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Trump acorralado: la sombra de Putin cubre Francia, Reino Unido, Cataluña, EEUU…

‘La au­to­in­cul­pa­ción de Michael Flynn su­giere pre­guntas ob­vias: ¿qué sabía el pre­si­dente? ¿Y cuándo lo su­po?’

Vladimir Putin y Donald Trump
Vladimir Putin y Donald Trump

Este viernes pri­mero de di­ciembre de 2017 po­si­ble­mente pa­sará a la his­toria como el día en que el Rusiagate ha lle­gado al punto de in­fle­xión que hundió la pre­si­dencia de Richard Nixon y puede ser tam­bién el prin­cipio del fin de la de Trump. El 25 de junio de 1973, el que había sido abo­gado de la Casa Blanca John Dean inició la más de­mo­le­dora com­pa­re­cencia ante el Comité Especial del Senado sobre el Watergate. Su pro­di­giosa me­moria acabó con Nixon en sólo cinco días.

El último de esos días, tras una asombrosa confesión de 245 páginas y cientos de respuestas a las preguntas de los miembros del Comité, el senador Howard Baker, republicano, le hizo a Dean una pregunta escalofriante, a modo de resumen de lo que estaba en juego: ‘¿Qué sabía el presidente y cuándo lo supo?’. Ahí estaba la salvación o la condena de Nixon, completada por otra interrogante obligada: ¿qué hizo al respecto?

El editorial de The New York Times este sábado 2 de diciembre de 2017 se titula ‘Flynn se vuelve en contra, ¿quién es el siguiente?’. Como respuesta a su propia pregunta, el diario explica en la apertura de su web: ‘La autoinculpación de Michael Flynn sugiere preguntas obvias: ¿qué sabía el presidente? ¿Y cuándo lo supo?’.

Flynn, teniente general retirado con alguna experiencia en misiones en Afganistán e Irak pero sobre todo con muchísimas horas de vuelo en inteligencia y espionaje, fue brevemente asesor de Seguridad Nacional de Trump a principio de año. Hasta que se conoció que había mentido al negar contactos serios con el embajador ruso Serguéi Kisliak. Para abreviar, porque la historia es muy larga: tuvo que dimitir, el Rusiagate se materializó como problema nacional en EEUU y se nombró a un fiscal especial, el ex director del FBI Robert Mueller.

Flynn compareció el viernes 45 minutos ante un tribunal en Washington y se declaró culpable de haber mentido al FBI meses atrás: sus contactos con el embajador ruso no fueron nada inocentes ni protocolarios, y tampoco fueron del todo por iniciativa propia. Un ‘importante miembro’ del equipo de Trump se lo había pedido. En pocos minutos se supo que se refería a Jared Kushner, yerno del presidente por su matrimonio con Ivanka Trump. Como parte del acuerdo con Mueller, Flynn acepta cooperar totalmente con la investigación.

El escándalo enfila un tormentoso desfiladero para Trump. Primero, cualquier actividad de política exterior está prohibida en EEUU para los civiles. En diciembre pasado aún no se había producido el relevo en la Casa Blanca y quien mandaba era Obama. Pero a Trump y/o a su equipo se le ocurrió contactar con Kisliak para que Rusia vetara una resolución en el Consejo de Seguridad de la ONU contra los asentamientos judíos en territorio palestino. Interferencia o algo peor.

También se le transmitió a Kisliak que Putin haría bien, y la nueva Administración lo tendría en cuenta, en no tomar represalias por las nuevas sanciones recién impuestas a Rusia por Obama por su interferencia en la elección presidencial. El Kremlin, que siempre toma medidas de retorsión en estos casos, accedió por una vez a quedare quieto, en señal de buena voluntad. En su incorregible tuiteo, el propio Trump alabó públicamente el gesto.

La comparecencia de Flynn ante el tribunal tuvo lugar pocas horas después de la de Junqueras y los ex consellers ante el juez del Supremo Pablo Llarena y coincidió con toda una serie de acontecimientos mayores y menores en torno a la frenética actividad rusa en el ciberespacio. En unos casos, para ayudar. En otros, para obstaculizar. Está bien documentada la participación de hackers rusos en las campañas electorales de Alemania, de Francia, de Reino Unido… En referéndums como el del 1-O en Cataluña, tal vez en el Véneto y puede que en las elecciones en Córcega este próximo domingo y el siguiente.

Este mismo fin de semana hay dos hechos inquietantes de relevancia en Reino Unido. Uno, los servicios de seguridad han advertido a todos los departamentos que se abstengan de usar ni un día más los productos antivirus de Kaspersky, una firma rusa bien conocida en todo el mundo. Hay sospechas de que esos programas puedan estar siendo manipulados por los ciberespías rusos. En EEUU ya se prohibió a nivel oficial su uso hace meses.

Y dos: el caso del primer secretario de Estado Damian Green aparece en primera plana este fin de semana en toda la prensa. Es la comidilla, el espanto, el no va más: en su ordenador han aparecido miles de fotos pornográficas. La revelación se produce en medio de un enorme escándalo nacional por denuncias de acoso sexual de al menos seis ministros y tres docenas de parlamentarios...

Green, cuyo cargo de hecho equivale a viceprimer ministro, ha negado tener nada que ver con esas fotos. Le ha salido un buen valedor que cree en su palabra: David Davis, el negociador jefe Brexit, amenaza con dimitir y dejar las negociaciones con Bruselas más en el caos de lo que ya están, en caso de que la primera ministra Theresa May destituya a Green.

¿Cuál es la verdad? En círculos cercanos al viceprimer ministro alegan que se trata de una ‘vendetta’ de policías de Scotland Yard, que habrían plantado el alijo pornográfico por viejas rencillas. En otros ambientes se piensa en una posible nueva operación de Putin, que parece empezado en sembrar cuanta cizaña pueda en países occidentales.

Y justo anoche, mira por dónde, la famosa serie policíaca Unidad de Víctimas Especiales de la Policía de Nueva York emitió el capítulo titulado ‘Real fake news’. La traducción al español era ‘Noticias verdaderamente falsas’. ¿La trama? Rusa o no, es lo mismo: material pornográfico introducido a distancia por hacker en el ordenador de un congresista norteamericano. Como la vida misma…

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