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Europa se harta de Puigdemont y su deriva ‘teatral, ‘ilegal’ y ‘cínica’

Una lec­ción de Derecho Constitucional e Internacional con trece so­papos de­fi­ni­tivos

Puigdelmont y Junqueras
Puigdelmont y Junqueras

Hay hasta guasa este fin de se­mana en las ca­pi­tales eu­ro­peas tras la purga, blin­daje o lo que sea del Govern ca­talán para in­tentar apun­talar a un equipo que se está des­cua­je­rin­gando por sus pro­pias con­tra­dic­cio­nes. La más im­por­tantes de ellas: estar todo el día con la pa­labra ‘democracia’ en la boca cuando en la Generalitat cada vez hay más au­to­ri­ta­rismo y la hoja de ruta al re­fe­réndum es 100% ilegal y según mu­chos de­lic­tiva.

No preocupa tanto el secesionismo catalán como el ridículo de sus protagonistas y el vergonzante ‘procés’, cada día más fuera de la ley. Los titulares destacan más que nada la ‘crisis’ dentro de la cúpula del independentismo. ¿Por qué la remodelación del Gobierno? Para la prensa europea, el motivo fundamental es que los afectados, y otros como ellos, no están dispuestos a arriesgar el patrimonio de sus familia si se les multa o son condenado a abonar los gastos del referéndum ilegal.

Sandrine Morel también destaca en Le Monde el aspecto autoritario: el proceso ‘no puede tolerar ninguna reticencia ni la menor duda de sus miembros’ en estos 80 días escasos hasta el ‘referéndum unilateral’ del 1-O. AFP subraya la ‘crisis en el seno del ejecutivo’, suscitada porque sobre los organizadores de la consulta ‘pende la espada de Damocles de querellas penas, de inhabilitación e incluso de onerosas multas’.

Lo mismo Reuters: ‘Crisis política en Cataluña por el referéndum de independencia’. El diario L’Opinion añade sin pelos en la lengua: ‘La crisis comienza a instalarse en la región española’ Aritz Parra incide por su parte en AP, como otros medios, en la expeditiva legislación para declarar la independencia en 48 horas si se gana el referéndum ‘sea cual sea la participación de votantes’ en el ‘referéndum de secesión’.

Pero los análisis más de fondo y más demoledores para un delirio anticonstitucional impensable aparecen en dos revistas. AL centenaria New Statesman lo hace incluso con un humor intencionado, al describir que las pancartas de ‘independencia es dignidad’ que cuelgan en algunos balcones catalanes ‘están escritos irónicamente en español y no en catalán’. Para la revista, lo más importante en caso de que el 1-O haya urnas y la gente vaya a votar es cuánta gente va a participar. No vale dejarlo en el aire, como hace el president Puigdemont dentro de su ‘acopio de cínicos salvaguardas para poner a su favor la retórica post-referéndum’.

La participación es uno de los escollos apuntados una y otra vez por los medios internacionales. Al contrario de la frivolidad irresponsable y antidemocrática del Govern, los referendos de este calibre en el mundo exigen garantías. No vale ganar por un voto, porque sería obligar a la mitad de la población a ir por donde no quiere. Y la participación no puede nunca ser del 37%, como ocurrió en el simulacro del 9-N en 2014.

En este respecto, el semanario The Economista propuso entonces que el mínimo aceptable de participación para una secesión debería estar en torno al 80% del censo electoral. En aquella ocasión, propuso al Gobierno que aceptara la convocatoria de un referéndum. Lo mismo que ha hecho The New York Times a principio de este mes. Y como el NYT ahora, The Economist también aconsejó a los catalanes que votaron en contra de la independencia y a favor de la permanencia en España.

Los dos medios de referencia mundial metieron la pata hasta el zancajo: el Gobierno Rajoy ni ningún otro gobierno puede aprobar ni convocar ningún referéndum en una única región española sobre algo que atañe a todos los españoles Esto que es tan fácil de entender, todavía no lo ha rectificado el NYT. Le bastaría leer el artículo 1.2 de la Constitución Española. Y más aún, el 2, que hoy por hoy impide la secesión. Para una ruptura tendría que reformarse la Constitución.

