OPINIÓN

Rato ante sí mismo y ante la Historia

Rodrigo Rato
Rodrigo Rato

La mejor de­fensa es siempre un buen ata­que. Eso debió pensar Rodrigo Rato cuando a fi­nales de di­ciembre em­pezó a pre­parar su com­pa­re­cencia par­la­men­taria de la pa­sada se­mana. Y lo cum­plió. Atacó y atacó aunque solo fuera para dejar cons­tancia ante la Historia y ante el Diario de Sesiones del Congreso.

Para tal ocasión, dejó atrás su mefistofélica perilla, que tan mayor y poco agraciado le hacía y, rejuvenecido en alma y cuerpo, se lanzó a defender su gestión en Bankia repartiendo mandobles. Volvía a cabalgar en las praderas que antaño fueron su hogar y donde vivió muchos de sus mejores momentos políticos. El Cid, debió pensar el atribulado político, volvía a la escena.

Pero esta vez se lanzó a clavar banderillas en los medios. Bien es cierto que enfrente no tenía los miura de antaño, sino una manada de utreros que ni siquiera habían desarrollado instinto. Curiosa, y no comentada, la asistencia de Ramón Aguirre, diputado, superviviente nato y ex de casi todo, todavía discípulo clandestino del otrora don Rodrigo.

Rato recibió, templó y quiso mandar. Lo que dijo parecía tener sentido para avivar una polémica de un proceso poco aclarado y donde la verdad oficial se impuso con la complicidad del propio expresidente de Bankia que, desde mayo de 2012, fecha de su cese/dimisión/expulsión del olímpo bancario, ha mantenido silencio, en el convencimiento de que era rentable y ayudaría a sus varias causas pendientes. Pecó de ingenuo, sin duda.

El quid de la cuestión no estaba en si lo que dijo era verdad. Tampoco en la falta de credibilidad manifiesta que tienen sus argumentos casi siete años después desde la soledad del apestado tras su salida del paraíso. Mucho menos en los olvidos.

¡Ay, la memoria!, esa loca de la casa -parafraseando a la Santa de Ávila- que intencionadamente provocó. Mucho menos en la falta de reconocimiento de culpa, por pequeña que fuera, en todo el proceso de Bankia (secretarias que llegan a comité de dirección al grito de “yo, por Rodrigo ¡mato!, mantenimiento de las tarjetas opacas, a pesar de las advertencias de Francisco Verdú y de José Manuel Fernández Norniella, otrora CEO y vicepresidente de facto, aparición en actos del Partido Popular; sometimiento pueril a los caprichos colocadores de los presidentes autonómicos de Madrid, Esperanza Aguirre, y Valencia, Francisco Camps y Alberto Fabra y voyerismo generalizado en muchas decisiones...

Rato no habló el martes pasado para sus señorías, ni siquiera para los medios de comunicación que le convirtieron, una vez más, en protagonista de portadas, tertulias y aquelarres varios. Don Rodrigo, simulando un pretendido Cid, habló para la Historia, para los anales.

Ese fue el planteamiento. Dejar constancia en las actas de la carrera de San Jerónimo de su verdad. Sin preguntas de calado de los yogurines que tuvo enfrente. Simplemente dar su punto de vista sin la intermediación de terceros. Lo demás daba igual.

La jornada de rejuvenecimiento de gloria, siempre efímera y pasajera, tuvo un epílogo que resume la realidad del antiguo prócer. Otra vez el impropio Rodrigo, no supo finalizar la partida. Quedaba la otra comparecencia, la mediática.

Dio la gran exclusiva, después de tantos años callado, a Intereconomía Televisión. ¿Perdió el olfato mediático para acudir a una entrevista donde el elemento visual principal era una botella de vino abierta y una copa a medio beber? O témpora, o mores. La metáfora es demoledora. Acabó con sus huesos en el mismo plató donde los Ruiz Mateos primero, y Mariano Conde, después, fueron defendidos hasta el paroxismo, poco antes de dar con sus huesos en la fría realidad de una prisión.

Rato, genio y figura, hasta la sepultura.

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