GEOPOLÍTICA

El estreno de Tillerson en Moscú, ejercicio para el sarcasmo ruso

El ataque nor­te­ame­ri­cano contra una base si­ria, re­fuerzo del eje Moscú-Damasco-Teherán

Vladimir Putin
Vladimir Putin

El in­tento de aper­tura de la ad­mi­nis­tra­ción Trump hacia la Rusia de Putin, des­pués del li­mi­tado ataque con mi­siles contra una base aérea de su aliado si­rio, ha ter­mi­nado en un fiasco. Durante su cam­paña elec­to­ral, Trump había apa­re­cido en la es­cena in­ter­na­cional con una clara vo­ca­ción de en­ten­di­miento con Putin. El miér­coles 12, Putin y sus prin­ci­pales di­plo­má­ticos poco menos que se bur­laron de él.

El drama se desarrolló en dos actos: antes y mientras el secretario de Estado, Rex Tillerson, se reunía en Moscú con su colega Sergei Lavrov, para ser recibido después por el propio Putin. El propósito de Tillerson era doble: disipar la desconfianza creada por el comedido ataque norteamericano con misiles contra una base aérea siria, en represalia por el uso de gas tóxico contra la población civil en una localidad desafecta al régimen, y pedir un acuerdo con Rusia para ayudar a poner fin al régimen del presidente al-Assad.

En el primer acto, vemos a Tillerson sentado durante tres horas con Lavrov después de que le informaran de que el viceministro de Exteriores, Sergei Riabkov, había denunciado en la radio “el primitivismo y el gamberrismo” de la retórica de Washington. En el plano militar, añadió Riabkov, “el nivel de confianza no ha mejorado, al contrario, ha empeorado”.

Lavrov mismo se despachó a gusto: antes de sentarse con Tillerson se mostró preocupado por “las ambiguas y contradictorias ideas que Washington expresa en todo el espectro de las relaciones bilaterales y multilaterales”, calificando el ataque norteamericano de “acción unilateral”.

Casi simultáneamente Putin reafirmaba la alianza con la Siria de al-Assad, desautorizaba la versión norteamericana del ataque con gas y atribuía el hecho a un acto deliberado o a un error de los rebeldes.

De este modo Putin se desentendía de las acusaciones de Washington, de que Moscú había incumplido su obligación de asegurar que las armas químicas eran retiradas de Siria, según el acuerdo entre Putin y Obama, por el que Rusia debía garantizar que el presidente al-Assad se desprendía de todas sus armas químicas, después de perpetrar un ataque similar contra la población civil, en agosto de 2013, con centenares de muertos.

Después de aquel incidente, el régimen se había limitado a usar armas químicas menos mortíferas, aunque el ataque del 4 de abril fue con el letal gas sarín, según científicos británicos que analizaron muestras sacadas del lugar del ataque.

Trump mismo dio un tono disculpatorio a la explicación del ataque contra la base siria, en la declaración que dio este miércoles ante la televisión: “no queremos meternos en Siria” y “sólo hemos querido quitarle al régimen las armas químicas”.

El sentido de los designios de Putin quedó ilustrado por el hecho de que el siguiente acontecimiento diplomático en Moscú iba a ser el encuentro de alto nivel entre representantes Rusia, Irán y Siria, los tres pilares del desafío constante a los Estados Unidos, desde que estalló la rebelión contra al-Assad en 2011.

Tillerson había llegado a Moscú procedente de una reunión de ministros de Exteriores del G7, en la que sólo obtuvo el apoyo expreso del secretario del Foreign Office, Boris Johnson, para un programa de sanciones contra Rusia. Los otros europeos representados en el G-7, los ministros de Francia, Alemania e Italia, no dieron su apoyo a la idea, mostrando con esa tibieza las dudas que les están produciendo las indeterminaciones de la política internacional de Trump.

Mientras Trump no sistematice su política internacional dentro de un cuerpo de ideas y fines estratégicamente trabados, no logrará ganarse la confianza de sus aliados. Su administración se halla, desde su mismo comienzo, en una especie de transición continua. Primero chocó con China por una iniciativa personal en relación con Taiwán; hace pocos días recibió calurosamente al líder chino Xi Jinping. Respecto de sus aliados de la OTAN, primero ignoró la presencia del secretario general de la OTAN en Washington, y pocas semanas después se presentaron juntos ante los medios. Respecto de Rusia, primero se dejó aconsejar por el ultraconservador y nacionalista miembro de su gabinete, Stephen Bannon, quien aconsejaba estrechar relaciones con Moscú y debilitarlas con Europa, para acabar dándole de baja en la junta suprema del Consejo de Seguridad Nacional, hace pocos días.

La impresión global sobre la política de Trump en torno a los conflictos de Oriente Próximo es que se esforzará en contener los comportamientos más extremos del régimen sirio, así como atacar al Estado Islámico, mientras en paralelo se irá solidificando el bloque Moscú-Damasco-Teherán. Así hasta que Washington logre reconstruir una política internacional coherente y estable.

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