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Universidad española: cada uno tiene lo que se merece

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Cuando a me­diados de agosto se hizo pú­blico la úl­tima edi­ción del ran­king de Shanghai, según el cual nin­guna uni­ver­sidad es­pañola, una vez más, con­se­guía si­tuarse entre las cien pri­meras del mundo, este país y sus me­dios de co­mu­ni­ca­ción solo tu­vieron tiempo, ojos y oídos para el de­bate de in­ves­ti­dura y el asunto pa­saba, una vez más, sin pena ni glo­ria.

Dos semanas después, cuando la consultora Quacquarelli Symonds (QS) hizo pública su décimo tercera edición sobre la calidad de las universidades en el mundo, ninguna universidad española aparecía entre las cien primeras, y este país y sus medios de comunicación solo tuvieron tiempo, ojos y oídos para la investidura y el trascendental “caso Soria”. El trascendental asunto pasaba, una vez más, sin pena ni gloria, al cajón de la actualidad.

La reacción de indiferencia de los partidos políticos y de los medios de comunicación españoles sobre la calidad de la enseñanza española, en todos sus niveles, guarda relación con el hecho de que desde que el 15 de junio de 1977 se celebraran las primeras elecciones desde la Guerra Civil hasta ahora, no ha sido posible que los dos grandes partidos políticos consensuen una legislación en materia educativa, lo que ha dado rienda suelta a un furor legislativo que se ha traducido en cerca de una docena de normas con rango de Ley.

Pero no solo Shanghai y Quacquarelli Symonds convienen en señalar las deficiencias de la universidad española, sino que en Europa la Liga Europea de Universidades de Investigación (LERU, en sus siglas en inglés), elaborado por la Comisión Europea, tampoco incluye a ningún campus español entre los 100 primeros con mayor impacto investigador.

Aunque los rankings miden diferentes parámetros como la producción científica, la calidad educativa, la endogamia, la financiación, los premios Nobel, la internacionalización de profesores y alumnos, el número y la calidad de las publicaciones y las revistas en las que se publican o la capacidad de transferencia de conocimiento a la sociedad, las reacciones en el seno de la universidad, pese a la gravedad de los resultados, no han sido, en su gran mayoría, especialmente radicales, pudiendo dividirse en dos tipos las respuestas obtenidas.

Así, mientras Arcadi Navarro, secretario de Universitats i Reçerca del Govern catalán nos recuerda que los rankings no deben obsesionarnos, ya que “son indicativos de cómo se está trabajando y teniendo en cuenta un país de nuestro tamaño, estamos muy bien posicionados, destacando en aspectos muy meritorios”, Luis Garicano, dirigentes de Ciudadanos y profesor de la London School of Economics, no se muestra tan optimista posicionándose por un cambio profundo del sistema, indispensable para variar el modelo productivo del país, dejando reflexiones como que "hay que dar autonomía a las universidades que quieran cambiar”, “se puede proporcionar financiación adicional sujeta a resultados" o “en algunos sitios, nos hacemos más provincianos. Este año el dominio del valenciano es un requisito para acceder a plazas de profesor".

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