ANÁLISIS

HONDURAS

El “Sí se puede” cruza el charco

latinoamerica_mapa
Marcha desde Honduras.

El mo­vi­miento mi­gra­torio de unos 3.000 o 4.000 hom­bres, mu­jeres y niños hon­du­reños, que en seis días han lle­gado hasta la fron­tera de México des­pués de atra­vesar Guatemala, con la in­ten­ción de al­canzar la fron­tera con los Estados Unidos, a más de 1.500 ki­ló­me­tros, tiene toda la apa­riencia de un golpe de mano con pro­pó­sitos efec­tis­tas, des­ti­nado no solo a es­tig­ma­tizar al go­bierno hon­du­reño sino tam­bién a poner a los Estados Unidos en evi­dencia como país que no res­peta el de­recho de cual­quier ser hu­mano a me­jorar su vida cuando, según alegan los mi­gran­tes, se halla en ex­trema ne­ce­si­dad. Por otra parte, la elec­ción de uno de sus gritos de marcha no es for­tuita: “Sí se pue­de”.

Este desafío puede verse como una secuela de las denuncias que la oposición política viene lanzando contra el presidente Juan Orlando, acusándole de haber manipulado las instituciones para renovar su cargo en las elecciones del pasado enero.

El secretario de Estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo, de visita a México el pasado viernes, se mostró terminante sobre las posibilidades de alcanzar los fines declarados de la marcha: “Simplemente, no tienen ninguna”. A continuación, prometió que los EE.UU. harían lo posible para que esas personas “encuentren un entorno en que no necesiten trasladarse”, aludiendo posiblemente al refuerzo de la ayuda a Honduras.

La reacción del gobierno mexicano ante ese intento de entrada masiva de personas era previsible: no la va a consentir, como muestra el cierre del principal paso fronterizo a la caravana de emigrantes. Más de mil de ellos ya han regresado a sus hogares. México no desea debilitar su posición ante los Estados Unidos, debido a su propia cuestión migratoria con este país, cuestión que es además uno de los caballos de batalla con que el presidente Trump justifica su política de defensa a ultranza de los intereses de los trabajadores norteamericanos.

Las dos demandas centrales de los emigrantes son empleos y seguridad. La segunda no es un problema específicamente hondureño, ya que afecta en mayor o menor grado a las poblaciones de todos los países centroamericanos, y se deriva de los altos niveles de corrupción en gobiernos y administraciones, bajos niveles educativos, debilidad o corrupción de los sistemas judiciales, y poco impulso oficial a las reformas sociales.

Esa percepción de una problemática común a todo el istmo centroamericano fue puesta de relieve por los presidentes de las cámaras de comercio de la región, que el pasado día 20 emitieron un comunicado diciendo que Centroamérica se halla sumergida en una crisis económica y social, con estados de derecho débiles, y sociedades afectadas por la pobreza y la corrupción. Esta situación, añaden, “atenta contra las libertades de las personas y la democracia”. Esta última observación adquiere particular relieve cuando Nicaragua se halla en una grave crisis política y de seguridad causada por la pretensión del presidente Daniel Ortega de continuar su control sobre la presidencia mediante la sucesión por su propia esposa, Rosario Murillo.

En el marco de una economía regional favorable, que creció en el segundo trimestre de 2018 un 3,7% según el Economic Snapshot for Central America, el caso hondureño es particularmente agudo. La economía hondureña se ha debilitado: si en 2017 su crecimiento fue del 5,1%, la previsión para este año es de 3,9%. La renta per capita es de $5.500, la más baja de la región. Para el Banco Central de Honduras, la canasta básica mensual está en 8.356 lempiras, lo que medido según la cotización del dólar en este fin de semana, equivale a $356 mensuales, o $4.272 al año.

La Conferencia Episcopal se ha unido a las protestas contra el gobierno al recordarle que “es tarea urgente revisar el gasto público y los sueldos y salarios que devengan todos los funcionarios de gobierno. La mayoría de las veces son sueldos escandalosos, frente a la miseria y pobreza del pueblo”. Los obispos también lanzan su crítica a los Estados Unidos, cuya xenofobia, dicen, lleva a “condenar a los migrantes señalándolos como criminales”. Las Iglesias de Guatemala y México se han unido a la de Honduras en pedir que las comunidades cristianas abran las puertas de sus casas y velen por el bien de los migrantes y sus familias.

Habrá que observar el efecto que esa espectacular marcha promovida por grupos muy bien coordinados y organizados puede producir sobre otros grupos humanos que, en otras regiones del mundo, tratan de enderezar sus pasos hacia países más desarrollados y ricos.

Artículos relacionados