ANÁLISIS

La desastrosa guerra del Yemen no conduce a parte alguna

La in­ter­ven­ción saudí com­plica aún más un pro­blema que pa­rece in­so­luble

Abdullah de Arabia Saudí
Abdullah de Arabia Saudí

En mi an­te­rior co­lumna en este medio su­gería que era muy im­pro­bable que las po­ten­cias oc­ci­den­tales san­cio­naran a Arabia Saudí (AS) por el ase­si­nato de Jamal Kashoggi sus­pen­diendo o res­trin­giendo la coope­ra­ción de tipo mi­litar que le pres­tan. Lo decía en base a la es­trecha coope­ra­ción que se da entre Washington, París, Londres y Madrid con Riad, en dos áreas de in­terés es­tra­té­gico co­mún: la lucha contra el yiha­dismo in­ter­na­cional y la ne­ce­sidad de con­tener el ex­pan­sio­nismo iraní.

Existe, sin embargo, un área de preocupación común en que los occidentales pueden ejercer una presión diplomática sobre el reino: con su crítica a la intervención de AS en ese país. Los saudíes reciben información de inteligencia de algunas de aquellas capitales, aunque no necesariamente sobre aquel teatro de operaciones, y suministros de combustible en vuelo y otras prestaciones. Estados Unidos colabora en la identificación de blancos cuando sospecha que hay objetivos de al-Qaida de la Península Arábiga o los aliados de éstos en territorio yemení, y ayuda al reforzamiento y modernización militar de AS y su aliado en la guerra del Yemen, los Emiratos Árabes Unidos (EUA)

La suspensión de cualquiera de esas prestaciones pondría a Arabia Saudí en una situación menos ventajosa, aunque no desesperada, en el conflicto yemení, pero lanzaría un potente mensaje de desaprobación de sus métodos, al tiempo que reivindicaría algunas de las críticas de Kashoggi a las acciones más expeditivas del príncipe heredero Ben Salman.

Es poco probable, sin embargo, que el Washington de Donald Trump se pliegue a esa posible demanda de sanciones. Un grupo bipartisano de congresistas, precisamente, reclamó hace veinte días sanciones contra Arabia Saudí por un ataque aéreo contra un blanco supuestamente militar que causó la muerte de cuarenta menores yemeníes. El secretario de Estado, Mike Pompeo, se opone, y lo hace incluso en contra del criterio de sus propios colaboradores. Trump, a pesar de mostrar contrariedad por las noticias que implicaban al príncipe gobernante en el asesinato de Kashoggi, considera a Ben Salman como pieza clave de su cerco estratégico sobre Irán, así como figura que podría acercarse a una forma de entendimiento con Israel.

Queda, por tanto, ver qué forma darán Reino Unido y Francia a sus muestras de condena del asesinato de Kashoggi. París mencionó en un primer momento la suspensión de la cooperación militar con Arabia Saudí, pero a la vista de la actitud tomada por el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, de cumplimentar los contratos de suministros, ya no se sentiría tan sólo cuando se decida, probablemente, a tomar la misma senda.

La guerra de Yemen es un conflicto que seguirá vivo durante años, debido a la complejidad del cuadro de alianzas internas y sus correlatos externos, en que actúan facciones tribales y religiosas,

La principal fractura se da entre las tribus zaidis, una variante del chiismo, y el resto sunnita de la población. Otro factor de división es de tipo geoterrestre, entre la costa, con el influyente puerto internacional de Aden, y el interior montañoso y seco, donde se asienta la capital, Sanaá. En los años sesenta del pasado siglo Aden fue capital de una república marxista en guerra contra Sanaá durante varios años. Siguieron una intervención militar egipcia no resolutoria, y en 1970 una República Árabe del Yemen en el norte. El norte y el sur libraron guerras en 1972 y 1979, y Yemen del Sur se sumergió en una guerra civil en 1986, y otra en 1994, cuando el norte reclutó yihadistas para luchar contra el sur. Aun dentro del norte se registró la lucha entre Sanaá y Saada, feudo zaidí en la frontera con Arabia Saudí que amenaza a Riad.

Durante largos años el general Saleh logro imponerse en todo el país, pero cuando la llamada Primavera Árabe llegó al Yemen en 2011, Saleh dejó la presidencia a Mansour Hadi, que hoy sigue siendo el presidente nominal de Yemen, aunque más tarde fue combatido por el propio Saleh, mientras el país se hundía en un caos aprovechado por los hutis para hacerse con Sanaá y gran parte del país entre 2014 y 2015. En este año, los hutis capturaron el puerto de Odeida, en el mar Rojo, exacerbando la intervención saudí.

La política de guerra a ultranza practicada por Riad ha causado la destrucción que se puede esperar de los 100.000 vuelos de su aviación contra objetivos de todo tipo en territorio huti, y la que causan con sus combates los 25.000 soldados reclutados por Emiratos para esta guerra.

Quizás una primera forma de presión sobre Riad sería que sobre el príncipe saudí cayera una lluvia de severas críticas públicas de los gobiernos occidentales y sus expertos militares sobre la inutilidad y banalidad de sus acciones bélicas en un territorio cuyos habitantes, desesperados, antes que someterse a quien quiere doblegarlos por la fuerza, quizás se rendirían a quien les dé muestras de magnanimidad y promesas de libertad.

• *Parte de la documentación utilizada procede del artículo “Yemen’s Disastrous War”, de Daniel Byman, en “Survival, IISS, oct-nov. 2018.

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