ANÁLISIS

Bolsonaro, favorito para la segunda vuelta en Brasil

Después de los ale­gres años de Lula y Rousseff, el país da un vuelco po­lí­tico

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Bolsonaro.

El can­di­dato de de­re­chas Jair Bolsonaro, del par­tido so­cial li­be­ral, ha re­sul­tado ven­cedor de la pri­mera vuelta de las elec­ciones pre­si­den­ciales bra­si­leñas, con el 46,70% de los vo­tos, y de­berá acudir a una se­gunda vuelta el pró­ximo día 28 a disputar la pre­si­dencia con el iz­quier­dista Fernando Haddad (Partido de los Trabajadores), que ob­tuvo en la jor­nada de este do­mingo el 28,43%. Otros can­di­datos con re­sul­tados me­nores pro­ba­ble­mente apo­yarán en la se­gunda vuelta las can­di­da­turas de uno u otro, con lo que no puede darse por cosa hecha que Bolsonaro vaya a contar con la ma­yoría frente a Haddad.

De todas formas, el triunfo de Bolsonaro muestra un corrimiento muy significativo del electorado brasileño hacia la derecha, bajo la inspiración de un candidato ‘de orden’, antiguo militar que cuenta con un amplio respaldo de las fuerzas armadas, y larga experiencia parlamentaria (siete legislaturas). Precisamente la cúpula militar ha querido jugar un papel significativo en el proceso electoral; papel que se podría calificar como moderador u orientador de los programas y planteamientos de los candidatos, en reuniones con algunos de ellos. Más de cien militares han dejado sus uniformes para presentarse a diversas elecciones, que en esta ronda ha comprendido también asambleas y dieciséis gobiernos estatales.

A pesar de las reticencias mostradas en el pasado hacia Bolsonaro, debido a su impetuosidad (acusado de preparar atentados), hoy las fuerzas armadas le consideran lo suficientemente maduro como para configurar una presidencia que, en caso de ganar la segunda vuelta, esperan dé a Brasil la estabilidad política que fue perdiéndose en trece años de gobiernos del Partido de los Trabajadores, de Luis Inazio Lula da Silva y Dilma Rousseff, caracterizados por numerosos casos de corrupción, aunque también por reformas sociales, así como por una debilitación de la economía. Una situación que el todavía presidente Michel Temer quiso abordar en dos años de mandato mediante una amplia tarea de liberalización económica, que Haddad quisiera revisar y Bolsonaro profundizar. A éste último se atribuye la frase “mercado libre y menos impuestos; esa es mi consigna para la economía”.

El auge de los pronósticos electorales de Bolsonaro en la última semana ha electrizado a parte de la opinión pública, como índice de una recuperación del rumbo, del orden y la seguridad del país. Falta por ver si una larga serie de transacciones empresariales y públicas que esperaban el resultado electoral para decantarse, lo harán ya o esperarán todavía al resultado definitivo, hasta tener la seguridad de que la moneda se halla en terreno político estable. El Banco Mundial ha recortado su previsión inicial de crecimiento anual para 2018 del 2,4% y la ha dejado en su última revisión en 1,2%.

Bolsonaro tiene como asesor económico a Paulo Guedes, PhD de la Universidad de Chicago, quien cree que hay que acelerar la privatización de la economía estatal para emplear los recursos en el área social. Según sus cálculos, la venta de los activos del estado en las empresas públicas daría recursos para cancelar el 20% de la deuda pública federal, calculada en 3,6 billones de reales. De todas formas, no se descarta una tensión entre las ideas liberalizantes de Guedes y los instintos nacionalistas de Bolsonaro. Por otro lado, Guedes se opone a reducir la deuda echando mano de las reservas, estimadas en estos momentos en $380.000 millones.

En cuanto a una posible presidencia de Haddad, habrá que ver si mantiene la orientación liberalizadora de la economía que prometió en su campaña, rectificando seriamente la tradición socialista de su partido. Este ex-alcalde de Sao Paulo tiene un historial de administrador solvente, y ha dejado su ciudad con un excedente financiero para sostener los programas sociales. También es partidario de mantener las concesiones petrolíferas ‘off shore’, ya adjudicadas por el gobierno de Temer, en contra del parecer del PT.

En resumen, los signos son de que Brasil se halla dispuesto a entrar en una profunda revisión de las actitudes y decisiones que dieron ocasión a numerosos escándalos financieros, que llevaron a la cárcel a Lula y a la destitución de Rousseff, cuando sobre el cuerpo político se extiende la mirada solícita de una de las pocas instituciones cuyo prestigio parece haber salido indemne de estos lustros de inestabilidad y escándalos.

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