octubre de 2016 por su política del NO es NO que abocaba a nuevas elecciones generales, y regresó triunfante en mayo de 2017 en una elecciones primarias en las que derrotó a Susana Díaz y a Patxi López.

En esa vertiginosa carrera -regresó del anonimato al Congreso de los Diputados en 2013 al renunciar a su escaño Cristina Narbona- Sánchez ha temido siempre una sintonía especial con el Partido Socialista de Cataluña que nunca ha sido una filial del PSOE en Cataluña, sino un partido confederado con algún privilegio asimétrico. El PSC está en los órganos del PSOE pero no al revés, ni se somete a su control.

Al margen del apoyo de los afiliados del PSC, que votan en las primarias del PSOE y que le ayudaron a regresar a la secretaría general, Sánchez parece haber decidido que su futuro político depende de políticas transversales tan queridas al PSC, cuya responsabilidad en la deriva nacionalista en Cataluña debería ser estudiada mas a fondo.

Las cuentas parece claras. El electorado español se divide en dos bloques derecha/izquierda con el fiel de la balanza en manos de partidos nacionalistas. La posición del PSOE en el bloque de la izquierda se ve amenazado por el ascenso del populismo poscomunista de Podemos que se agrupa en un mosaico de convergencias, con la República y el derecho de autodeterminación en sus banderas.

Sánchez, que no presume de ser un intelectual con obra publicada, si se maneja con soltura en los medios y puede defender una cosa y su contraria. Con el mismo aplomo con el que apoyó la aplicación del articulo 155 de la Constitución en Cataluña en octubre de 2017 contra la rebelión secesionista, buscó en mayo de 2018 la alianza con los partidos secesionistas catalanes, y sus dirigentes en el exilio o encarcelados, para derribar a Rajoy y llegar, por fin, a La Moncloa.

Esta búsqueda ansiosa del poder que ha desplegado Sánchez desde su llegada a la primera línea de la política española ha desconcertado a compañeros, aliados y adversarios. Sobre los compañeros del PSOE su poder parece absoluto ante el profundo silencio de sus críticos en el seno del partido, mientras que los posibles aliados, Ciudadanos o Podemos, se acercan o se alejan ante el rumbo zigzagueante de Sánchez. Sólo en PSC y los nacionalistas ven en él un elemento valioso en el escenario español.

Sánchez parece creer en su destino y en el propaganda, y sabe que lo que desgasta de verdad no es el poder sino la oposición. No oculta, con su vistosa agenda internacional, y su programa de aumento del gasto como resorte electoral ante grandes colectivos en apuros, su ambición de conseguir una mayoría, aunque sea relativa, para consolidarse en el poder durante la próxima década.

Necesitará, para ello, la complicidad del secesionismo catalán en cuyas manos está la capacidad de desestabilizar el sistema con una nueva declaración unilateral de independencia. El juicio a los responsables de las leyes de septiembre de 2017, el intento de referéndum de 1 de octubre, que había sido declarado ilegal, y de la consiguiente aprobación de una Declaración Unilaterial de Independencia (DIU) marcará la agenda de los próximos meses.

Pero Sánchez no ha llegado hasta la Moncloa para ser previsible. En sus manos está apretar el botón electoral que determinará la próxima mayoría parlamentaria en cuyas manos estarán las reformas que hagan falta para desatascar las crisis política en la que estamos inmersos o profundizar en ella.

El domingo en Andalucía su antigua adversaria en el partido se dirige hacia una victoria relativa. Tal vez tan relativa que deje a Sánchez mayor margen, si cabe, para desplegar su futura alianza transversal con Podemos como socio preferente. Por el momento ha conseguido vampirizar a Iglesias y eclipsar el fenómeno 15M, diluído en multiples convergencias, mientras el PP se rehace como puede acosado por su inmediato pasado, con su liderazgo en pruebas y una nueva alternativa a su derecha, Vox.

Sánchez ha demostrado ser un político distinto, con una trayectoria imprevisible –su formación y los apoyos que le llevaron de la mano en el PSOE no eran precisamente de la izquierda del partido-- pero que ha hecho bueno el grito atribuido a los legionarios de Julio César al cruzar el Rubicón y que gustaba tanto a César Borgia: O César o Nada.

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