Eso es lo que propone The Economist en un artículo que aparece en el número que ha llegado este sábado a los kioscos pero que se ha colgado en su web con antelación. A ese artículo y a esa idea de reformar la Constitución se han referido algunas recensiones en la prensa catalana sobre el semanario británico. Pero se han dejado lo más jugoso: el artículo de The Economist, titulado ‘Juego del gallina’ en alusión al famoso ‘choque de trenes’, es el varapalo y la condena más contundente que haya aparecido hasta ahora en la gran prensa internacional sobre el locura de ir por las bravas a la independencia.

Dice el semanario que ‘Cataluña planea un voto sobre la independencia con o sin permiso de Madrid’. Debería decir que es el Govern, no Cataluña. Pero el resto del artículo sí es una rectificación en toda regla de su posición de hace tres años. Ahora sí se han leído la Constitución. Y la rectificación de The Economist llega en forma de trece sopapos que atiza a Puigdemont y a los secesionistas.

1.- En su comienzo, en tono irónico, habla del espectáculo teatral el otro día al darse los detalles del 1-O: ‘La producción fue tan dramática como cualquier otra que se haya visto en el Teatro Nacional de Cataluña en Barcelona’.

2.- Destaca, como tantos otros, los hechos antidemocráticos de que ‘sea cual sea el porcentaje de participación’, y ‘si los votantes a favor son más que los de en contra’, se proclamará la independencia en 48 horas’. ¿Qué garantías democrática hay ahí? Añade el análisis: ‘Para los partidarios de Puigdemont, es una épica nacional’.

3.- El separatismo lo alentó ‘parcialmente’ el rechazo del Tribunal Constitucional a algunos aspectos del nuevo Estatuto, ‘pero los motores principales fueron los políticos nacionalistas en Barcelona que culparon a Madrid de la austeridad durante la crisis del euro’.

4.- En las elecciones de 2015, los partidarios de la independencia ganaron pero justito: con un 48% de votos se llevaron el 53% de los escaños. The Economist no menciona que el aspecto fundamental de considerar la jornada como un plebiscito lo perdieron los separatistas.

5.- Párrafo crucial: ‘La legislación nacional e internacional están contra él’ (Puigdemont). La Constitución Española de 1978, aprobada por más del 90% de los votantes catalanes en referéndum, garantizó una gran autonomía a las regiones, pero proclamó ‘la indisoluble unidad de la nación española’.

6.- La hoja de ruta hacia el 1-O se cisca en todo, incluido el propio Estatuto de Catalunya que exige mayoría de dos tercios para decisiones importantes.

7.- El president también ha despreciado al Consejo de Europa, ‘al que Puigdemont consultó’, porque el pasado junio le respondió que cualquier referéndum ‘sea efectuado en total cumplimento de la Constitución y de la legislación aplicable’.

8.- El Gobierno catalán ‘pretende frustrar esta vez acciones legales’ como otras anterios de Madrid por medio de ‘acelerar la ley del referéndum en su Parlamento por mayoría simple en septiembre’.

9.- ‘El Gobierno catalán ha intentado, pero ha fracasado, conseguir apoyo internacional. Los socios europeos de España ven el status de Cataluña estrictamente como un asunto interno’. Y eso que The Economist no ha llegado a tiempo de recoger el aviso del presidente de la Comisión Jean Claude Juncker sobre la necesaria salida de la UE de una eventual Cataluña independiente.

10.- Parece que ‘la última carta’ de Puigdemont es ‘provocar una sobrerreacción de Rajoy y una rebelión popular en Cataluña’, pero en lugar de eso en Madrid están más bien en querellas personalizadas a los que faciliten medidas anticonstitucionales.

11.- Las encuestas muestran que entre el 40% y el 44% de los catalanes apoyan la independencia, y ‘eso no es suficiente para hacer una revolución.

12.- ‘La marcha hacia la ilegalidad está generando tensiones en Barcelona, como el cese del conseller Baiget (la revista por los pelos no ha llegado a la purga del viernes), quien ‘dijo que estaba dispuesto a ir a la cárcel pero no a exponer a su familia a multas’.

13.- La actitud de Rajoy ‘puede no ser imaginativa, pero es efectiva y políticamente beneficiosa para él en el resto de España, ‘donde muchos están hartos de lo que ven como catalanes lloricas’.

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