ANÁLISIS

Estados Unidos y Europa coinciden en preocuparse por la suerte de Libia

La mi­gra­ción a Europa, el es­cla­vismo en las costas y la ines­ta­bi­lidad po­lí­tica, en el punto de mira

Conferencia de Roma sobre Libia
Conferencia de Roma sobre Libia

Occidente (Europa y los Estados Unidos) pa­rece estar ha­ciendo algo ver­da­de­ra­mente cons­truc­tivo en Libia, aunque como siem­pre, Europa adop­tando los me­dios del ‘poder blan­do’, y los Estados Unidos el ‘duro’.

El 30 de noviembre, la V Conferencia ‘Cumbre’ Unión Africana-Unión Europea, emitió a su término en Abidjan (Costa de Marfil) un comunicado por el que condenaban en los términos más firmes “el maltrato de los migrantes africanos y refugiados por parte de grupos criminales” y “declara su más firme compromiso de velar por su bienestar”. En la reunión se presentaron pruebas visuales de lo que ha sido calificado como ‘tráfico de esclavos’ con los inmigrantes.

Ello significa en la práctica que los países europeos, posiblemente, apoyarán con medios materiales, técnicos y humanos el reforzamiento de las débiles unidades de guardacostas libios, así como prestarán ayuda a las autoridades de inmigración para levantar instalaciones de tratamiento de los contingentes humanos, y formación del personal necesario, y lanzarán un programa de retorno voluntario a los países de origen de los migrantes. Hasta el día de hoy, algo más de 13.000 migrantes fueron incentivados para volver sobre sus pasos y retornar a su país.

Un día después de que finalizase Abidjan, el presidente del gobierno oficialmente reconocido por las Naciones Unidas, Fayez Sarraj, se entrevistó en Washington con el presidente Trump, quien le dio el respaldo político solicitado. También se reunió con el secretario de Estado Rex Tillerson, quien escuchó la petición de que el embargo de armas impuesto por las Naciones Unidas a Libia fuese levantado lo más pronto posible, al menos en lo que concierne a la guardia presidencial y a los guardacostas.

El secretario de Defensa, Jim Mattis, reiteró la colaboración militar de los Estados Unidos con Libia en contra de las milicias del llamado Estado Islámico (EI) que aún operan en zonas alejadas de los principales centros metropolitanos.

Todos, igualmente, dieron su respaldo al delegado de las NN.UU para la crisis libia, Ghassan Salam, quien tiene por misión lograr que los dos gobiernos rivales que operan en el país, uno en la parte occidental (el de Unidad Nacional, patrocinado por las NN.UU). y el que controla la parte oriental (el llamado ‘de la Cámara de Representantes’), colaboren.

La división política del país debilita notablemente sus capacidades militares, y entorpece la colaboración de Occidente en la supresión del EI. Jaifa Hiftar, un antiguo oficial de Gadafi, luego exiliado en los Estados Unidos y vuelto a Libia después de la caída del dictador, es el más competente de los militares libios, y a él se atribuye la recuperación del ‘creciente petrolífero’, la franja de costa libia a lo largo de la cual se encuentran las más importantes instalaciones de tratamiento y exportación de crudo.

El general tiene el apoyo de Egipto, el de varios emiratos árabes y el de Rusia, y puede que de forma discreta reciba el de algunas potencias occidentales. Sin embargo, Hiftar se opone firmemente a que el gobierno que él apoya ceda poder al de unidad nacional de Serraj.

El pasado 25 de julio, y bajo el patrocinio del presidente Macron, Serraj y Hiftar acordaron la paz entre ellos y aplicar sus esfuerzos militares sólo con el propósito de luchar contra el EI. Igualmente se comprometieron a una nueva convocatoria de elecciones generales, lo que implícitamente equivale a admitir que el gobierno de Sarraj no puede imponerse sobre el instalado en el oriente del país, aunque ambos aseguran querer poner su futuro en manos del electorado. El problema es que el electorado está profundamente dividido entre fuerzas civiles, facciones tribales y movimientos islamistas de muy diversa naturaleza.

El analista Arturo Varvelli, del Instituto de Estudios Políticos de Milán, cree que no hay solución política si no se da un papel militar decisivo al general Hiftar, quien cuenta con el apoyo de Egipto y Emiratos Árabes Unidos. Aparte, por supuesto, de Putin.

El Estado Islámico ha levantado cabeza después de su expulsión, el pasado año, de la región costera de Sirte. Se ha refugiado en algunos valles desiertos pero está en condiciones de operar ataques puntuales contra instalaciones petrolíferas, así como ejecuciones selectivas. Contra el EI operan tanto aviones del ejército de Hiftar como drones de los Estados Unidos.

Las tensiones inter-árabes que en el Golfo Pérsico enfrentan a Qatar con gran parte de sus vecinos se proyectan sobre Libia. El ejército de Hiftar acusa a Doha de haber transportado al desierto libio combatientes del Estado Islámico, después de las derrotas sufridas por los yihadistas en Siria e Iraq.

En todo caso, los resultados de los encuentros de Washington serán la nota más significativa de todo lo que ocurra en torno a Libia a partir de ahora, sobre todo si las fuerzas interiores se ponen de acuerdo en construir un verdadero poder militar obediente a un gobierno suficientemente legitimado, capaz de apoyar y respaldar las políticas de reconstrucción del país, con la colaboración de Europa.

Aunque, como otras veces, quizás sea esperar demasiado por ahora.

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