El fi­nan­ciero George Soros ganó 1.000 mi­llones de dó­lares en su apuesta contra la di­visa bri­tá­nica

Hace 25 años: el día que vivimos peligrosamente

El ataque más fu­ri­bundo a Europa echó a la libra y la lira del Sistema Monetario y forzó la de­va­lua­ción de la pe­seta

Guerra de divisas
Divisas: el mercado dejó de serlo.

Está Banco en mer­cado. Ha ven­dido mar­cos. Diez yar­das. Perdona, te tengo que col­gar…” Las atro­pe­lladas pa­la­bras de un ope­rador del mer­cado de cam­bios cons­ti­tuyen el re­flejo de una jor­nada que ha pa­sado a los anales de la his­toria eco­nó­mica. Tras se­manas de pro­fundas ines­ta­bi­li­dades en los mer­cados de deuda y de di­vi­sas, el 16 de sep­tiembre de 1992 los es­pe­cu­la­dores lan­zaron un ór­dago des­co­munal di­ri­gido al mis­mí­simo co­razón de la Unión Europea, el que en­tonces era el em­brión del euro, el de­no­mi­nado Sistema Monetario Europeo (SME).

Al otro lado de la línea telefónica, se percibía una algarabía bestial en la sala de tesorería de una gran entidad financiera española. El Banco de España había intervenido por enésima vez en defensa de la peseta. Había vendido 10.000 millones de marcos. Una sangría de reservas de divisas que se había iniciado mucho antes de aquél verano.

El órdago del mercado fue tal que todos los actores se pusieron en contra de la peseta. Los grandes fondos especulativos, los inversores institucionales, los bancos e incluso los propios departamentos de tesorería de grandes empresas se posicionaron a favor del derribo de la moneda española.

A las seis de la tarde se produjo la primera víctima de la jornada. El Banco de Inglaterra arrojaba la toalla después de un esfuerzo titánico en defensa de su moneda. La libra esterlina no volvería jamás al mecanismo de cambios europeo y mucho menos al euro, creado pocos años después.

El balance de aquél miércoles negro catapultó el sentido antieuropeo de una parte de la sociedad británica que desembocó en el Brexit, la decisión de abandonar la Unión Europea certificada en el referéndum de 2016. Dicen que en aquella jornada, el Banco de Inglaterra gastó 3.400 millones de libras en la defensa de esta divisa.

Lira k. o.

La lira italiana se convirtió en la segunda divisa que el mercado derribó aquella tarde de final de verano. El mecanismo del SME se basaba en tipos de cambios semifijos. Todas las monedas contaban con un cambio central y las monedas podían fluctuar un 2,25% en ambas direcciones (apreciación o depreciación) o un 6%, como era el caso de la peseta. Si la divisa se apreciaba cerca de esos límites, el banco central del país tenía que salir a vender esa moneda en los mercados. Y si se depreciaba hasta el nivel máximo, debía comprar esa moneda.

En enero de 1990, la lira abandonó la banda del 6% y entró en el 2,25%, dejando a la peseta como única moneda con banda ancha. La peseta había ingresado en el SME a un tipo de cambio de 65 por marco que era absolutamente irreal según la situación de la economía española y la alemana.

Durante la tarde y noche de aquél 16 de septiembre, el Gobierno español claudicó también. Aunque el ministro de economía de entonces, el socialista Carlos Solchaga, solicitó una devaluación de hasta el 12%, la decisión del Comité Monetario la redujo esta al 5%, ante el temor a que una señal de debilidad fuera aprovechada por los especuladores para atizarle a otras monedas débiles, como la dracma griega.

No danés a Maastricht

La negativa de los daneses a la ratificación del Tratado de Maastricht, el 6 de junio de 1992, constituyó la espoleta de los ataques a las monedas. Todos los países presentaban unas incongruencias bestiales. Los británicos tenían una inflación disparada, que alcanzó el 7,8% y el 9,5% en 1989 y 1990. Por eso pidieron el ingreso de la libra esterlina en el SME, con la estrategia de que en una zona de estabilidad monetaria lograrían reducir la inflación a los niveles alemanes, que eran tres veces inferiores.

España celebró en julio y agosto los Juegos Olímpicos de Barcelona, que coincidieron con la Expo de Sevilla. El año 1992 fue el epílogo de una época de entusiasmo generalizado, que provocó una burbuja inmobiliaria. Una etapa con un gran contrasentido económico, con una política presupuestaria de gasto desenfrenado combinada con una política monetaria restrictiva, de tipos de interés elevadísimos para controlar la inflación.

El contrasentido llegó a niveles increíbles, con los tipos de las letras del Tesoro a un año al 14,5% mientras el del bono a diez años se encontraba más bajo, cerca del 10%, cuando debería ser al contrario. Alemania se vio obligada a subir los tipos de interés para controlar la inflación derivada de la unificación de la zona oriental. Esta circunstancia encareció la financiación a empresas y familias. El Banco de Inglaterra también tuvo que subir los tipos para contener los precios y los ataques a la libra. Al 10%, al 12% y, finalmente, al 15%.

Uno de los hechos más famosos de aquella jornada fue la apuesta que lanzó el financiero de origen húngaro George Soros contra la moneda inglesa. Su fondo invirtió 10.000 millones de libras contra la divisa británica, lo que le supuso unas ganancias de 1.000 millones de dólares

El coste de la denominada tormenta monetaria también fue sensible en nuestro país. El Banco de España gastó 16.000 millones de dólares en defensa de la divisa española durante el año 1992. Las reservas llegaron a bajar desde los 44.000 millones en junio hasta los 28.000 millones en noviembre de este año, cuando se produjo la segunda devaluación de la divisa en el SME.

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