POLÍTICA NACIONAL

Los independentistas, desde los intentos de persuasión a la conminación al Estado

Oriol Junqueras for­mula la vía del choque final con el es­tado

Manifestaciones en  Cataluña
Manifestaciones en Cataluña

Mientras el go­bierno del Estado hace todo lo po­sible por mos­trar a los es­pañoles y a la opi­nión ex­tran­jera que el con­flicto con los in­de­pen­den­tistas ca­ta­lanes se desen­vuelve en el marco in­terno del orden cons­ti­tu­cional es­pañol, y que es dentro de éste donde debe re­sol­verse, el bloque in­de­pen­den­tista, for­mado por el ac­tual ‘govern’, su ma­yoría par­la­men­taria (exigua por otra parte) y las or­ga­ni­za­ciones so­ciales que les dan apoyo, y de las que aque­llos se valen como fuerzas de pre­sión en la ca­lle, con­ciben el marco de su ac­tua­ción en tér­minos no muy le­janos de cómo se en­ten­dería un con­flicto con un es­tado ajeno, si no ex­tran­jero, es de­cir, como si fuese un con­flicto entre dos na­cio­nes.

Bajo esta concepción del conflicto, el comportamiento de esas fuerzas tiene como fin forzar a la otra parte, es decir, a la nación constitucionalmente ya existente, a que ceda parte de sus prerrogativas como estado (soberanía, territorio, leyes, etc.), en favor de una nueva entidad estatal, objetivo que sus patrocinadores están resueltos a alcanzar por medios pacíficos o, si fuese necesario, por medios que normalmente implican sedición, rebeldía, etc., incluida la desobediencia y/o resistencia física que normalmente acompaña a esas formas de ruptura.

Esa disposición a la confrontación es asimilable, en una medida indeterminada y todavía incipiente, a las formas de relación que los estados que más activamente actúan en el orden internacional mantienen entre sí. Se trata de las relaciones competitivas o de rivalidad, de tipo diplomático, político y hasta militar entre estados, que incluyen grados variables de persuasión, disuasión, conminación y extorsión.

Este modo de interacción es usual entre potencias que no son ni aliadas ni forman parte de un bloque de intereses económicos. Al contrario, compiten por consolidar ventajas de tipo comercial, político o estratégico sobre otras potencias previamente seleccionadas como rivales, o devenidas incidentalmente como tales. Es la forma histórica y ‘normal’ de relaciones entre potencias.

No hay duda de que la alienación entre las autoridades actuales de Cataluña (ejecutivo y legislativo) y las españolas se agrava, y llevará, según todas las previsiones racionales, a un desenlace que, por lo que parece, puede violentar gravemente el orden constitucional español.

La última muestra de conminación al estado es la que realizó este pasado martes el vicepresidente del ‘govern’, Oriol Junqueras, al anunciar que si el estado prohíbe el referéndum de autodeterminación que prometen los independentistas, la respuesta será una declaración unilateral de independencia.

Para que los independentistas llegasen hasta ahí ha habido que pasar por una escala creciente de métodos coercitivos. La primera manifestación de esta disposición a la escalada adoptó el carácter de ‘persuasión’, y se produjo con la petición del anterior presidente de la Generalidad, Artur Mas, al presidente Mariano Rajoy, para que admitiese negociar un pacto fiscal para Cataluña, igual al que mantienen el País Vasco y Navarra. Esta pretensión chocaba con la Constitución, que sólo prevé esa concesión a las dos mentadas comunidades. Concederlo a Cataluña hubiese requerido una reforma constitucional, que el gobierno español no se creyó en condiciones de abordar. Es probable que la totalmente previsible negativa del gobierno al ‘president’ entrase en sus cálculos como factor de estimulación del sentido de agravio que los nacionalistas dicen sentir en sus relaciones con el resto de España, y que constituye un factor de estimulación psicológica para que los catalanes ‘tomen las cosas en sus manos’.

##En manos del destino

El grado de coerción se aumentó más adelante bajo la forma de disuasión. El estado no debía hacer nada para frenar la marcha hacia la independencia, so pena de tener que aceptar un desgaste tremendo de su prestigio internacional. Si te opones, venía a decir esta fórmula, estarás demostrando que eres un estado no democrático, contrario a los valores encarnados en los tratados de la Unión Europea y el Consejo de Europa, y perderás influencia ante los otros estados europeos. Esta formulación contenía todavía un grado de ‘persuasión’, pues ofrecía una colaboración leal y fraterna entre dos estados miembros de la Unión, el anterior y el nuevo.

El siguiente grado de coerción subió hasta la conminación, con el anuncio de la preparación, por el parlamento catalán, de las llamadas leyes de desconexión bajo el programa acordado por Esquerra Republicana, Convergencia y i Unió y los antisistema de la CUP, a raíz de las elecciones al ‘parlament’ de septiembre de 2015. Paralela a la desconexión correría la preparación de las “estructuras de estado” que harían viable una Cataluña independiente. Una vez que esas leyes hubiesen sido promulgadas, el nuevo estado catalán nacería de unas elecciones constituyentes, cuyo resultado legitimaría una declaración, probablemente unilateral, de independencia.

Como la personación de una entidad estatal en el sistema internacional no es una cuestión que se sustancie por un mero acto de autodeterminación sino que requiere darse en el marco intersubjetivo de las relaciones entre estados, los independentistas catalanes, después de varios intentos de personación, han tenido ocasión de comprobar lo arduo de esta vía, como prueban las recientes salidas del presidente Puigdemont y otros agentes de la Generalidad, a la escena europea y norteamericana para recabar el apoyo de las principales potencias.

¿De qué modo el movimiento independentista formulará el previsible siguiente paso, el de la extorsión, para que el estado ceda y acepte el referéndum de autodeterminación? Probablemente se intentará viabilizarlo mediante la movilización popular, es decir, mediante el desencadenamiento de unos métodos que suponen la renuncia, por parte del liderazgo actual, a conducir y responsabilizarse por el curso del proceso, el cual será dejado en manos de fuerzas populares informales, cuyas acciones darán al proceso un carácter épico y de hazaña histórica, que aunque con toda probabilidad fracasará, podría quizás producir sobre el estado español, antes del ‘choque de trenes’, un efecto disuasorio que le desconcierte o le paralice. Es decir, se producirá un retorno al efecto disuasorio que ya se intentó y que no dio resultado alguno. Quizás ahora sí… y en última instancia, ¿quién sabe lo que el destino deparará a Cataluña?

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