ANÁLISIS

Pedro Sánchez como síntoma

El se­cre­tario ge­neral del PSOE no pa­sará a la his­toria como un es­tra­tega sino como un maestro del sus­pense

Sanchez.
Sanchez y Rajoy.

Un tweet –¿Qué parte del no, no ha en­ten­dido Rajoy?- se ha con­ver­tido en la línea po­lí­tica del PSOE. Su au­tor, Sánchez Castejón, tal vez no pase a la his­toria del par­tido como un gran es­tra­tega, pero sin duda será re­co­no­cido como un mago del sus­pense. La vi­gencia del NO tras las se­gundas elec­cio­nes, blo­quea de nuevo la for­ma­ción de un Gobierno en mi­noría del par­tido que ha con­se­guido más es­caños.

Sánchez le recomienda a Rajoy que busque votos en los partidos independentistas que él considera de derechas, PNV y CDC, que suman 13 escaños. El frente de rechazo, PSOE, 85, Podemos, 71, Esquerra, 9 y Bildu 2, suma 167 escaños. PP y Cs, si sumaran a Coalición Canaria, 1, reunirían 170. Con ese reparto solo puede haber Gobierno con los votos a favor de PP y Cs y la abstención de PNV y CDC.

La pregunta es ¿Porqué Sánchez quiere que el PP se vea obligado a hacer concesiones al PNV o CDC, cuando saben que ello, además, bloquea un posible acuerdo entre conservadores y Cs?. ¿Qué quiere decir Sánchez cuando afirma que el PSOE debe liderar la oposición? ¿Oposición a qué Gobierno? ¿Es verdad que no ha renunciado a sus aspiraciones a formar Gobierno ya que, asegura, no pueda haber unas terceras elecciones? ¿Espera una mediación real?

La explicación del factor humano –Sánchez bracea para no ahogarse y perder la secretaría general--, parece insuficiente. Entró a la política desde el banquillo de suplentes del Ayuntamiento de Madrid para ser concejal, llegó a diputado al correr el turno por la salida de un compañero del Congreso.

Sin historia relevante dentro del partido y una borrosa trayectoria profesional, como el barón de Münchhausen ha sido hasta ahora capaz de salir de sus derrotas electorales tirando de su propio pelo. Su momento de gloria fue alcanzar la secretaría general del PSOE en un momento de crisis del partido, que vivía bajo el síndrome del relevo generacional. Alfredo Pérez Rubalcaba, veterano de mil batallas, cedía el paso a un joven apuesto y desconocido tras unas primarias sin rivales de peso. Una apuesta fuerte para un joven ambicioso que se veía catapultado a una posición de poder, que si no se abandona voluntariamente no es fácil de desalojar. Y aquí, dimitir es rendirse.

Antes del Congreso Federal, previsto como pronto en otoño, Sánchez jugará sus cartas, esas que silenciosamente guarda desde el pasado 26 de junio. El riesgo para él es relativo: ser desalojado de la secretaria general, pero para el PSOE es grave. Una pelea por la sucesión con su acusado declive lectoral y su decadencia en la sociedad española puede ser fatal. Sánchez no es la enfermedad del PSOE, es solo un síntoma, grave, pero un síntoma.

La situación de marasmo político que vive la sociedad española ante el bloqueo político que impide la formación de un Gobierno desde más de medio año, es al fin y al cabo el resultado del deterioro de un sistema de partidos que no ha sido capaz de adaptarse a la evolución de la sociedad. El PSOE ha sido, y es todavía, un partido clave para el equilibrio de unas instituciones políticas que son desafiadas por partidos secesionistas y cuestionadas por un movimiento solapadamente anti sistema.

Han pasado más de treinta años desde que en octubre de 1974, trece meses antes de la muerte del general Franco, se refundaba en las proximidades de París el Partido Socialista Obrero Español. Con la legitimidad que le otorgó la Internacional Socialista, pudo mantener las siglas históricas y acudir como una formación con herencia pero sin pasado hacia el futuro democrático de la sociedad española.

Su herencia era la de un partido obrero –la lejana y desdibujada memoria de Pablo Iglesias- avalado ahora, no solo por la socialdemocracia europea, sino por lo que eufemísticamente la prensa conservadora denominaba el mundo libre. Un partido rival de los partidos comunistas que en aquellos años enarbolaban la bandera del eurocomunismo, un intento de alejar su imagen del gulag soviético y de los carros de combate que habían entrado en Praga en 1968.

La dirección de aquel PSOE de Suresnes ayudó a transformar España. Se convirtió en el gran partido de la clase media, sin tentaciones obreristas, que le valió su enfrentamiento con el sindicato hermano UGT:

La sociedad española ha cambiado más rápido que el PSOE que ha visto surgir a su izquierda un movimiento poscomunista que reclama para sí la representación de la izquierda y de la juventud. La demagogia y los excesos verbales de los dirigentes de Podemos y sus confluencias le han permitido al PSOE seguir siendo el partido más votado de la izquierda. Pero sigue sin poder hacer el mismo discurso en Sevilla o Barcelona, atenazado por sus compromisos con el PSC, partido confederado y tributario del nacionalismo catalán.

Es un hecho que existen amplios sectores dentro del PSOE que son conscientes de la gravedad de la situación, no solo de la sociedad española sino también de su propio partido. Pese a que la ley del silencio se impone en las organizaciones cerradas y jerarquizadas solo es cuestión de tiempo que las tensiones aparezcan. La formación del Gobierno, si se consigue, dará la señal de partida. Si no hay acuerdo político, todo es posible.

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