VENEZUELA

Rusia y China, último recurso financiero del régimen de Maduro

Las agen­cias de ra­ting con­denan a Venezuela a la prác­tica sus­pen­sión de pagos

Rusia y Venezuela
Rusia y Venezuela

El cré­dito fi­nan­ciero de Venezuela en los mer­cados li­bres de ca­pi­tales está prác­ti­ca­mente ago­tado, y ahora de­pende casi ex­clu­si­va­mente de ayudas fi­nan­cieras de es­tados le­janos pero con in­tereses es­tra­té­gicos en Venezuela y/o afi­ni­dades ideo­ló­gi­cas. Concretamente, China y Rusia han sa­lido al res­cate del que­brado es­tado ve­ne­zo­lano, des­pués de que en agosto los Estados Unidos hu­biesen ce­rrado las vías de fi­nan­cia­ción vi­gentes entre los dos paí­ses.

El martes 14 de noviembre, Standard and Poors declaraba a Venezuela en bancarrota por el impago de $200 millones (otros $450 millones se hallan fuera de plazo pero en periodo de gracia). Con pocas horas de diferencia, en Moscú se firmaba la reestructuración de la deuda venezolana con Rusia, que ronda actualmente los $3.150 millones. Aunque los reembolsos se extenderán a diez años, Moscú ha ofrecido a Caracas un periodo de gracia de seis, con pagos mínimos. El préstamo se acordó en 2011 por $4.000 millones, pero en 2016 Venezuela empezó a incumplir los plazos. El capital prestado fue invertido en la compra de armamento.

En ese mismo día, un portavoz del ministerio de Exteriores chino confirmó que las relaciones financieras de Pekín con Venezuela se mantienen al mismo nivel de cooperación, y expresó confianza en la capacidad del gobierno de Caracas para reestructurar sus deudas. China mantiene 480 acuerdos de cooperación con Venezuela, en una variedad de capítulos, desde los hidrocarburos hasta la minería ecológica.

El plan de reestructuración de la deuda venezolana había sido lanzado por el presidente Maduro el pasado 2 de noviembre. En el centro de la crisis se halla el estado comatoso de la principal fuente de ingresos del país, Petróleo de Venezuela. Son varios cientos los acreedores de PDVSA a los que se ha pedido la reestructuración de sus créditos, porque la coyuntura financiera del país es extremadamente delicada. El vicepresidente Tareck El Aissami acusó a los Estados Unidos de ser responsable de las dificultades financieras, ya que Washington “acabó con las pocas vías que aún permitían a Venezuela desenvolverse ampliamente en el mercado financiero internacional”. El Assaimi ha sido declarado traficante de drogas por el Tesoro norteamericano. Circulan varias versiones sobre el monto de la deuda venezolana, que oscilaría entre $60.000 y $105.000 millones. El hecho de que China y Rusia por un lado y los Estados Unidos por otro adopten posiciones contrapuestas no quiere decir que en la cuestión de Venezuela actúen como adversarios. Algo une a las tres potencias: el deseo de que Venezuela no se hunda en el más absoluto caos, con la consiguiente destrucción de los fundamentos de su precaria economía, dependiente del petróleo por encima del 90% de la actividad productiva, en la que las tres potencias tienen fuertes intereses.

El caso es que la producción de hidrocarburos venezolanos está en serio declive, debido al deterioro de sus infraestructuras y equipos, y la falta de repuestos. Se estima que la contribución del petróleo al PIB disminuyó el pasado año en 13%. Venezuela acaba de ser sancionada por haber falsificado los certificados de producción petrolífera, con la pretensión de reforzar la confianza de los acreedores.

Debajo de estas circunstancias financieras corre una operación diplomática multilateral para que Maduro abandone la presidencia y tome refugio en el exterior, preferiblemente en Cuba. Según este plan, México suministraría a La Habana el petróleo que necesita y que ahora le da Maduro, a cambio de dar refugio al presidente y firmar un acuerdo de intercambio de bienes agrarios. El mismo Vaticano ha tratado de negociar la salida de Maduro, incluso en consulta con la Rusia de Putin. Estos planes, según el diario Clarín, de Buenos Aires, no tuvieron éxito por la oposición de los cubanos, que no quieren comprometer el suministro estable de petróleo subsidiado.

Un factor que disminuye la confianza en una salida negociada es la debilidad de la oposición, que no ha tenido más remedio que sufrir la pérdida de su posición dominante en la anterior asamblea nacional, neutralizada por la maniobra de Maduro de convocar elecciones a una asamblea constituyente para dar al país una nueva constitución, con la pretensión de asegurarse otro mandato presidencial. Se trataba de un verdadero golpe de estado, muy en la línea de lo pretendido por el gobierno de la Generalidad de Cataluña, ya que supuso suplantar una legalidad por otra.

Hay aún otra hipotética vía de salida, aunque por ahora estancada: un día después de que se anunciara el intento de reestructuración de la deuda, la oposición anunció que no acudiría a la mesa de negociación con el gobierno, prevista para el 15 de noviembre en Santo Domingo, con la disculpa de que el ministerio de Exteriores no había convocado a cancilleres de países latinoamericanos para que asistieran como mediadores.

Cualquier salida para que Venezuela salga de su grave crisis depende cada vez más de los intereses de potencias autoritarias y lejanas, y menos de estados e instituciones democráticos y próximos.

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