OPINIÓN

Por un puñado de euros, don Rodrigo

El ex pre­si­dente de Bankia paga los platos rotos de una época po­lí­tica y ban­caria irre­gular y co­rrupta

Rodrigo Rato y Blesa
Rodrigo Rato y Blesa

El tiempo se acabó para Rodrigo Rato. Seis años y cuatro meses des­pués de su sa­lida de la pre­si­dencia de Bankia el prín­cipe de la de­recha es­pañola cru­zará los um­brales del in­fierno re­nom­brado como pri­sión. Rodrigo fi­jará re­si­dencia a partir de esta se­mana en una celda en la que re­fu­giarse mo­men­tá­nea­mente del lin­cha­miento so­cial.

La mayor concentración de despachos de abogados de prestigio de España no ha sido capaz de convencer a dos tribunales, Audiencia Nacional y Supremo, de la inocencia de los encausados o, cuando menos, del aparente error que supone la escandalosa vía penal elegida de un caso que correspondería más al ámbito civil.

Lo que determina en la vida una opinión ya sea judicial o simplemente de charla de café tiene mucho que ver con el contexto en el que se enmarcan los hechos. En este caso, más allá de lo probado, el ajuste de cuentas mediático-político y, por ende, popular ha sido determinante.

El ruido histérico de la masa pidiendo sangre mientras los medios de comunicación jaleaban a las jaurías políticas subiendo el tono de indignación en un ejercicio de visceralidad impagable exigían la cabeza propiciatoria de una víctima. Rato reunía todas las circunstancias agravantes que impedían remontar el veredicto fijado de antemano: Moncloa lo odiaba, la oposición encontraba la pieza que le faltaba en su rompecabezas contra el PP, los damnificados de anteriores etapas cobraban venganza y algún amigo periodista muy influyente, la excusa para congratularse con su nuevo mejor amigo, el ministro Luis de Guindos.

Pero también es cierto que Rato, durante su etapa como presidente de Caja Madrid, pero sobre todo de Bankia, se desconectó paulatinamente de la realidad creyendo que su vulnerabilidad era absoluta. Todo su cuerpo parecía estar preservado de mal excepto una zona que, lejos del talón, era tan sensible o más que la de Aquiles: su cartera.

Rodrigo no necesitaba la tarjeta black. Ni por ingresos, vía retribución, ni por cubrir gastos que podrían haberse cargado en su otra tarjeta oficial con bastante naturalidad.

Sin ningún argumento sólido que obligara a mantener el dinero de plástico que retiró a todos los consejeros de Caja Madrid que pasaron a Bankia, se empeñó en sostenella y no enmendalla. Incluso cuando su siempre leal Fernández Norniella, vicepresidente de facto de la entidad, le pudo advertir que los gastos de estas tarjetas estaban siendo imputados a quebrantos informáticos y que había que solucionar el entuerto lo antes posible, Rodrigo, increíblemente obtuso, se dejó llevar por la llamada telúrica de la cofradía del puño cerrado.

Rodrigo, luzbel del Paraíso político patrio, sabía que en el caso de la salida a Bolsa de Bankia no había materia. Probablemente, la investigación sobre su patrimonio no llegue ni a delito fiscal; pero de lo que si estaba seguro su entorno y en lo más íntimo, también él, es que el destape de las tarjetas black por parte del equipo de José Ignacio Goirigoizarri y el Frob iba a arrastrar una ola de rabia imparable como síntoma de una sociedad que necesita reconciliarse de sus propios pecados.

Nunca en toda la democracia española un puñado de euros tuvo un coste tan elevado. Rodrigo pudo evitarlo pero, simplemente, no quiso.

Artículos relacionados